Remotos antecedentes delas organizaciones sociales
Por Felipe Rodolfo Arella*
Un método expositivo saludable e
interesante consiste en establecer las categorías que entrarán a formar parte
del discurso. En este caso tan amplio de las organizaciones sociales conviene
aclarar qué entiendo por organizaciones sociales: son asociaciones de personas
que se conforman orgánicamente cumpliendo con las prescripciones legales, que
son reconocidas por el estado, es decir que tienen personería jurídica, que
tienen nombre y domicilio, patrimonio propio, derechos y obligaciones, y que
están habilitadas para contraer obligaciones económicas, adquirir y enajenar
bienes para el cumplimiento de sus fines sociales, que se constituyen por acto
único a partir de la aprobación del estatuto social, que practican una
administración democrática y cuyos miembros y la propia institución no
persiguen el lucro ya que el espíritu de las mismas es la solidaridad y ayuda
recíproca de todos. Dos tipos de organizaciones sociales, las cooperativas y
las mutuales, que tienen leyes específicas para su funcionamiento, mientras las
otras, las que son asociaciones civiles, se rigen por las disposiciones del
Código Civil. Un caso particular es el de las fundaciones, que tienen una ley
propia que le permite al socio fundador mantener la dirección de la
organización por tiempo ilimitado.
También es necesario señalar que las
organizaciones sociales se distinguen entre sí por sus fines: Las hay que se
organizan porque sus miembros se comprometen a brindarse ayuda mutua entre
ellos mismos; otras se constituyen a partir de un núcleo de personas que asumen
el compromiso de aportar recursos para socorrer a terceras personas que pueden
estar, o no, asociadas a la organización.
Asimismo quiero expresar que al
encarar este trabajo estuve pensando en la necesidad de aportar información
basadas en fuentes consideradas fidedignas y aventar, de esa manera, la
habitual repetición sin fundamentos de los orígenes de cooperativas y mutuales.
Hechas estas salvedades, invito al lector a que hagamos un rápido recorrido por
la historia para rescatar algunos tipos de organizaciones sociales que son la
base de las actuales entidades que conocemos como del tercer sector.
Egipto
Las organizaciones sociales siempre
aparecen para eliminar o minimizar los efectos de las necesidades. Estas
necesidades pueden ser de carácter material: comer, vestirse, trabajar, o de
carácter espiritual: respeto y honras para los difuntos, adoración, sacrificios
y gratitud a los dioses, de transmisión cultural. Por ello los historiadores
encuentran elementos asociativos entre las clases trabajadoras en numerosas
naciones de la antigüedad y también entre los aristócratas y sacerdotes.
Garelli y Sauneron en su obra El trabajo
en los primeros estados reconocen las dificultades que debe afrontar el
investigador de las sociedades antiguas ya que se carecen de suficientes
testimonios que permitan afirmaciones concretas; no obstante, los relatos
orales que se fueron transmitiendo de generación en generación, algunas piezas
rescatadas por los antropólogos y etnólogos, algunas oraciones escritas en
piedra o pergaminos, van aportando piezas para armar el rompecabezas de la
antigüedad. Precisamente Herodoto, citado por los mencionados autores, nos
permite conocer cómo se trabajaba en el imperio egipcio, cuáles era el
tratamiento que se daba a los esclavos y obreros libres y cuál era el estado de
salud de todos ellos.
Sobre la asistencia médica estamos mal informados. En las expediciones a lejanos países y en los talleres reales, los accidentes de trabajo eran cuidados por practicantes pertenecientes a los equipos de trabajo. Lo que sucedía en las otras formas de actividad no es tan conocido; un interesante texto que acaba de ser editado nos muestra, por ejemplo, a un pequeño empleado de un templo , que ha sido víctima de un accidente a la vista durante su trabajo, despedido primero por razón de su incapacidad física, pero que pide ser reintegrado, alegando sus leales servicios y el hecho de que ese accidente le haya sobrevenido durante su trabajo; pide incluso que los medicamentos necesarios sean pagados por el templo. Ignoramos la suerte que corrió esta petición; sin embargo, parece implicar cierta tendencia de las grandes instituciones a proteger a sus empleados contra los riesgos profesionales y sus consecuencias. La aplicación de tal práctica era dejada, sin embargo, a la apreciación de los patronos. Sabemos también que las «asociaciones religiosas», agrupaciones libres de personas piadosas, constituían en su seno una suerte de «mutua» para cubrir los gastos de enfermedad de sus miembros; pero aquí se trata sólo de iniciativas privadas. Sobre este punto, como sobre tantos otros, no poseemos sino documentos escasos y de alcance limitado.[1]
En el Egipto del Imperio Antiguo y
del Imperio Nuevo se produjeron revueltas populares de envergadura: una en el
Antiguo y dos en el Nuevo, en los últimos años del reinado de Ramsés III.
Durante esos movimientos los trabajadores, siervos y esclavo tomaron el poder
generando una verdadera guerra de clases. Dicen Garelli y Sauneron que “en
varias ocasiones los obreros que trabajaban en la tumba real se negaron a
proseguir su trabajo, protestando así contra las irregularidades sufridas por
el ritmo de sus salarios (salarios en especie, de los que vivían directamente)
o, a veces, contra los escándalos ocurridos en la obra.”[2]
La importancia de esos
acontecimientos está en que son los más antiguamente registrados de huelgas
obreras y cabe señalar que –como lo destacan estos autores– que tales huelgas
tenían un alcance limitado porque sus protagonistas eran trabajadores
calificados que construían la morada eterna del faraón y al paralizar esa obra
esencial podían obtener mejoras en sus condiciones laborales, cosa que no
ocurría con otros operarios o agricultores.
Grecia
En la Grecia antigua también
pueden rastrearse algunas organizaciones originadas en las distintas
profesiones como forma de formar a los nuevos trabajadores, para defender
ciertos privilegios, para celebrar cultos a alguno de los tantos dioses, entre
ellos Dioniso, muy popular y querido por todas las clases sociales. “La
libertad que potenció entre los griegos la inexistencia de un dogma obligatorio
sancionado por un sistema eclesiástico creó un mundo religioso diverso y
abigarrado cuya complejidad solamente intuimos en la documentación incompleta
que poseemos; los grupos de índole religiosa que actuaban más allá de la
religión oficial de las ciudades fueron muchos, aunque no pasaron de ser
minoritarios (a pesar de su gran creatividad); la gran mayoría de los griegos
se sentían vinculados a sus divinidades y ritos ciudadanos, cuya característica
más notoria era que potenciaban la solidaridad grupal.”[3] Al respecto dice otro
estudioso: “Es distintivo en estas asociaciones su carácter voluntario. Se entraba en ellas por
propio deseo, para encontrarse con un pequeño círculo de amigos. Las
asociaciones religiosas más antiguas de Ática agrupaban miembros de un mismo
demo (fracción de una tribu), para honrar a una misma divinidad. A partir del
siglo IV a.C., aparecen en el Pireo asociaciones de extranjeros agrupados para
honrar a su dios nacional, por ejemplo Cibeles, la Madre de los dioses (de
origen frigio), o la Bendis
tracia. Las cofradías más populares eran llamadas eranoi, una palabra griega que significa comida frugal a la que cada uno aportaba su porción. Los miembros
se reunían con una finalidad social y
recreativa. Se hacían colectas
para ayudar a la liberación de un esclavo miembro, para ayudar a otro a
levantar su casa, para redimir a un cautivo, pero también para pagar los
festejos que acompañaban al sacrificio anual.”[4]
Roma
A medida que avanzamos en el tiempo,
vamos encontrando mayores fuentes de información proporcionadas por un número
cada vez mayor de historiadores, poetas y relatores de los hechos cotidianos
que nos permiten conocer un poco más de los antecedentes de las organizaciones
sociales. Los testimonios que nos llegan de la República e Imperio
Romano son muchas e interesantes. Antonio Romeu de Armas, en su Historia de la previsión social en España nos
proporciona un pormenorizado informe acerca de las organizaciones sociales de
la época y su institucionalización por parte del estado. Inicia su obra este
autor con una advertencia: […] atentos a autorizar y
fundamentar estas páginas en fuentes precisas y concretas, nuestro propósito
estaba de antemano reñido con elásticas elucubraciones sobre nuestros
primitivos tiempos, o con hipótesis generalizadoras, sin compulsa previa con el
dato o con el documento, que muchos aborrecen por cómoda petulancia, que
quieren envolver en aires de filosófico desprecio, pero que son y seguirán
siendo la base del rigor científico dentro de la materia histórica.
Y aún concretándonos a los tiempos
de la dominación romana, forzoso es reconocer que, al rastrear los primeros
indicios de la Previsión
social entre los humildes y económicamente débiles hispano-romanos, muchas
veces hemos de estar al borde de la hipótesis, y un sinnúmero valernos de la
comparación, si queremos, indagando entre los áridos y fríos datos que nos
suministra la Epigrafía,
resucitar el pasado de las instituciones de previsión, en los albores de la
historia patria.[5]
España, como también
Francia y las costas mediterráneas de África son colonizadas por fenicios y
griegos que llevaron sus costumbres, sus técnicas y sus instituciones, como las
“etairias” y “eranos” griegos, que pueden considerarse las bases de las
instituciones sociales sobre las cuales desarrollarán las suyas los romanos.
Cuando comienza la conquista romana sobre España, ya se habían desarrollado
grandemente como las corporaciones de trabajadores de distintas actividades
industriales. Sobre este asunto se pueden consultar las comedias de Plauto.
Para algunos investigadores los Colegios por oficios comienzan a organizarse en
época de Servio Tulio. Estas asociaciones y colegios profesionales corren
distintas suertes: la Ley
Julia (años 67
a 64 a.C.)
los abolió; poco después, en el 59, Julio César los rehabilita pero los vuelve
a prohibir tres años más tarde.
Había en Roma tres tipos de
colegios: collegia compitalitia,
sodalitates sacrae y collegia artificum vel opificum. Veamos qué nos dice
de ellos Rumeu de Armas:
a)
Collegia compitalitia.- Eran a manera de
cofradías religiosas, donde se agrupaba, por barrios, la plebe romana. Una vez
al año celebraban su fiesta en honor de los dioses Lares, con ofrendas,
sacrificios, banquetes y libaciones, que solían acarrear gravísimos desórdenes
públicos, fomentando de paso inmoralidades sin cuento.
b) Sodalitates sacraes.- Eran también a manera de cofradías piadosas, que agrupaban a los
patricios en el culto de ciertos dioses. Mixtificaban las prácticas religiosas
con ágapes y otras festividades profanas. Catón alude a los banquetes que
celebraba con sus “sodales” en los años de su juventud.
Mas muchas de estas “sodalitates sacrae” –no todas– derivaron, en los
últimos tiempos de la
República, hacia la forma de los “Collegia Sodalitia”;
asociaciones que, aprovechándose de un régimen de absoluta libertad, se multiplicaron
extraordinariamente, convirtiéndose en los más poderosos auxiliares para la
conquista del poder. […]
Su participación en la vida política activa fue muy intensa, y ello explica su
pronta abolición.
Sin embargo, esta prohibición […] no tuvo efecto más que aparente, y siguieron subsistiendo las
“sodalitates” como asociaciones religioso-funerarias hasta los últimos tiempos
del Imperio romano.
c) Collegia artificum vel opificum.- Eran Colegios puramente confesionales, a
los cuales hace alusión la ley Julia
(al proscribir la demás asociaciones) llamándolos “tenuiores”. Sin embargo, por
contragolpe, sufrieron el recelo y la desconfianza del Estado romano, que si
bien les permitió vivir, los sometió a una reglamentación rigurosa. El régimen
de libertad, que había sido la regla de estas instituciones, cede plaza al
sistema de autorización, de vigilancia administrativa, que, bajo los últimos
emperadores romanos, degenera en verdadera servidumbre.
Con los romanos se institucionaliza
la existencia de los colegios ya que fue necesario que los mismos contaran con
la autorización del Senado o de los emperadores para poder funcionar. A partir
de entonces esas organizaciones, que eran manifestaciones espontáneas del
sentir del pueblo, se convierten en una fuerza y elemento del poder del estado.
“No se muestra éste, sistemáticamente, hostil a los Colegios de artesanos, pues muchas vece los Emperadores favorecen y extienden aquellos que limitaban su actividad a lo puramente profesional: tal sucede con Trajano, Marco Aurelio y Alejandro Severo, que les otorgan privilegios, o extienden por las provincias. Mas esta política sirve a las mil maravillas a su obra de centralización, y terminará por constituir a los Colegios en instrumentos del gobierno, obedientes a los fines fiscales de los últimos Emperadores.”[6]
La autorización por parte del estado
no avanzaba, sin embargo, en la organización interna de los colegios, la cual
era determinada por los mismos miembros en el estatuto y reglamentos,
siguiendo, dice Rumeu de Armas, con la tradición de libertad que arrancaba de
la ley de las Doce Tablas. En las constituciones o estatuto primero quedaba
establecidas cuestiones como el régimen de gobierno, jerarquías, fines de la
asociación, días de banquetes y fiestas comunes, como también normas sobre las
relaciones de confraternidad dentro de la corporación. En cuanto a los cargos,
los mismos eran producto de la elección de todo el cuerpo social. Una figura
para destacar es la del síndico (“syndicu”) que representaba a la institución
ante los tribunales. Otro cargo importante por su función era el de “Patron”
que estaba por encima de los demás y era el jefe supremo, defensor de la
corporación frente a los poderes públicos.
Los colegios tenían sus asambleas
generalmente en casa propia, edificada a expensas del mismo. “La época de estas
reuniones y sus fines aparecían determinados en la «lex collegii»; mas la excesiva frecuencia
con que se reunían despertó, a la postre, la suspicacia estatal que, como en el
caso de la ley Julia, les prescribe
una sola reunión mensual. Las decisiones se tomaban por mayoría; y en igual
forma se hacían los nombramientos.
“Por último, los Colegios tenían plena personalidad jurídica, pudiendo adquirir «Inter vivos» o «mortis causa», contratar y obligarse, y ejercer las acciones correspondientes ante los tribunales.”[7]
Podemos
ver, entonces, los primeros directivos o líderes formales de estas
instituciones, como también las normas legales y consuetudinarias que se irán
transmitiendo hasta nuestros días.
Había, en tiempos romanos, dos tipos
de colegios: los públicos y los privados. Los primeros estaban íntimamente
ligados al estado porque las profesiones de sus miembros eran indispensables
para la subsistencia del pueblo y para la seguridad pública: navegantes que
transportaban trigo y provisiones; navieros del Tíber; panaderos; carniceros de
cerdos. Sus miembros estaban exentos de funciones y cargas municipales y del servicio militar.
“Pero, por contrapartida, los colegiado se encontraban encadenados a su oficio;
sin que nadie, ni por nada, pudiera liberarlos de este yugo. Los mismos
Emperadores sustrajeron de sus facultades la posibilidad de independizarlos [Código Teodosiano, Libro XIII,
título 5, ley 19 (de naviculariis)].”[8]
Los colegios privados
estaban integrados por personas que ejercían las más variadas profesiones:
banqueros y prestamistas; trabajadores de la madera; trabajadores en piedra;
trabajadores en mármol; tejedores de mantas; mercaderes de vino; mercaderes de
loza; sastres; bataneros; médicos; maestros y muchas otras más.
Antes de dejar estas
rápidas referencias a los colegios romanos, quiero transcribir unos párrafos de
la obra de Rumeu de Armas en los que habla de la existencia de sociedades de
socorros mutuo albergadas dentro de los colegios:
Ya
hemos hecho hincapié, varias veces, en que el fin mutualista, unido al
religioso, puede considerarse como el móvil principal que impulsa, en su
origen, a los Colegios de artesanos romanos; y como los «Colegia tenuiorum»,
exceptuados de las prohibiciones expresas de la legislación romana, debieron su
subsistencia, precisamente, a ese móvil de confraternidad, libre de toda
contaminación política, que hizo que fuesen mirados con simpatía por las clases
dirigentes del Estado romano.
Con
la evolución de los Colegios, cabe pensar si el espíritu de confraternidad
–siempre espontáneo- se entibiase al contacto de la acción del Estado, con sus
imposiciones y vejaciones; pero es de suponer que, dentro de los mismos,
siguiesen subsistiendo éstas a manera de sociedades de socorros mutuos, para
subvenir a los riesgos de enfermedad y de muerte, que tanto preocupan, y
preocuparán siempre, a las clases trabajadoras. (a)
Pero,
de cuanto decimos, parece que dejamos firmemente aceptada una conclusión que
todavía está en tela de juicio: ¿Hubo, en efecto, tales sociedades de socorros
mutuos entre los trabajadores romanos? Conformes están todos los historiadores,
y más particularmente los que han hecho objeto de su estudio las asociaciones
obreras, en que existieron tales mutualidades por lo que respecta a la muerte;
pero surgen, en cambio, las discrepancias cuando se trata de puntualizar si
extendían sus socorros a los riesgos de enfermedad y otros análogos. […]
Pero,
sin decidirnos plenamente, aceptemos en principio el carácter mutualista de los
Colegios romanos, ya que hay sobradas razones par pensar que algún móvil
llevaría a los artesanos y profesionales a colegiarse, además del puramente
religioso. Y, desde nuestro limitado punto de vista, señalemos que los
colegiados contribuían al sostenimiento de las cargas del mismo –auxilio de
enfermedad, entierro, etc.- «cotizando», como hoy diríamos. En efecto, la vida
económica del Colegio estaba asegurada por su capital social, y éste se formaba
con los derechos de entrada y las cuotas de los socios («stipem menstuam»),
donativos de los patronos y sus bienes propios.[9]
(a) Así lo afirma Pérez Pujol, quien considera que esta
asociaciones […] se podían constituir a espaldas y sin permiso del Emperador,
dada su condición exclusiva de sociedades obreras de socorros mutuos. Véase Uña Sarthou: Las asociaciones obreras en España, Madrid, 1900, pág. 11.
Edad Media
Creo que nada de
oscuridad ni de quietismo hubo en la Edad
Media. Esa etapa de la historia occidental se me asemeja a un
enorme caldero en el cual se va produciendo el ensamblaje de costumbres, de
culturas, de prácticas sociales de ensayos de gobiernos, que darán nacimiento a
una nueva sociedad: la de la Edad Moderna
durante la cual se moldean las ciencias físicas, políticas, económicas y
sociales que aún hoy influyen sobre nosotros.
La
Edad Media comienza alrededor de los años
450 de nuestra era y se extiende aproximadamente de once siglos. La decadencia
del Imperio Romano por sus fisuras internas y por el avance de los pueblos
bárbaros procedentes del oeste europeo y del Asia central, como también el
resurgir de los pueblos autóctonos de las regiones conquistadas por los
romanos, produjo un gran impacto en el orden que había establecido el Imperio.
Viejas y nuevas costumbres se mezclan con las que estaban instituidas y entre
ellas me interesa destacar las de las organizaciones sociales.
Los pueblos “bárbaros”[10]
también tenían sus organizaciones sociales fundamentalmente vinculadas con el
culto a sus dioses y muertos. Al ir asentándose en el Imperio romano
incorporaron y transmitieron sus instituciones y fueron apareciendo las
cofradías, hermandades, gremios y guildas en todos los nuevos países que se
iban formado. Hay que tener en cuenta que la organización política de la
Edad Media era el feudo y que cada uno de
ellos, si bien reconocían a algún príncipe como principal o rey, mantenían sus
libertades de gobernar dentro de sus posesiones. La adopción del cristianismo
como religión oficial por parte del emperador romano Teodosio en 380 hizo que,
años después los bárbaros al ir conquistando paulatinamente el Imperio romano
adoptase también dicha religión oficial y adaptaran muchas de sus instituciones
sociales a los ritos cristianos.
La convulsión generada
con la desorganización de las instituciones romanas y el constante ir y venir
de hordas armadas que buscaban un asentamiento en algún lugar, hizo insegura la
vida en las ciudades y en el campo. El comercio se vio dificultado y las
caravanas eran frecuentemente asaltadas. Con el fin de protegerse más allá de
las fronteras del feudo al que pertenecían, se fueron organizando asociaciones
de comerciantes que se prestaban mutuo auxilio, tanto en los caminos que debían
recorrer como en el sistema de pagos, apareciendo, tiempo después, la letra de
cambio.[11]
Esas innovaciones desembocarán en la aparición de la burguesía, grupo económico
y político que tendrá un rol muy destacado en la historia occidental hasta
nuestros días.
“Sin duda las influencias romanas habríanse hecho sentir [sobre los germanos] en el plano de las ideas políticas y sociales. El viejo nomadismo no quedaba ya sino como un vago recuerdo –o acaso una vaga aspiración– y la democracia igualitaria había cedido ante la concepción real estimulada por la política de Roma. Del mismo modo, el cristianismo había impuesto, por sobre la mentalidad naturalística de los germanos, una concepción teística, cuyos fundamentos poco arraigados sustentaban sin embargo, ciertas nuevas ideas en el plano moral y en la concepción de la conciencia social.”[12]
Romero hace mención, en
el párrafo que transcribimos, a la práctica de la democracia igualitaria que
era una forma de vida muy arraigada entre los pueblos bárbaros, lo mismo que su
nomadismo, que fue lo que les hizo avanzar hacia el oeste sobre el Imperio. El
nomadismo le da al hombre la idea de libertad y también de solidaridad dentro
del grupo. Ambos comportamientos, libertad y democracia, con todas sus
implicancias, se plasman en las organizaciones sociales que van apareciendo:
corporaciones, gremios, hermandades, guildas, colegios de artesanos, cofradías.
Estas instituciones tenían una serie de objetivos compartidos: solidaridad
entre los miembros del colectivo, atención de viudas y huérfanos, honras
funerarias, cuidado de la salud, sostenimiento del culto de su santo patrono,
protección de la profesión y, también, contener el avance del Estado,
principalmente la recaudación de impuestos.
Pero la concentración
del poder en los reyes y en el Papa produce un avance prácticamente imparable
sobre las viejas instituciones, las cuales comenzaron a desarrollar una
estructura interna de poder coactivo que les permitiera a sus dirigentes actuar
en forma orgánica y contundente, tanto ante sus competidores como ante los poderes
del estado. Creo que ellas fueron verdaderas escuelas de conducción política ya
que encontraron cómo mimetizarse para continuar actuando en los momentos de
prohibición y persecución.
Durante la edad Media
aparecen grandes instituciones como las órdenes religiosas de benedictinos,
franciscanos, dominicos, con sus monasterios y abadías, las órdenes
hospitalarias de caballeros, ciudades estado, reinos y principados. También se
va consolidando la práctica comercial que se expande en busca de nuevos mercados
como es el caso de la expedición de Marco Polo hacia China o el desarrollo de
ciudades marítimas como Venecia y Génova que tenían bajo su poder la navegación
en el Mediterráneo.
Esos movimientos
requirieron conductores, líderes como decimos actualmente. Fueron miles porque
miles eran las organizaciones que se iban creando. Conductores fueron, por
ejemplo, Juana de Arco, el rey San Felipe de Francia, Carlomagno, San
Francisco, San Benito, Rodrigo Díaz de Vivar (el Cid Campeador), Santa
Radegunda, Santa Brígida, entre muchísimos otros líderes, entre los cuales hay
que considerar a los dirigentes de las corporaciones, hermandades y gremios
cuyos nombres se han perdido.
Para completar este
esquema de la Edad Media
y para su mejor caracterización, quiero presentar los puntos que destaca
Pirenne en su Historia económica y social
de la Edad Media[13], quien toma los
acontecimientos que se produjeron en Italia y los Países Bajos pero que se
expandieron a toda Europa occidental:
·
Ruptura
del equilibrio económico de la
Antigüedad
·
Choque
entre los sarracenos y cristianos en Occidente
·
Desaparición
del comercio en Occidente durante la Alta
Edad Media
·
Regresión
económica en la época de los carolingios
·
Carácter
agrícola de la sociedad a partir del siglo IX
·
Aparición
de los latifundios
·
Ausencia
de mercados exteriores
·
Recomposición
del comercio occidental
·
Establecimiento
de los mercaderes locales
·
Influencia
de los judíos en el comercio
·
Carácter
de la sociedad rural del siglo IX
·
Preponderancia
de la Iglesia
católica de Roma
· El
ideal económico de la Iglesia
en el cual estaba prohibida la usura entre los clérigos seglares y regulares y
que se extendió luego entre los laicos
·
Origen
de los gremios profesionales.
Por su parte Ariès y
Duby destacan que en ese período de la Alta
Edad Media se produce un retroceso de lo público, como
consecuencia de una fragmentación del homogéneo poder romano, con el
consecuente avance de lo privado que prevalecía entre los bárbaros, entre los
cuales se había desarrollado un entramado de solidaridad privada, sustentada
especialmente en el parentesco.[14]
Otro tema muy
importante es el desarrollo del Derecho. Al respecto dice Le Goff:
De forma espontánea, quien habla de Derecho piensa de inmediato en el derecho romano, en la herencia imperial, tan fuerte en occidente. Se subestima así la importancia y la creatividad del Derecho en la civilización medieval. Sin duda porque el derecho romano se impone como un derecho escrito, mientras que el derecho medieval se basa en costumbres y tradiciones orales. Un contraste excesivo: la Edad Media –civilización del libro– estuvo constantemente modelando, remodelando y dando forma a principios consuetudinarios. Y es que la mentalidad medieval tiende a lo universal, al tiempo que, como ya hemos visto, se mantiene apegada a la encarnación hic et nunc, en un lugar y una persona.
A partir del siglo XII, con el impulso del renacimiento de los estudios romanos, el derecho de las costumbres se pone por escrito. Los poderes preestatales, las monarquías en vías de implantación, necesitan textos a los que referirse y, en particular, un buen conocimiento de las diversas costumbres vinculadas a las regiones, ciudades y aldeas.
Como demostró Gabriel Le Bas, este ordenamiento coincide con la elaboración de la mayor invención jurídica medieval: el derecho canónico (del griego kanôn, que sirve de regla). Este derecho regula el funcionamiento de la Iglesia y las relaciones de ésta con la sociedad. Esto da una idea de su importancia en un mundo donde la Iglesia está omnipresente y existe una profunda impregnación jurídica de las mentalidades.[15]
Con esta apretada
reseña he pretendido aportar antecedentes sobre el proceso natural, podría
decirse, que han seguido los pueblos en distintas épocas y lugares para hacer
frente a las vicisitudes de la vida. Ese movimiento espontáneo de autoayuda y
solidaridad dio surgimiento a un andamiaje jurídico que con distintos enfoques
llegó a nuestros días. Cabe advertir, porque lo considero importante, que
primero estuvo la acción y luego la regulación por parte del estado a los efectos
de poner orden, evitar conflictos e impedir tergiversaciones.
* Felipe Rodolfo Arella es licenciado
en Cooperativismo y Mutualismo por le Universidad del Museo Social Argentino;
magister en Educación Social y Animación Sociocultural por la Universidad de
Sevilla; Diplomado en Ética Social, Liderazgo y Participación Ciudadana, por la Universidad Popular
Autónoma del Estado de Puebla, México y el Centro de Investigaciones de Ética
Social – Fundación Aletheia, Argentina. Director del Instituto de Estudios del Pensamiento y la Acción Solidaria (IEPAS). Miembro del Colegio de Graduados en Cooperativismo y Mutualismo (CGCyM).
[1] Garelli, Paul – Sauneron, Serge: El trabajo bajo los primeros estados;
Barcelona, Grijalbo, 1974, p.133.
[2] Íbid.: p. 137.
[3] Díez de Velasco, Francisco: La religión griega antigua – Una visión
general.
[4] Sanz, Rafael: Las cofradías religiosas en el mundo griego
[5] Romeu de Armas, Antonio: Historia de la previsión social
en España; Cofradías – Gremios – Hermandades – Montepíos; Ediciones “El Albir”, S.A., Barcelona, 1981,
p. 9.
[6] Rumeu de Armas, Antonio: op. Cit. P. 13
[7] Íbid. ps. 14 y 15
[8] Íbid. p. 15
[10] Bárbaro: Relativo a todos los pueblos,
incluidos los romanos, que no pertenecían a la civilización griega; individuo de
dichos pueblos. (Mas tarde, los romanos se asimilaron ellos mismos a los
griegos. La historia ha denominado bárbaros a los godos, vándalos, bungundios,
suevos, hunos, alanos, francos, etc., que, del s. III al s. VI de la era
cristiana, invadieron el imperio romano y fundaron estados más o menos
duraderos.) Diccionario Enciclopédico El
Pequeño Larousse Ilustrado, 1997.
[11] Ver:
Le Goff, Jacque: Mercaderes y banqueros. Romero,
José Luis; Crisis y orden en el mundo
feudoburgués; La Edad Media.
[12] Romero, José Luis: La
Edad Media;
Fondo de Cultura Económica – Breviarios, Buenos Aires, 1977, p. 112.
[13] Pirenne, Henri: Historia económica y social de la
Edad Media; Fondo de Cultura Económica,
México, 1993.
[14] Ariès, Philippe y Duby, Georges: Historia de la vida privada, Taurus,
Madrid, 1992, ps. 24 y sig., 237 y sig.
[15] Le Goff, Jacques: En busca de la Edad Media,
Paidós, Buenos Aires, 2004, ps. 114 y 115.
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