miércoles, 10 de septiembre de 2014

Remotos antecedentes de las organizaciones sociales

Remotos antecedentes delas organizaciones sociales

Por Felipe Rodolfo Arella*

            Un método expositivo saludable e interesante consiste en establecer las categorías que entrarán a formar parte del discurso. En este caso tan amplio de las organizaciones sociales conviene aclarar qué entiendo por organizaciones sociales: son asociaciones de personas que se conforman orgánicamente cumpliendo con las prescripciones legales, que son reconocidas por el estado, es decir que tienen personería jurídica, que tienen nombre y domicilio, patrimonio propio, derechos y obligaciones, y que están habilitadas para contraer obligaciones económicas, adquirir y enajenar bienes para el cumplimiento de sus fines sociales, que se constituyen por acto único a partir de la aprobación del estatuto social, que practican una administración democrática y cuyos miembros y la propia institución no persiguen el lucro ya que el espíritu de las mismas es la solidaridad y ayuda recíproca de todos. Dos tipos de organizaciones sociales, las cooperativas y las mutuales, que tienen leyes específicas para su funcionamiento, mientras las otras, las que son asociaciones civiles, se rigen por las disposiciones del Código Civil. Un caso particular es el de las fundaciones, que tienen una ley propia que le permite al socio fundador mantener la dirección de la organización por tiempo ilimitado.
            También es necesario señalar que las organizaciones sociales se distinguen entre sí por sus fines: Las hay que se organizan porque sus miembros se comprometen a brindarse ayuda mutua entre ellos mismos; otras se constituyen a partir de un núcleo de personas que asumen el compromiso de aportar recursos para socorrer a terceras personas que pueden estar, o no, asociadas a la organización.
            Asimismo quiero expresar que al encarar este trabajo estuve pensando en la necesidad de aportar información basadas en fuentes consideradas fidedignas y aventar, de esa manera, la habitual repetición sin fundamentos de los orígenes de cooperativas y mutuales. Hechas estas salvedades, invito al lector a que hagamos un rápido recorrido por la historia para rescatar algunos tipos de organizaciones sociales que son la base de las actuales entidades que conocemos como del tercer sector.

Egipto

            Las organizaciones sociales siempre aparecen para eliminar o minimizar los efectos de las necesidades. Estas necesidades pueden ser de carácter material: comer, vestirse, trabajar, o de carácter espiritual: respeto y honras para los difuntos, adoración, sacrificios y gratitud a los dioses, de transmisión cultural. Por ello los historiadores encuentran elementos asociativos entre las clases trabajadoras en numerosas naciones de la antigüedad y también entre los aristócratas y sacerdotes. Garelli y Sauneron en su obra El trabajo en los primeros estados reconocen las dificultades que debe afrontar el investigador de las sociedades antiguas ya que se carecen de suficientes testimonios que permitan afirmaciones concretas; no obstante, los relatos orales que se fueron transmitiendo de generación en generación, algunas piezas rescatadas por los antropólogos y etnólogos, algunas oraciones escritas en piedra o pergaminos, van aportando piezas para armar el rompecabezas de la antigüedad. Precisamente Herodoto, citado por los mencionados autores, nos permite conocer cómo se trabajaba en el imperio egipcio, cuáles era el tratamiento que se daba a los esclavos y obreros libres y cuál era el estado de salud de todos ellos.
       Sobre la asistencia médica estamos mal informados. En las expediciones a lejanos países y en los talleres reales, los accidentes de trabajo eran cuidados por practicantes pertenecientes a los equipos de trabajo. Lo que sucedía en las otras formas de actividad no es tan conocido; un interesante texto que acaba de ser editado nos muestra, por ejemplo, a un pequeño empleado de un templo , que ha sido víctima de un accidente a la vista durante su trabajo, despedido primero por razón de su incapacidad física, pero que pide ser reintegrado, alegando sus leales servicios y el hecho de que ese accidente le haya sobrevenido durante su trabajo; pide incluso que los medicamentos necesarios sean pagados por el templo. Ignoramos la suerte que corrió esta petición; sin embargo, parece implicar cierta tendencia de las grandes instituciones a proteger a sus empleados contra los riesgos profesionales y sus consecuencias. La aplicación de tal práctica era dejada, sin embargo, a la apreciación de los patronos. Sabemos también que las «asociaciones religiosas», agrupaciones libres de personas piadosas, constituían en su seno una suerte de «mutua» para cubrir los gastos de enfermedad de sus miembros; pero aquí se trata sólo de iniciativas privadas. Sobre este punto, como sobre tantos otros, no poseemos sino documentos escasos y de alcance limitado.[1]
            En el Egipto del Imperio Antiguo y del Imperio Nuevo se produjeron revueltas populares de envergadura: una en el Antiguo y dos en el Nuevo, en los últimos años del reinado de Ramsés III. Durante esos movimientos los trabajadores, siervos y esclavo tomaron el poder generando una verdadera guerra de clases. Dicen Garelli y Sauneron que “en varias ocasiones los obreros que trabajaban en la tumba real se negaron a proseguir su trabajo, protestando así contra las irregularidades sufridas por el ritmo de sus salarios (salarios en especie, de los que vivían directamente) o, a veces, contra los escándalos ocurridos en la obra.”[2]
            La importancia de esos acontecimientos está en que son los más antiguamente registrados de huelgas obreras y cabe señalar que –como lo destacan estos autores– que tales huelgas tenían un alcance limitado porque sus protagonistas eran trabajadores calificados que construían la morada eterna del faraón y al paralizar esa obra esencial podían obtener mejoras en sus condiciones laborales, cosa que no ocurría con otros operarios o agricultores.

Grecia

            En la Grecia antigua también pueden rastrearse algunas organizaciones originadas en las distintas profesiones como forma de formar a los nuevos trabajadores, para defender ciertos privilegios, para celebrar cultos a alguno de los tantos dioses, entre ellos Dioniso, muy popular y querido por todas las clases sociales. “La libertad que potenció entre los griegos la inexistencia de un dogma obligatorio sancionado por un sistema eclesiástico creó un mundo religioso diverso y abigarrado cuya complejidad solamente intuimos en la documentación incompleta que poseemos; los grupos de índole religiosa que actuaban más allá de la religión oficial de las ciudades fueron muchos, aunque no pasaron de ser minoritarios (a pesar de su gran creatividad); la gran mayoría de los griegos se sentían vinculados a sus divinidades y ritos ciudadanos, cuya característica más notoria era que potenciaban la solidaridad grupal.”[3] Al respecto dice otro estudioso: “Es distintivo en estas asociaciones su carácter voluntario. Se entraba en ellas por propio deseo, para encontrarse con un pequeño círculo de amigos. Las asociaciones religiosas más antiguas de Ática agrupaban miembros de un mismo demo (fracción de una tribu), para honrar a una misma divinidad. A partir del siglo IV a.C., aparecen en el Pireo asociaciones de extranjeros agrupados para honrar a su dios nacional, por ejemplo Cibeles, la Madre de los dioses (de origen frigio), o la Bendis tracia. Las cofradías más populares eran llamadas eranoi, una palabra griega que significa comida frugal a la que cada uno aportaba su porción. Los miembros se reunían con una finalidad social y recreativa. Se hacían colectas para ayudar a la liberación de un esclavo miembro, para ayudar a otro a levantar su casa, para redimir a un cautivo, pero también para pagar los festejos que acompañaban al sacrificio anual.”[4]

Roma

            A medida que avanzamos en el tiempo, vamos encontrando mayores fuentes de información proporcionadas por un número cada vez mayor de historiadores, poetas y relatores de los hechos cotidianos que nos permiten conocer un poco más de los antecedentes de las organizaciones sociales. Los testimonios que nos llegan de la República e Imperio Romano son muchas e interesantes. Antonio Romeu de Armas, en su Historia de la previsión social en España nos proporciona un pormenorizado informe acerca de las organizaciones sociales de la época y su institucionalización por parte del estado. Inicia su obra este autor con una advertencia: […] atentos a autorizar y fundamentar estas páginas en fuentes precisas y concretas, nuestro propósito estaba de antemano reñido con elásticas elucubraciones sobre nuestros primitivos tiempos, o con hipótesis generalizadoras, sin compulsa previa con el dato o con el documento, que muchos aborrecen por cómoda petulancia, que quieren envolver en aires de filosófico desprecio, pero que son y seguirán siendo la base del rigor científico dentro de la materia histórica.
            Y aún concretándonos a los tiempos de la dominación romana, forzoso es reconocer que, al rastrear los primeros indicios de la Previsión social entre los humildes y económicamente débiles hispano-romanos, muchas veces hemos de estar al borde de la hipótesis, y un sinnúmero valernos de la comparación, si queremos, indagando entre los áridos y fríos datos que nos suministra la Epigrafía, resucitar el pasado de las instituciones de previsión, en los albores de la historia patria.[5]
            España, como también Francia y las costas mediterráneas de África son colonizadas por fenicios y griegos que llevaron sus costumbres, sus técnicas y sus instituciones, como las “etairias” y “eranos” griegos, que pueden considerarse las bases de las instituciones sociales sobre las cuales desarrollarán las suyas los romanos. Cuando comienza la conquista romana sobre España, ya se habían desarrollado grandemente como las corporaciones de trabajadores de distintas actividades industriales. Sobre este asunto se pueden consultar las comedias de Plauto. Para algunos investigadores los Colegios por oficios comienzan a organizarse en época de Servio Tulio. Estas asociaciones y colegios profesionales corren distintas suertes: la Ley Julia (años 67 a 64 a.C.) los abolió; poco después, en el 59, Julio César los rehabilita pero los vuelve a prohibir tres años más tarde.
            Había en Roma tres tipos de colegios: collegia compitalitia, sodalitates sacrae y collegia artificum vel opificum. Veamos qué nos dice de ellos Rumeu de Armas:
a)     Collegia compitalitia.- Eran a manera de cofradías religiosas, donde se agrupaba, por barrios, la plebe romana. Una vez al año celebraban su fiesta en honor de los dioses Lares, con ofrendas, sacrificios, banquetes y libaciones, que solían acarrear gravísimos desórdenes públicos, fomentando de paso inmoralidades sin cuento.
b)     Sodalitates sacraes.- Eran también a manera de cofradías piadosas, que agrupaban a los patricios en el culto de ciertos dioses. Mixtificaban las prácticas religiosas con ágapes y otras festividades profanas. Catón alude a los banquetes que celebraba con sus “sodales” en los años de su juventud.
Mas muchas de estas “sodalitates sacrae” –no todas– derivaron, en los últimos tiempos de la República, hacia la forma de los “Collegia Sodalitia”; asociaciones que, aprovechándose de un régimen de absoluta libertad, se multiplicaron extraordinariamente, convirtiéndose en los más poderosos auxiliares para la conquista del poder. […] Su participación en la vida política activa fue muy intensa, y ello explica su pronta abolición. 
Sin embargo, esta prohibición […] no tuvo efecto más que aparente, y siguieron subsistiendo las “sodalitates” como asociaciones religioso-funerarias hasta los últimos tiempos del Imperio romano.
c) Collegia artificum vel opificum.- Eran Colegios puramente confesionales, a los cuales hace alusión la ley Julia (al proscribir la demás asociaciones) llamándolos “tenuiores”. Sin embargo, por contragolpe, sufrieron el recelo y la desconfianza del Estado romano, que si bien les permitió vivir, los sometió a una reglamentación rigurosa. El régimen de libertad, que había sido la regla de estas instituciones, cede plaza al sistema de autorización, de vigilancia administrativa, que, bajo los últimos emperadores romanos, degenera en verdadera servidumbre.
            Con los romanos se institucionaliza la existencia de los colegios ya que fue necesario que los mismos contaran con la autorización del Senado o de los emperadores para poder funcionar. A partir de entonces esas organizaciones, que eran manifestaciones espontáneas del sentir del pueblo, se convierten en una fuerza y elemento del poder del estado.
“No se muestra éste, sistemáticamente, hostil a los Colegios de artesanos, pues muchas vece los Emperadores favorecen y extienden aquellos que limitaban su actividad a lo puramente profesional: tal sucede con Trajano, Marco Aurelio y Alejandro Severo, que les otorgan privilegios, o extienden por las provincias. Mas esta política sirve a las mil maravillas a su obra de centralización, y terminará por constituir a los Colegios en instrumentos del gobierno, obedientes a los fines fiscales de los últimos Emperadores.”[6]          
            La autorización por parte del estado no avanzaba, sin embargo, en la organización interna de los colegios, la cual era determinada por los mismos miembros en el estatuto y reglamentos, siguiendo, dice Rumeu de Armas, con la tradición de libertad que arrancaba de la ley de las Doce Tablas. En las constituciones o estatuto primero quedaba establecidas cuestiones como el régimen de gobierno, jerarquías, fines de la asociación, días de banquetes y fiestas comunes, como también normas sobre las relaciones de confraternidad dentro de la corporación. En cuanto a los cargos, los mismos eran producto de la elección de todo el cuerpo social. Una figura para destacar es la del síndico (“syndicu”) que representaba a la institución ante los tribunales. Otro cargo importante por su función era el de “Patron” que estaba por encima de los demás y era el jefe supremo, defensor de la corporación frente a los poderes públicos.
            Los colegios tenían sus asambleas generalmente en casa propia, edificada a expensas del mismo. “La época de estas reuniones y sus fines aparecían determinados en la «lex collegii»; mas la excesiva frecuencia con que se reunían despertó, a la postre, la suspicacia estatal que, como en el caso de la ley Julia, les prescribe una sola reunión mensual. Las decisiones se tomaban por mayoría; y en igual forma se hacían los nombramientos.
            “Por último, los Colegios tenían plena personalidad jurídica, pudiendo adquirir «Inter vivos» o «mortis causa», contratar y obligarse, y ejercer las acciones correspondientes ante los tribunales.”[7]
            Podemos ver, entonces, los primeros directivos o líderes formales de estas instituciones, como también las normas legales y consuetudinarias que se irán transmitiendo hasta nuestros días.
            Había, en tiempos romanos, dos tipos de colegios: los públicos y los privados. Los primeros estaban íntimamente ligados al estado porque las profesiones de sus miembros eran indispensables para la subsistencia del pueblo y para la seguridad pública: navegantes que transportaban trigo y provisiones; navieros del Tíber; panaderos; carniceros de cerdos. Sus miembros estaban exentos de funciones  y cargas municipales y del servicio militar. “Pero, por contrapartida, los colegiado se encontraban encadenados a su oficio; sin que nadie, ni por nada, pudiera liberarlos de este yugo. Los mismos Emperadores sustrajeron de sus facultades la posibilidad de independizarlos [Código Teodosiano, Libro XIII, título 5, ley 19 (de naviculariis)].”[8]
            Los colegios privados estaban integrados por personas que ejercían las más variadas profesiones: banqueros y prestamistas; trabajadores de la madera; trabajadores en piedra; trabajadores en mármol; tejedores de mantas; mercaderes de vino; mercaderes de loza; sastres; bataneros; médicos; maestros y muchas otras más.
            Antes de dejar estas rápidas referencias a los colegios romanos, quiero transcribir unos párrafos de la obra de Rumeu de Armas en los que habla de la existencia de sociedades de socorros mutuo albergadas dentro de los colegios:
                   Ya hemos hecho hincapié, varias veces, en que el fin mutualista, unido al religioso, puede considerarse como el móvil principal que impulsa, en su origen, a los Colegios de artesanos romanos; y como los «Colegia tenuiorum», exceptuados de las prohibiciones expresas de la legislación romana, debieron su subsistencia, precisamente, a ese móvil de confraternidad, libre de toda contaminación política, que hizo que fuesen mirados con simpatía por las clases dirigentes del Estado romano.
                   Con la evolución de los Colegios, cabe pensar si el espíritu de confraternidad –siempre espontáneo- se entibiase al contacto de la acción del Estado, con sus imposiciones y vejaciones; pero es de suponer que, dentro de los mismos, siguiesen subsistiendo éstas a manera de sociedades de socorros mutuos, para subvenir a los riesgos de enfermedad y de muerte, que tanto preocupan, y preocuparán siempre, a las clases trabajadoras. (a)
                   Pero, de cuanto decimos, parece que dejamos firmemente aceptada una conclusión que todavía está en tela de juicio: ¿Hubo, en efecto, tales sociedades de socorros mutuos entre los trabajadores romanos? Conformes están todos los historiadores, y más particularmente los que han hecho objeto de su estudio las asociaciones obreras, en que existieron tales mutualidades por lo que respecta a la muerte; pero surgen, en cambio, las discrepancias cuando se trata de puntualizar si extendían sus socorros a los riesgos de enfermedad y otros análogos. […]
                   Pero, sin decidirnos plenamente, aceptemos en principio el carácter mutualista de los Colegios romanos, ya que hay sobradas razones par pensar que algún móvil llevaría a los artesanos y profesionales a colegiarse, además del puramente religioso. Y, desde nuestro limitado punto de vista, señalemos que los colegiados contribuían al sostenimiento de las cargas del mismo –auxilio de enfermedad, entierro, etc.- «cotizando», como hoy diríamos. En efecto, la vida económica del Colegio estaba asegurada por su capital social, y éste se formaba con los derechos de entrada y las cuotas de los socios («stipem menstuam»), donativos de los patronos y sus bienes propios.[9]
                                                                                        (a) Así lo afirma Pérez Pujol, quien considera que esta asociaciones […] se podían constituir a espaldas y sin permiso del Emperador, dada su condición exclusiva de sociedades obreras de socorros mutuos. Véase Uña Sarthou: Las asociaciones obreras en España, Madrid, 1900, pág. 11.

Edad Media

            Creo que nada de oscuridad ni de quietismo hubo en la Edad Media. Esa etapa de la historia occidental se me asemeja a un enorme caldero en el cual se va produciendo el ensamblaje de costumbres, de culturas, de prácticas sociales de ensayos de gobiernos, que darán nacimiento a una nueva sociedad: la de la Edad Moderna durante la cual se moldean las ciencias físicas, políticas, económicas y sociales que aún hoy influyen sobre nosotros.
            La Edad Media comienza alrededor de los años 450 de nuestra era y se extiende aproximadamente de once siglos. La decadencia del Imperio Romano por sus fisuras internas y por el avance de los pueblos bárbaros procedentes del oeste europeo y del Asia central, como también el resurgir de los pueblos autóctonos de las regiones conquistadas por los romanos, produjo un gran impacto en el orden que había establecido el Imperio. Viejas y nuevas costumbres se mezclan con las que estaban instituidas y entre ellas me interesa destacar las de las organizaciones sociales.
            Los pueblos “bárbaros”[10] también tenían sus organizaciones sociales fundamentalmente vinculadas con el culto a sus dioses y muertos. Al ir asentándose en el Imperio romano incorporaron y transmitieron sus instituciones y fueron apareciendo las cofradías, hermandades, gremios y guildas en todos los nuevos países que se iban formado. Hay que tener en cuenta que la organización política de la Edad Media era el feudo y que cada uno de ellos, si bien reconocían a algún príncipe como principal o rey, mantenían sus libertades de gobernar dentro de sus posesiones. La adopción del cristianismo como religión oficial por parte del emperador romano Teodosio en 380 hizo que, años después los bárbaros al ir conquistando paulatinamente el Imperio romano adoptase también dicha religión oficial y adaptaran muchas de sus instituciones sociales a los ritos cristianos.
            La convulsión generada con la desorganización de las instituciones romanas y el constante ir y venir de hordas armadas que buscaban un asentamiento en algún lugar, hizo insegura la vida en las ciudades y en el campo. El comercio se vio dificultado y las caravanas eran frecuentemente asaltadas. Con el fin de protegerse más allá de las fronteras del feudo al que pertenecían, se fueron organizando asociaciones de comerciantes que se prestaban mutuo auxilio, tanto en los caminos que debían recorrer como en el sistema de pagos, apareciendo, tiempo después, la letra de cambio.[11] Esas innovaciones desembocarán en la aparición de la burguesía, grupo económico y político que tendrá un rol muy destacado en la historia occidental hasta nuestros días.    
            “Sin duda las influencias romanas habríanse hecho sentir [sobre los germanos] en el plano de las ideas políticas y sociales. El viejo nomadismo no quedaba ya sino como un vago recuerdo –o acaso una vaga aspiración– y la democracia igualitaria había cedido ante la concepción real estimulada por la política de Roma. Del mismo modo, el cristianismo había impuesto, por sobre la mentalidad naturalística de los germanos, una concepción teística, cuyos fundamentos poco arraigados sustentaban sin embargo, ciertas nuevas ideas en el plano moral y en la concepción de la conciencia social.”[12]
            Romero hace mención, en el párrafo que transcribimos, a la práctica de la democracia igualitaria que era una forma de vida muy arraigada entre los pueblos bárbaros, lo mismo que su nomadismo, que fue lo que les hizo avanzar hacia el oeste sobre el Imperio. El nomadismo le da al hombre la idea de libertad y también de solidaridad dentro del grupo. Ambos comportamientos, libertad y democracia, con todas sus implicancias, se plasman en las organizaciones sociales que van apareciendo: corporaciones, gremios, hermandades, guildas, colegios de artesanos, cofradías. Estas instituciones tenían una serie de objetivos compartidos: solidaridad entre los miembros del colectivo, atención de viudas y huérfanos, honras funerarias, cuidado de la salud, sostenimiento del culto de su santo patrono, protección de la profesión y, también, contener el avance del Estado, principalmente la recaudación de impuestos.
            Pero la concentración del poder en los reyes y en el Papa produce un avance prácticamente imparable sobre las viejas instituciones, las cuales comenzaron a desarrollar una estructura interna de poder coactivo que les permitiera a sus dirigentes actuar en forma orgánica y contundente, tanto ante sus competidores como ante los poderes del estado. Creo que ellas fueron verdaderas escuelas de conducción política ya que encontraron cómo mimetizarse para continuar actuando en los momentos de prohibición y persecución.
            Durante la edad Media aparecen grandes instituciones como las órdenes religiosas de benedictinos, franciscanos, dominicos, con sus monasterios y abadías, las órdenes hospitalarias de caballeros, ciudades estado, reinos y principados. También se va consolidando la práctica comercial que se expande en busca de nuevos mercados como es el caso de la expedición de Marco Polo hacia China o el desarrollo de ciudades marítimas como Venecia y Génova que tenían bajo su poder la navegación en el Mediterráneo.
            Esos movimientos requirieron conductores, líderes como decimos actualmente. Fueron miles porque miles eran las organizaciones que se iban creando. Conductores fueron, por ejemplo, Juana de Arco, el rey San Felipe de Francia, Carlomagno, San Francisco, San Benito, Rodrigo Díaz de Vivar (el Cid Campeador), Santa Radegunda, Santa Brígida, entre muchísimos otros líderes, entre los cuales hay que considerar a los dirigentes de las corporaciones, hermandades y gremios cuyos nombres se han perdido.
            Para completar este esquema de la Edad Media y para su mejor caracterización, quiero presentar los puntos que destaca Pirenne en su Historia económica y social de la Edad Media[13], quien toma los acontecimientos que se produjeron en Italia y los Países Bajos pero que se expandieron a toda Europa occidental:
·         Ruptura del equilibrio económico de la Antigüedad
·         Choque entre los sarracenos y cristianos en Occidente
·         Desaparición del comercio en Occidente durante la Alta Edad Media
·         Regresión económica en la época de los carolingios
·         Carácter agrícola de la sociedad a partir del siglo IX
·         Aparición de los latifundios
·         Ausencia de mercados exteriores
·         Recomposición del comercio occidental
·         Establecimiento de los mercaderes locales
·         Influencia de los judíos en el comercio
·         Carácter de la sociedad rural del siglo IX
·         Preponderancia de la Iglesia católica de Roma
·     El ideal económico de la Iglesia en el cual estaba prohibida la usura entre los clérigos seglares y regulares y que se extendió luego entre los laicos
·         Origen de los gremios profesionales.
            Por su parte Ariès y Duby destacan que en ese período de la Alta Edad Media se produce un retroceso de lo público, como consecuencia de una fragmentación del homogéneo poder romano, con el consecuente avance de lo privado que prevalecía entre los bárbaros, entre los cuales se había desarrollado un entramado de solidaridad privada, sustentada especialmente en el parentesco.[14]
            Otro tema muy importante es el desarrollo del Derecho. Al respecto dice Le Goff:
      De forma espontánea, quien habla de Derecho piensa de inmediato en el derecho romano, en la herencia imperial, tan fuerte en occidente. Se subestima así la importancia y la creatividad del Derecho en la civilización medieval. Sin duda porque el derecho romano se impone como un derecho escrito, mientras que el derecho medieval se basa en costumbres y tradiciones orales. Un contraste excesivo: la Edad Media –civilización del libro– estuvo constantemente modelando, remodelando y dando forma a principios consuetudinarios. Y es que la mentalidad medieval tiende a lo universal, al tiempo que, como ya hemos visto, se mantiene apegada a la encarnación hic et nunc, en un lugar y una persona.
     A partir del siglo XII, con el impulso del renacimiento de los estudios romanos, el derecho de las costumbres se pone por escrito. Los poderes preestatales, las monarquías en vías de implantación, necesitan textos a los que referirse y, en particular, un buen conocimiento de las diversas costumbres vinculadas a las regiones, ciudades y aldeas.
       Como demostró Gabriel Le Bas, este ordenamiento coincide con la elaboración de la mayor invención jurídica medieval: el derecho canónico (del griego kanôn, que sirve de regla). Este derecho regula el funcionamiento de la Iglesia y las relaciones de ésta con la sociedad. Esto da una idea de su importancia en un mundo donde la Iglesia está omnipresente y existe una profunda impregnación jurídica de las mentalidades.[15]
            Con esta apretada reseña he pretendido aportar antecedentes sobre el proceso natural, podría decirse, que han seguido los pueblos en distintas épocas y lugares para hacer frente a las vicisitudes de la vida. Ese movimiento espontáneo de autoayuda y solidaridad dio surgimiento a un andamiaje jurídico que con distintos enfoques llegó a nuestros días. Cabe advertir, porque lo considero importante, que primero estuvo la acción y luego la regulación por parte del estado a los efectos de poner orden, evitar conflictos e impedir tergiversaciones.


* Felipe Rodolfo Arella es licenciado en Cooperativismo y Mutualismo por le Universidad del Museo Social Argentino; magister en Educación Social y Animación Sociocultural por la Universidad de Sevilla; Diplomado en Ética Social, Liderazgo y Participación Ciudadana, por la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla, México y el Centro de Investigaciones de Ética Social – Fundación Aletheia, Argentina. Director del Instituto de Estudios del Pensamiento y la Acción Solidaria (IEPAS). Miembro del Colegio de Graduados en Cooperativismo y Mutualismo (CGCyM).
[1] Garelli, Paul – Sauneron, Serge: El trabajo bajo los primeros estados; Barcelona, Grijalbo, 1974, p.133.
[2] Íbid.: p. 137.
[3] Díez de Velasco, Francisco: La religión griega antigua – Una visión general.
[4] Sanz, Rafael: Las cofradías religiosas en el mundo griego
[5] Romeu de Armas, Antonio: Historia de la previsión social en España; Cofradías – Gremios – Hermandades – Montepíos;  Ediciones “El Albir”, S.A., Barcelona, 1981, p. 9.
[6] Rumeu de Armas, Antonio: op. Cit. P. 13
[7] Íbid. ps. 14 y 15
[8] Íbid. p. 15
[9] Rumeu de Armar, Antonio: op. cit. ps 17 y 18. 
[10] Bárbaro: Relativo a todos los pueblos, incluidos los romanos, que no pertenecían a la civilización griega; individuo de dichos pueblos. (Mas tarde, los romanos se asimilaron ellos mismos a los griegos. La historia ha denominado bárbaros a los godos, vándalos, bungundios, suevos, hunos, alanos, francos, etc., que, del s. III al s. VI de la era cristiana, invadieron el imperio romano y fundaron estados más o menos duraderos.) Diccionario Enciclopédico El Pequeño Larousse Ilustrado, 1997.
[11] Ver: Le Goff, Jacque: Mercaderes y banqueros. Romero, José Luis; Crisis y orden en el mundo feudoburgués; La Edad Media.
[12] Romero, José Luis: La Edad Media; Fondo de Cultura Económica – Breviarios, Buenos Aires, 1977, p. 112.
[13] Pirenne, Henri:  Historia económica y social de la Edad Media; Fondo de Cultura Económica, México, 1993.
[14] Ariès, Philippe y Duby, Georges: Historia de la vida privada, Taurus, Madrid, 1992, ps. 24 y sig., 237 y sig.
[15] Le Goff, Jacques: En busca de la Edad Media, Paidós, Buenos Aires, 2004, ps. 114 y 115.

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