Educación y humanismo
Por
Felipe Rodolfo Arella
El
Humanismo es el nombre de un sistema
de pensamiento que, entre los siglos XV y XVII, renovó el pensamiento
occidental rescatando del olvido las filosofías de griegos y romanos que habían
quedado sepultadas bajo los escombros materiales de las ciudades destruidas por
las guerras y de los escombros intelectuales del olvido de las fuentes de la
civilización grecolatina.
¿Cómo
se pudo acceder a esas antiguas obras? Gracias al trabajo aparentemente
infecundo de centenares de monjes copistas que en sus conventos transcribían y
guardaban los textos olvidados por las nuevas sociedades. Esos monjes
rutinarios cultivaron el terreno del nuevo pensamiento que brotó con fuerza con
el Humanismo.
¿Y
por qué el nombre de “Humanismo” a la producción de los nuevos filósofos?
Porque volvieron a poner al hombre, paulatinamente, en el centro del interés
cotidiano y en el camino de la trascendencia humana. Y sobre este último asunto
quiero señalar dos cosas: primero,
que el hombre de la antigüedad grecolatina tenía una relación cotidiana con los
dioses, que eran muchos y le ayudaban en todos sus quehaceres diarios: el amor
y la guerra; el trabajo y la contemplación. Ellos eran reflejo de sus dioses y
sus dioses eran iguales a ellos. Es lo que se conoce como paganismo.
Segundo, que el proceso evolutivo del
pensamiento judío hacia el reconocimiento de un solo dios universal que
desembocó en el cristianismo y en la cultura
judeocristiana, desvinculó las acciones de los hombres de los designios de
Dios porque Él los creó y al mismo tiempo los liberó dándoles el libre
albedrío: es decir, la libertad, que es
la responsabilidad no ante Dios sino ante si mismo.
A
partir del cristianismo los hombres nos peleamos o amamos, producimos o
haraganeamos porque así lo queremos, no porque los dioses nos manejan para
resolver sus conflictos celestiales.
Al
rescatarse el pensamiento antiguo hubo, a fines del siglo XV, toda una
conmoción entre los pensadores, gobernantes y eclesiásticos. Debemos recordar
que es la época de los grandes descubrimientos y de los grandes cismas: la
imprenta, la teoría heliocéntrica, los descubrimientos geográficos, la Reforma.
Los intelectuales de la época no
podían sustraerse a la nueva realidad: no podían desconocer los textos antiguos
como tampoco podían dejar de corregir los errores en la percepción del mundo
real que quedaron de manifiesto con Galileo Galilei, Isaac Newton, Copérnico,
Leonardo Da Vinci, Miguel Servet, el médico que se atrevió a describir la circulación
periférica de la sangre contrariando los conocimientos establecidos
dogmáticamente.
Pero había diferencias: estaban los que rescataban lo antiguo y lo reelaboraban poniendo su mirada en Dios, en los dogmas del credo cristiano, y los que, a mi entender, sin perder la fe, cuestionaron los dogmas y se atrevieron a humanizar al hombre y retomar sin culpa la libertad de pensar y hacer.
Entre los primeros creo que los más destacados fueron el español Juan Luis Vives, olvidado injustamente, y el inglés Tomás Moro autor de Utopía,. Entre los otros hay varios conocidos: Martín Lutero, Nicolás Maquiavelo, Erasmo de Rotterdam (que oficiaba como un pivote entre católicos y protestantes) y Giovanni Pico della Mirándola, quien escribió lo siguiente en sus Conclusiones philosophicae, cabalisticae et theologicae, conocidas como Las 900 tesis.
Cuando Dios ha completado la creación del mundo, empieza a considerar la posibilidad de la creación del hombre, cuya función será meditar, admirar y amar la grandeza de la creación de Dios. Pero Dios no encontraba un modelo para hacer al hombre. Por lo tanto se dirige al prospecto de criatura, y le dice: "No te he dado una forma, ni una función especifica, a ti, Adán. Por tal motivo, tú tendrás la forma y función que desees. La naturaleza de las demás criaturas, la he dado de acuerdo a mi deseo. Pero tú no tendrás límites. Tú definirás tus propias limitantes de acuerdo a tu libre albedrío. Te colocaré en el centro del universo, de manera que te sea más fácil dominar tus alrededores. No te he hecho ni mortal, ni inmortal. Ni de la tierra, ni del cielo. De tal manera, que tú podrás transformarte a ti mismo en lo que desees. Podrás descender a la forma más baja de existencia como si fueras una bestia o podrás, en cambio, renacer más allá del juicio de tu propia alma, entre los más altos espíritus, aquellos que son divinos”.
El Humanismo, entonces, es una corriente filosófica que rescata al hombre en todas sus potencialidades para grandeza de Dios, según algunos, y para grandeza del mismo hombre, a criterio de otros.
Fue el Humanismo quien preparó el camino al Renacimiento y éste al desarrollo científico y tecnológico como también al pensamiento racional no dogmático que a veces derivó en el ateísmo y agnosticismo. Pero de esto no hablaré hoy. Simplemente diré que en ese período se fue gestionando un nuevo paradigma, como veremos más adelante, y que todo cambio de paradigma genera reacciones y en esa época la reacción estuvo a cargo de la Inquisición.
La caridad, elevada al rango de virtud teologal por los cristianos, está presente en el desarrollo del mutualismo hasta mediados del siglo XIX, época en que otras motivaciones no religiosas, sino humanas y materialistas, concurren en la organización del mutualismo.
Para comprender lo anterior, es necesario retomar el Humanismo y el Renacimiento, ya que desde ahí emergen el Iluminismo, el liberalismo, el capitalismo, el socialismo, el comunismo, el anarquismo, la doctrina social de la Iglesia y la asistencia social del estado. Todas esas nuevas postulaciones ideológicas avanzaron, en mayor o menor medida, sobre la libre determinación de los hombres de organizarse solidariamente.Hoy, debido a la complejidad de las relaciones sociales, el crecimiento de la población, las migraciones familiares, las crisis económicas y la pobreza, nos parece imprescindible que se plasmen políticas de Estado (no de gobierno) que alienten la formación de organizaciones populares de ayuda mutua y cooperación, como también que desde organizaciones supranacionales como las Iglesias de diferentes credos (no desde la teocracia) e instituciones laicas y no gubernamentales se sostenga la difusión del mutualismo.
No obstante lo anterior, deberíamos recordar, siempre, las opiniones de dos pioneros del mutualismo argentino: Domingo Borea y Belisario J. Montero quienes, en ocasión del Congreso Internacional de la Mutualidad de 1916, decían, respectivamente: “la mutualidad debe ser libre si ha de ser virtuosa” y “Por la mutualidad el hombre se emancipa de la caridad privada, se independiza de la asistencia oficial y realiza al fin su libertad porque es más libre quien menos necesita de la tutela del Estado y de los poderosos.” [1]
El mutualismo tradicional, ese que encontramos en la antigüedad y que llegó hasta mediados del siglo XIX estaba cargado de mística religiosa; era un mutualismo trascendente.
Cabe señalar que tanto el mutualismo como el cooperativismo de los siglos XIX y XX fueron primordialmente laicos y desarrollaron la mística del laicismo, de la igualdad, la equidad y el compromiso solidario. Los mismos movimientos en el siglo XXI tienen otra impronta que los diferencia del anterior en la falta de participación y compromiso de los propios protagonistas y este es un fenómeno que merece ser estudiado.En la actualidad, por lo menos en nuestro país, el mutualismo está falto de toda mística, aún de la de carácter político. Este fenómeno se debe a que el pueblo espera soluciones provenientes de la asistencia estatal y no de sus propias organizaciones, en las cuales podrían participar para planificar las acciones dirigidas a satisfacer necesidades personales o a socorrerse mutua y solidariamente ante los avatares de la vida.
Pero las mutuales fueron siempre, en sí mismas, verdaderas escuelas de vida, de respeto, de aprendizaje social y, en la Argentina, las instituciones organizadas por las distintas corrientes inmigratorias desarrollaron cursos de educación para los hijos de sus asociados y para ellos mismos.
Los impulsores del Humanismo fueron grandes educadores y aquí volvemos a mencionar a Francesco Petrarca, considerado el padre del Humanismo, Giovanni Boccaccio, Giovanni Pico della Mirándola, que escribió, además de la obra antes señalada, Diálogo sobre la dignidad del hombre, Juan Luis Vives, Robert Estienne, Tomás Moro, Antonio Nebrija y Michel de Montaigne, entre otros muchos que supieron aprovechar el invento de la imprenta para difundir sus ideas y reproducir los textos de los clásicos grecolatinos que utilizaban en sus escuelas que ya no estaban bajo la protección del clero seglar y órdenes monacales sino sostenidas por nobles y señores que asumieron el mensaje antropocéntrico de ese movimiento filosófico renovador.
Tal esfuerzo educativo tuvo que repercutir entre los dirigentes mutualistas de los gremios de la época, como también lo hizo entre la pequeña y alta burguesía que apoyaron, dos siglos después, la Revolución francesa, porque ese movimiento no fue solamente el resultado de las grandes necesidades y atropellos que sufrían trabajadores y propietarios por parte del sistema monárquico sino, fundamentalmente, por las ideas de que era posible lograr un nuevo orden social y gubernativo en el cual, a través del ejercicio de la libertad, la igualdad, la fraternidad y la democracia, el pueblo podría ser valorado porque está compuesto por personas y no por tratarse de un ente abstracto que solamente era valorado en su maleabilidad para dirimir cuestiones de poder político y económico.
La educación, además de transmitir conocimientos, forma los espíritus de la manera que pretendan los educadores. Se puede educar para la libertad o para la dependencia; para que seamos egoístas o solidarios. Por eso es tan importante la educación mutualista y es lo que traté de demostrar en este libro que acabamos de presentar.Buenos Aires, 23 de junio de 2009.
Pero había diferencias: estaban los que rescataban lo antiguo y lo reelaboraban poniendo su mirada en Dios, en los dogmas del credo cristiano, y los que, a mi entender, sin perder la fe, cuestionaron los dogmas y se atrevieron a humanizar al hombre y retomar sin culpa la libertad de pensar y hacer.
Entre los primeros creo que los más destacados fueron el español Juan Luis Vives, olvidado injustamente, y el inglés Tomás Moro autor de Utopía,. Entre los otros hay varios conocidos: Martín Lutero, Nicolás Maquiavelo, Erasmo de Rotterdam (que oficiaba como un pivote entre católicos y protestantes) y Giovanni Pico della Mirándola, quien escribió lo siguiente en sus Conclusiones philosophicae, cabalisticae et theologicae, conocidas como Las 900 tesis.
Cuando Dios ha completado la creación del mundo, empieza a considerar la posibilidad de la creación del hombre, cuya función será meditar, admirar y amar la grandeza de la creación de Dios. Pero Dios no encontraba un modelo para hacer al hombre. Por lo tanto se dirige al prospecto de criatura, y le dice: "No te he dado una forma, ni una función especifica, a ti, Adán. Por tal motivo, tú tendrás la forma y función que desees. La naturaleza de las demás criaturas, la he dado de acuerdo a mi deseo. Pero tú no tendrás límites. Tú definirás tus propias limitantes de acuerdo a tu libre albedrío. Te colocaré en el centro del universo, de manera que te sea más fácil dominar tus alrededores. No te he hecho ni mortal, ni inmortal. Ni de la tierra, ni del cielo. De tal manera, que tú podrás transformarte a ti mismo en lo que desees. Podrás descender a la forma más baja de existencia como si fueras una bestia o podrás, en cambio, renacer más allá del juicio de tu propia alma, entre los más altos espíritus, aquellos que son divinos”.
El Humanismo, entonces, es una corriente filosófica que rescata al hombre en todas sus potencialidades para grandeza de Dios, según algunos, y para grandeza del mismo hombre, a criterio de otros.
Fue el Humanismo quien preparó el camino al Renacimiento y éste al desarrollo científico y tecnológico como también al pensamiento racional no dogmático que a veces derivó en el ateísmo y agnosticismo. Pero de esto no hablaré hoy. Simplemente diré que en ese período se fue gestionando un nuevo paradigma, como veremos más adelante, y que todo cambio de paradigma genera reacciones y en esa época la reacción estuvo a cargo de la Inquisición.
El mutualismo
¿Qué tiene que ver el humanismo con el mutualismo? Creo que mucho por las siguientes razones: el mutualismo o ayuda mutua es una actitud natural en el hombre para con sus conocidos, sus cofrades. Siempre se dice que sus orígenes se pierden en la profundidad de los tiempos y debe ser verdad a pesar de que no se tengan documentaciones claras de ello. El Antiguo Testamento contiene numerosos versículos en los que aparece la ayuda mutua como una obligación del pueblo de Israel, especialmente en la atención de la viuda y sus hijos; aún para con los extranjeros. Así lo encontramos en los libros: Éxodo 22.3-4-5; Ruth 1.16; I Reyes 17.9-10-20; Deuteronomio 10.18. Durante la Edad Media comienza a desarrollarse cada vez más la práctica mutualista entre los trabajadores y artesanos cuyas corporaciones ofrecen retablos a las iglesias para agradecer a su santo patrono y contar con su protección. Puedo afirmar, sin gran error, que el mutualismo estuvo siempre ligado a las prácticas religiosas de los diferentes pueblos y una prueba de ello es que el objetivo principal de esas organizaciones era las honras fúnebres y entierro de sus muertos y, complementariamente la asistencia a las viudas y sus hijos pequeños como una práctica de la caridad hacia los necesitados.La caridad, elevada al rango de virtud teologal por los cristianos, está presente en el desarrollo del mutualismo hasta mediados del siglo XIX, época en que otras motivaciones no religiosas, sino humanas y materialistas, concurren en la organización del mutualismo.
Para comprender lo anterior, es necesario retomar el Humanismo y el Renacimiento, ya que desde ahí emergen el Iluminismo, el liberalismo, el capitalismo, el socialismo, el comunismo, el anarquismo, la doctrina social de la Iglesia y la asistencia social del estado. Todas esas nuevas postulaciones ideológicas avanzaron, en mayor o menor medida, sobre la libre determinación de los hombres de organizarse solidariamente.Hoy, debido a la complejidad de las relaciones sociales, el crecimiento de la población, las migraciones familiares, las crisis económicas y la pobreza, nos parece imprescindible que se plasmen políticas de Estado (no de gobierno) que alienten la formación de organizaciones populares de ayuda mutua y cooperación, como también que desde organizaciones supranacionales como las Iglesias de diferentes credos (no desde la teocracia) e instituciones laicas y no gubernamentales se sostenga la difusión del mutualismo.
No obstante lo anterior, deberíamos recordar, siempre, las opiniones de dos pioneros del mutualismo argentino: Domingo Borea y Belisario J. Montero quienes, en ocasión del Congreso Internacional de la Mutualidad de 1916, decían, respectivamente: “la mutualidad debe ser libre si ha de ser virtuosa” y “Por la mutualidad el hombre se emancipa de la caridad privada, se independiza de la asistencia oficial y realiza al fin su libertad porque es más libre quien menos necesita de la tutela del Estado y de los poderosos.” [1]
El mutualismo tradicional, ese que encontramos en la antigüedad y que llegó hasta mediados del siglo XIX estaba cargado de mística religiosa; era un mutualismo trascendente.
Cabe señalar que tanto el mutualismo como el cooperativismo de los siglos XIX y XX fueron primordialmente laicos y desarrollaron la mística del laicismo, de la igualdad, la equidad y el compromiso solidario. Los mismos movimientos en el siglo XXI tienen otra impronta que los diferencia del anterior en la falta de participación y compromiso de los propios protagonistas y este es un fenómeno que merece ser estudiado.En la actualidad, por lo menos en nuestro país, el mutualismo está falto de toda mística, aún de la de carácter político. Este fenómeno se debe a que el pueblo espera soluciones provenientes de la asistencia estatal y no de sus propias organizaciones, en las cuales podrían participar para planificar las acciones dirigidas a satisfacer necesidades personales o a socorrerse mutua y solidariamente ante los avatares de la vida.
La educación
En las organizaciones mutualistas no se conocían principios doctrinarios como los que ostenta el cooperativismo. En nuestro país, recién a fines de la década de 1970 y por inspiración de Blas José Castelli se establecieron los principios mutualistas en el IV Congreso Argentino de Mutuales. Entre ellos está el tema de la educación.Pero las mutuales fueron siempre, en sí mismas, verdaderas escuelas de vida, de respeto, de aprendizaje social y, en la Argentina, las instituciones organizadas por las distintas corrientes inmigratorias desarrollaron cursos de educación para los hijos de sus asociados y para ellos mismos.
Los impulsores del Humanismo fueron grandes educadores y aquí volvemos a mencionar a Francesco Petrarca, considerado el padre del Humanismo, Giovanni Boccaccio, Giovanni Pico della Mirándola, que escribió, además de la obra antes señalada, Diálogo sobre la dignidad del hombre, Juan Luis Vives, Robert Estienne, Tomás Moro, Antonio Nebrija y Michel de Montaigne, entre otros muchos que supieron aprovechar el invento de la imprenta para difundir sus ideas y reproducir los textos de los clásicos grecolatinos que utilizaban en sus escuelas que ya no estaban bajo la protección del clero seglar y órdenes monacales sino sostenidas por nobles y señores que asumieron el mensaje antropocéntrico de ese movimiento filosófico renovador.
Tal esfuerzo educativo tuvo que repercutir entre los dirigentes mutualistas de los gremios de la época, como también lo hizo entre la pequeña y alta burguesía que apoyaron, dos siglos después, la Revolución francesa, porque ese movimiento no fue solamente el resultado de las grandes necesidades y atropellos que sufrían trabajadores y propietarios por parte del sistema monárquico sino, fundamentalmente, por las ideas de que era posible lograr un nuevo orden social y gubernativo en el cual, a través del ejercicio de la libertad, la igualdad, la fraternidad y la democracia, el pueblo podría ser valorado porque está compuesto por personas y no por tratarse de un ente abstracto que solamente era valorado en su maleabilidad para dirimir cuestiones de poder político y económico.
La educación, además de transmitir conocimientos, forma los espíritus de la manera que pretendan los educadores. Se puede educar para la libertad o para la dependencia; para que seamos egoístas o solidarios. Por eso es tan importante la educación mutualista y es lo que traté de demostrar en este libro que acabamos de presentar.Buenos Aires, 23 de junio de 2009.
[1]
Arella, Felipe Rodolfo: Mutualismo y Educación – Claves para crecer;
Derecho Cooperativo y Mutual, Buenos Aires, 2009, pág. 66.
Felicitaciones a los Profesores que publicaron éste artículo.
ResponderEliminarEs saludable que no estamos solos!!!!
Prof.Josefina Pontoriero de Baglivo