lunes, 27 de julio de 2015

Las organizaciones intermedias y el bien común




Felipe Rodolfo Arella


Las organizaciones intermedias
y el bien común


Trabajo final para la
Diplomatura en Ética Social, Liderazgo y Participación Ciudadana
Fundación Aletheia – CIES






Agosto 2012




Sociedad
            La sociedad -ese grupo amplio de familias organizadas- se estructura a partir de la  voluntad inteligente de sus miembros, orgánicamente, con la finalidad de realizar una tarea en común facilitando la vida de cada uno de ellos, ordenando las actividades personales o conjuntas de los mismos. Tal estructuración puede ser natural o política, entendiendo como natural aquella predisposición a vivir junto a otro que le deviene de su propia esencia (no es bueno que el hombre esté solo[1]). Hablamos de estructuración política cuando hacemos referencia al orden consensuado voluntariamente por los integrantes del grupo con el fin de vivir junto a otros, respetando determinadas normas que deberían concurrir al bien común del todo. Así nos acercamos a la idea de Estado que desarrollaremos más adelante. Observando la sociedad estamos en presencia de un acto humano porque, como lo señala Santo Tomás “[...] sólo aquellas acciones de las que el hombre es dueño pueden llamarse propiamente humanas. El hombre es dueño de sus actos mediante la razón y la voluntad; así, se define el libre albedrío como facultad de la voluntad y de la razón. Llamamos, por tanto, acciones propiamente humanas a las que proceden de una voluntad deliberada.”[2]
            En la sociedad organizada (el Estado) quienes gobiernan presumiblemente lo hacen para el bien de todos, lo que sería el fin de sus acciones. Como para alcanzar el fin es necesario realizar acciones, el modo en que las mismas se realicen permitirá calificarlas en buenas o malas, en justas o injustas, en éticas o no éticas. En la forma en que actuamos radica el problema de si lo hacemos para bien común o solamente para bien de nosotros mismos. Por ello suscribimos lo que expresara Forment y fuera reproducido por Bertolacci: “La sociedad, por tanto, debe ser la prolongación de la plenitud de la vida interior de las personas, que se traduce en todas las relaciones sociales o interpersonales.”[3] Dependerá, entonces, de la calidad de la vida interior de las personas que integran una sociedad que sus gobernantes, emergidos de la misma sociedad por elección (acto inteligente de la voluntad), sean los mejores y más capaces para poder alcanzar el bien común. De una sociedad egoísta saldrán gobernantes egoístas; de una sociedad corrupta, gobernantes corruptos; de una sociedad que tiene como fin último la armonía con Dios, tendrá gobernantes éticos que actuarán por el bien común:
La rectitud de la voluntad se requiere para la bienaventuranza antecedente y concomitantemente. Antecedentemente, en efecto, porque la rectitud de la voluntad existe por el orden debido al fin último. […] Y, por eso, nadie puede llegar a la bienaventuranza si no tiene rectitud de voluntad. Concomitantemente también, porque, como ya se dijo (q.3 a.8), la bienaventuranza última consiste en la visión de la esencia divina, que es la esencia misma de la bondad. Y así la voluntad del que ve la esencia de Dios necesariamente ama cuanto ama en orden a Dios; lo mismo que la voluntad de quien no ve la esencia de Dios necesariamente ama cuanto ama bajo la razón común de bien que conoce. Y esto es lo que hace recta a la voluntad. Por consiguiente, es claro que no puede haber bienaventuranza sin voluntad recta. [4]
                        Resulta muy claro que “Tanto el fin último personal como el bien común se realizan mediante los actos humanos cuya causa eficiente es la persona, individual. Ésta, a su vez, vive las exigencias del bien común que, últimamente, son la justicia y el amor sociales.
            “Los actos del obrar socialmente justo y del amor social los va ejerciendo el hombre en la medida en que cultiva las virtudes, por las cuales va alcanzando lo que la naturaleza se encomienda y le exige.” [5]
            Es oportuno recordar que “Otra conclusión de la antropología católica, coincidente con la filosofía natural, es que si el hombre es libre frente a todo ente creado, nadie puede «alienarlo», «esclavizarlo» y constituirse como fin de la existencia humana. Quedan así proscriptos todos los sistemas políticos totalitarios o estatistas que no sólo absorben toda la actividad individual, sino que además ejercen coacción sobre las voluntades para que abracen determinadas doctrinas o ideologías.”[6] Pero como el hombre frecuentemente actúa con miras cortas, persiguiendo la inmediatez de los resultados y la satisfacción de sus propias apetencias desconociendo las necesidades, intereses y aspiraciones de los otros hombres, no resultan pocos los que tienen comportamientos dictatoriales que se ponen de manifiesto en ensayos de coacción social. Aristóteles sostenía que “los hábitos nacen de las actividades [que les son semejantes]. Por eso se les debe dar a las actividades una cualidad determinada, pues los hábitos se corresponden con las diferencias entre aquellas. Adquirir ya desde la juventud esta o aquella costumbre tiene, pues, no poca importancia, sino una muy grande o, mejor dicho, lo es todo.”[7] Más adelante el estagirita señala que la virtud ética se relaciona con los placeres y dolores y lo prueba mediante los argumentos siguientes:
[1] Pues realizamos las acciones malas a causa del placer, y causa del dolor nos abstenemos de las nobles. Por eso ya desde la niñez tenemos que haber sido guiados de cierto modo, como dice Platón, para alegrarnos y dolernos por lo que se debe. La educación correcta es, en efecto, esa.
[2] Además, si las virtudes se refieren a las acciones y a los afectos, y a todo afecto y a toda acción acompañan placer y dolor, también por eso la virtud estará relacionada con los placeres y dolores.
[3] Lo revelan también los castigos que se imponen por medio de ellos, pues son una especie de medicina, y las medicinas por naturaleza obran por medio de los contrarios.
[4] Además, como dijimos recientemente, todo hábito del alma tiene una naturaleza referida y cercana a las cosas por obra de las cuales naturalmente se hace mejor o peor; y [los hombres] se vuelven malos a causa de los placeres y los dolores, por perseguir y rehuir los que no se debe o cuando no se debe o como no se debe, o de cuántos otros modos la razón determine tales cosas. Por eso [algunos] definen las virtudes como formas de apatía y de serenidad, mas eso no es acertado, porque [los que lo hacen] se expresan en términos absolutos y no agregan «como se debe», «como no se debe», y «cuando» y todas las otras cosas. Queda establecido, por tanto, que la virtud de esa clase es la que tiende a actuar de la manera óptima en relación con los placeres y los dolores, y que la maldad es lo contrario.
[5] También a partir de lo que sigue nos resultará claro que se relaciona con ellos, a saber, que siendo tres las cosas [que mueven] a la elección y tres [las que mueven] a la aversión: lo bello, lo conveniente y lo placentero, y sus [tres] contrarios: lo feo, lo dañino y lo doloroso, respecto de todas ellas el bueno tiende a acertar, y el malo a errar, pero sobre todo [lo hacen] en relación con el placer, porque éste es común a todos los animales y acompaña a todo lo que depende de la elección, pues también lo bello y lo conveniente se nos muestran como cosa placentera.
[6] Además, [el placer] ha crecido con todos nosotros desde la infancia más temprana; por eso es arduo eliminar esa afección, que tiñe nuestra existencia.
[7] Además, medimos las acciones, unos más y otros menos, con la vara del placer y el dolor. Por eso es necesario que todo nuestro estudio se refiera a esas cosas, pues no es poco el peso que tiene en las acciones el complacerse y dolerse bien o mal.
[8] Además, es más difícil luchar con el placer que con la ira, como dice Heráclito y para lo que es más difícil hay siempre una virtud, pues lo bueno es, en ese caso, [aun] mejor; de modo que también por eso el estudio todo de la virtud y de la política se relaciona con los placeres y los dolores, pues el que los utiliza bien será bueno, y el que mal, malo.[8]
Nación y Estado
            La nación es una comunidad étnica de hombres unidos por vínculos de sangre, de territorio, de lengua, en posesión de un vínculo específico de solidaridad interno, frente a otros grupos humanos.[9] La nación no es una sociedad porque, como toda comunidad, es acéfala o amorfa y a pesar de la utilización del término nación como sinónimo de Estado, no existe una autoridad nacional, por lo que no deben confundirse nación y Estado, ya que éste debe servir a aquella. El Estado, dice Palumbo, “es una estructura fría y legal que para progresar y cumplir adecuadamente con su finalidad, deberá nutrirse constantemente del sentimiento nacional que lo sustenta.”[10] 
            Por su parte el Estado “es un ente natural y necesario integrado por personas, familias y asociaciones intermedias, política y jurídicamente organizado en orden al bien común, circunscripto en determinado territorio y que goza de soberanía interna y externa.”[11]
            Palumbo se detiene en la diferenciación de los conceptos Estado y sociedad civil, y dice que ésta “es el conjunto de todos los ciudadanos con sus relaciones e instituciones –familias, asociaciones libres, cuerpos intermedios, etc.–, mientras que el Estado es el mismo conjunto política y jurídicamente organizado.” Seguidamente analiza tres principales posiciones: la de los que piensan, siguiendo a Hegel, que esa diferenciación no es procedente porque sociedad y Estado son una misma cosa; la de quienes, como los anarquistas, marxistas y utópicos que piensan que en un futuro no habrá mas Estado, volviéndose a establecer, como en tiempos remotos, una sociedad comunista sin clases; por último, están las corrientes liberales individualistas que niegan la sociedad como realidad natural anterior al Estado y sostienen que éste debería servir como medio porque entre el individuo y el Estado no hay ninguna otra realidad, ya que lo que se llama ´sociedad´ y ´pueblo´ es una ficción pura: sólo existen individuos que buscan su bien particular.[12] Más adelante este autor reseña las principales teorías acerca del origen del Estado como son las doctrinas pactistas o contractualistas (la causa eficiente del Estado es la voluntad humana); las doctrinas deterministas (el Estado es el resultado de la evolución de la naturaleza sensible social del hombre); las doctrinas comunistas y socialistas anárquicas (el Estado es la expresión y el instrumento de la burguesía para oprimir y explotar a los pobres y proletarios); las doctrinas fisiocráticas y de las modernas escuelas liberales (el Estado es un artificio creado por el hombre que entorpece la manifestación espontánea de la naturaleza y que junto a los sindicatos y corporaciones provocan los desequilibrios sociales). Culmina su análisis sobre las causas eficientes del Estado con los conceptos que sobre las mismas tiene la doctrina de la ética social católica que sostiene, en primer lugar, que el Estado es un ente natural no inventado artificialmente por el hombre.
La causa eficiente, es decir, aquello que hace que el hombre viva en sociedad organizadamente, es un impulso natural; consecuentemente querido por el Autor de la naturaleza.
[...] En cuanto ente natural, significa una “unidad de orden”, un ente moral, no físico, como defienden las doctrinas totalitarias y organicistas. Las partes integrantes conservan, ontológicamente, sus operaciones propias; se unen, en cambio, con la intención natural de procurarse un orden y bien común que favorezcan la realización de los fines personales, terrenos y eternos?. [13]
De las formas de gobierno
            Esa sociedad organizada jurídicamente en torno al bien común de sus miembros requiere un orden y un gobierno. A lo largo de la historia los estados desarrollaron distintas formas de gobierno (monárquico, democrático, tiránico, aristocrático, republicano, oligárquico o populista) en las cuales generalmente se hallaban presente tres áreas: la ejecutiva (cabeza visible y representante del Estado), la legislativa (grupo de personas que dictan las leyes del Estado) y la judicial (constituida por personas conocedoras de las leyes cuya función es la de dirimir conflictos entre particulares o de éstos con el Estado).    
            Aristóteles[14] señala la existencia de tres formas justas de gobierno: la monarquía, la aristocracia y la república o democracia popular, y tres formas injustas de gobierno: la tiranía, la oligarquía y la democracia demagógica o populismo[15], como se la conoce actualmente. Cuando el filósofo hace esa distinción, pone sobre el tapete hechos que se producen en la concreta vida política de los pueblos ya que las formas injustas de gobierno no son elegidas por los ciudadanos, sino que resultan de desviaciones que hacen los gobernantes de las formas justas. Así, por ejemplo, una monarquía es justa si el monarca dicta actos que procuran el bien común, pero se torna injusta si solamente atiende sus propios intereses o la del grupo cercano que lo sostiene en el poder, ya que se transforma en tiranía porque tiene que emplear la fuerza para doblegar las voluntades de los súbditos y perseguir a sus opositores. Así también en el sistema republicano (o democracia, como se lo conoce en nuestros días) donde los gobernantes son elegidos por los ciudadanos con la finalidad de que gobiernen con justicia y buscando el bien común, se pueden producir desviaciones cuando los gobernantes recurren a la demagogia y rápidamente se desbarrancan hacia prácticas autoritarias y tiránicas.
            Con precisión Pablo VI señalaba el problema que se presenta a las sociedades por falta de ideologías y la adopción de soluciones utópicas, que hace a los gobernantes rehuir de las tareas concretas refugiándose en un futuro imaginario, deponiendo responsabilidades inmediatas, con lo cual se desatienden las necesidades del pueblo:
Hoy día, por otra parte, se nota mejor la debilidad de las ideologías a través de los sistemas concretos en que tratan de realizarse. Socialismo burocrático, capitalismo tecnocrático, democracia autoritaria, manifiestan la dificultad de resolver el gran problema humano de vivir todos juntos en la justicia y en la igualdad.[16]
            Resulta muy interesante el diálogo de Platón con Glaucón acerca de cómo se instaura la tiranía y cuáles son sus vicios:
- [Platón] ¿No acostumbra siempre el pueblo a poner al frente de él un individuo favorito, al que alimenta y acrecienta en poder?
-  [Glaucón] Lo acostumbra, claro.
-  Por consiguiente –dije yo–, es claro que cuando surge el tirano, brota de la raíz del liderazgo y de ningún otro lado.
      -  Es totalmente obvio.
- ¿Cual es entonces el inicio de la transformación del líder en tirano? ¿Acaso no es evidente que sucede cuando el líder comienza a hacer lo mismo que se cuenta en el mito sobre el templo de Zeus Liceo en Arcadia?
      - ¿Qué mito? –preguntó.
- El que cuenta que quien prueba vísceras humanas descuartizadas entre las de otras víctimas necesariamente se convierte en lobo. ¿O no has escuchado el relato?
-  Sí.
- Si algo así sucediera con el líder del pueblo y, tras tomar una multitud totalmente obediente , no se abstuviera de la sangre de sus hermanos, sino que por el contrario los acusara injustamente, como les place hacerlo a hombres de esta clase, y llevándolos a los tribunales los asesinara, tronchando así la voluntad humana mientras prueba con lengua y boca impuras la sangre de su familia, y desterrara y matara mientras sugiere un abolición de las deudas y una redistribución de la tierra, ¿no es necesario que después de esto, un hombre así esté fatalmente destinado a morir en manos de sus enemigos o a volverse un tirano y, de hombre que era, volverse lobo?
[...]
- En los primeros días –dije–, es decir en las primeras épocas, ¿no sonríe a todos aquellos con los que se encuentra, dice que no es un tirano y promete muchas cosas en privado y en público, condonando deudas y distribuyendo la tierra para el pueblo y para su círculo, y pretende ser amable y delicado con todos?
      - Forzosamente –dijo.
- Pero creo que, cuando se reconcilia con algunos de sus enemigos en el exilio, a otros los destruye y logra la paz en ese ámbito, lo primero que hace es incitar constantemente a la guerra para que el pueblo necesite un general.
      - Naturalmente, claro.
- ¿Y no lo hará también para que volviéndose pobres por pagar impuestos se vean obligados a vivir al día y conspiren menos contra él?
      - Claro.
- Y creo que si sospecha que por tener ideales libertarios algunos no se entregan a su mando, los destruirá con cualquier excusa entregándolos a los enemigos. A causa de todo esto el tirano necesita siempre agitar una guerra.
      - Necesariamente.
      - Y por hacer esto, ¿no es lo más posible que se haga odioso para los        ciudadanos?
      - ¿Cómo no?
      - ¿Y no es posible también que algunos de los colaboradores que detentan            el poder con él, al menos los que resultan más valientes, hablen      francamente con él y entre ellos para criticar lo que pasa?
      - Probablemente.
- Así el tirano debe ir deshaciéndose de todos ellos, si quiere conservar el poder, hasta que no quede nadie de valía ni entre sus amigos ni entre sus enemigos.
      - Claro.
- En consecuencia, debe mirar con perspicacia quién es valiente, quién grande de espíritu, quién sensato y quién rico, y es tan feliz que necesariamente, lo quiera o no, debe ser enemigo y conspirar contra todos ellos hasta purificar la ciudad.
      - ¡Bello modo de purificar! –dijo.
[...]
- ¿Y no sucederá que cuanto más sea odiado por los ciudadanos por cometer estos actos, tanto más necesitará una custodia personal numerosa y confiable?
      - ¿Cómo no?
      - ¿Y quiénes serán los custodios confiables? ¿De dónde va a convocarlos?
      - Muchos vendrán solos –dijo–, volando, si el pago lo justifica.
- ¡Por el perro! –exclamé–. De nuevo me parece que te refieres a zánganos extranjeros de toda procedencia.
      - Me entendiste perfectamente –dijo.
      - ¿Quién querrá hacerlo en su comunidad? ¿Acaso no querrá quitar a los   ciudadanos sus esclavos y, tras liberarlos, hacer de ellos su custodia personal?
      - Sin duda –dijo–. Porque ellos son para él los más confiables.
      - ¡Dices que es un dichoso asunto el de ser tirano, si necesita de semejantes       amigos y hombres de confianza, tras destruir a los que primero lo apoyaron!
      - Sin dudas los necesita –dijo.[17]
            Se dice equivocadamente que los pueblos tienen los gobernantes que se merecen, como si éstos vinieran de algún otro lugar que no fuera el mismo pueblo; en realidad los gobernantes, por lo menos en los sistemas republicanos, son salidos de la misma sociedad política que les tocará dirigir. Por eso Platón[18] dice que para juzgar a los gobernantes se debe conocer previamente cómo es el pueblo, como son sus conductas y sus deseos. Un pueblo con espíritu libre, sentido de la responsabilidad y conducta ética no elegirá tiranos: sí lo hará el pueblo que no asume sus responsabilidades y delega en otros los trabajos que les corresponden. Aquí aparece el problema de la legalidad y legitimidad de origen y ejercicio del gobierno. Seguimos, en este asunto, a Mirabella:
[El] gobierno es la conducción pública de la sociedad civil, coordinada desde el poder político que radica en el Estado y proviene de Dios. De allí que los estadistas se encuentren, o deberían verse, obligados moralmente desde lo alto, por el origen del poder y desde lo bajo, por el destino que tiene su ejercicio. El poder político de ejercicio obligatorio y la autoría del bien común que lo legitima, constituyen la estructura conceptual suficiente para distinguir lo legítimo y lo legal. Por otra parte, si la concreción del bien común político, dada su naturaleza, exige el ejercicio obligatorio del poder y ese poder no tiene otro destino que la gestión de todo bien, todo poder viene de Dios, origen de todo bien, y radica en el Estado, de modo que todo se reduce a la justicia ética y estética de su ejercicio, en el marco del bien común.[19]
            Ahora bien: en todo tipo de gobierno, aún en los más democráticos, existe una separación muy grande entre el gobernante y sus gobernados que se intentó reducir, en los regímenes republicanos, con la figura de los legisladores como representantes del pueblo. Esa representatividad es ilusoria si no se establecen diálogos entre el ciudadano y el legislador, diálogo que debería concretarse en los partidos políticos y que por diferentes y numerosas causas muy difícilmente se produzca. De ahí la necesidad de que en las sociedades políticas se desarrollen organizaciones civiles donde los ciudadanos puedan canalizar sus necesidades. Es sobre lo que trataremos a continuación:
De las organizaciones intermedias
            Las organizaciones intermedias son toda organización civil que se encuentra ubicada entre el individuo-familia y el Estado, con el fin de acercar posiciones y organizar acciones que permitan un entendimiento recíproco entre ambas partes. En ellas predominan tres importantes grupos: las cooperativas como empresas que desarrollan actividades económicas; las mutuales que actúan en el ámbito asistencial; los sindicatos, que proyectan mejores condiciones laborales y remunerativas de los trabajadores en relación de dependencia. También están las asociaciones profesionales, de empresarios, de consumidores, las sociedades de fomento, fundaciones y otros muchos tipos.
            ¿Cuál es el rol de las entidades intermedias? Fundamentalmente propiciar el desarrollo integral de la persona humana “para producir un adecuado cambio local, nacional e internacional, según sus propias esferas de competencia y especificación en algunos de los sectores del saber.” [20]
            Las entidades intermedias deberían ser un ejemplo de prácticas democráticas, entendiéndose por ello que no basta el cumplimiento de las elecciones periódicas de sus autoridades, cosa que se hace en cumplimiento de las normas legales, sino de la renovación de los directivos en sus cargos con el objetivo de estimular la participación y la formación de otras personas en el ejercicio de funciones sociales, cosa ésta que no se hace habitualmente. Otra responsabilidad de los directivos, en cuanto personas en sí y como responsables del grupo social es su capacitación permanente, porque los cambios en la sociedad global son muy acelerados. Este tópico se ensambla con el anterior: por más actualización de conocimientos alcanzado por un dirigente que lleve varios lustros en la conducción de la entidad, su visión del mundo tendrá el contrapeso de sus prejuicios, de su formación anterior y del paso de los años.
La historia social nos hace conocer numerosos tipos de organizaciones intermedias, principalmente de ayuda mutua, en las que ese pensar en el otro y hacerse responsable del otro es una práctica habitual entre los artesanos y agricultores en Grecia, Roma y en las naciones de la Edad Media. La solidaridad frente a la viudez, la enfermedad, la orfandad o la escasez de recursos es habitual entre los compañeros. En un trabajo anterior decíamos que:
Las familias indo-europeas, por el escaso número de sus integrantes, tuvieron la necesidad de integrarse entre sí para realizar los trabajos de mayor esfuerzo como la construcción de viviendas, tumbas, templos, ciudades, murallas, etc. Allí nace la idea “del grupo orgánico, idea esencialmente civilizadora”. Son las familias indo-europeas asentadas en la mesopotamia quienes construyen la Torre de Babel en un esfuerzo corporativo que aunaba a los obreros de una misma profesión. Cosa semejante se encuentra en Egipto y en la India. En Tiro y Cartago se desarrollan las asociaciones de carácter comercial.
Siglos después los pueblos germánicos dan origen a las guildas y las corporaciones, que son más apropiadas para conservar el culto de las tradiciones que al espíritu de progreso, causa por la cual el norte de Europa demora en el avance de su civilización. “la guilda se introduce en el imperio romano con el código de aquel pueblo, y al extenderse perfecciona su organización.” (Páez, Juan L. El derecho de las asociaciones pág. 5.) Los romanos tenían también sus formas propias de agrupamiento caracterizados fundamentalmente por el libre y voluntario consentimiento del individuo de formar parte de los mismos.
Roma nos ofrece para el estudio dos grupos orgánicos: las “societas” y los “collegium”, de “corpus” o de “sollitas”. Las “societas” eran agrupaciones de hombres que contrataban entre sí la persecución de algún fin, y la salida de alguno de los contratantes destruía la asociación. Los “collegium”, en cambio, una vez constituidos no sufrían consecuencia alguna por la salida o entrada de miembros. “Su composición podía alterarse, su gobierno ir a otras manos, no por eso su vida jurídica se modificaba. Estos “collegium” eran, por consecuencia, cuerpos que tenían una existencia jurídica independiente de las individualidades que los componían.” (Páez, Juan L. Ibid., pág. 6.)
“Desde el principio de la República hubo gran número de “collegium”, de artesanos principalmente, que tenían por objeto la beneficencia, procurar socorro a los miembros en caso de enfermedad y sobre todo costear los gastos funerarios. Eran, pues, asociaciones de socorros mutuos, especialmente, que desde cierto punto de vista carecían de importancia para el poder público. Comienzan a tenerla recién con Catilina y Cicerón, dado que por tratarse de organizaciones esencialmente populares se agitan y juegan un rol político, poniéndose al servicio de caudillos. El senado romano cobra temor ante los propósitos turbios que se proponen, y Cicerón obtiene un senadoconsulto que suprime esos grupos semifacciosos (64 a. de J.C.).” (Páez, Juan L. Ibid., págs. 6 y 7)
A partir de entonces los collegium corren diversas alternativas, ya que son permitidos, suprimidos, reglamentados en su funcionamiento. Augusto nos legó la norma de la autorización previa para funcionar.
En la Edad Media las asociaciones basadas en los principios del cristianismo fueron las únicas que pusieron una valla a los atropellos de los señores sobre sus siervos, transformándose en la base de la organización política, económica y social. Surgen las asociaciones por gremio como un medio de protección y monopolio de las profesiones, con lo cual el hombre es absorbido por la asociación.
Retroceso asociativo
Más adelante, por el siglo XVIII, al desarrollarse las teorías liberales cambia el carácter de las asociaciones y se les permite actuar libremente, pero luego de la Revolución Francesa son prohibidas debido al exacerbado individualismo de la época, ya que se pensaba que las corporaciones coartaban la libertad del individuo. Esa tendencia se esparció por toda Europa provocando la supresión de las asociaciones. Recién a fines del siglo XIX y principios del siglo XX, se las vuelve a considerar como entidades convenientes a los hombres y se les permite funcionar.
Las asociaciones no han podido escapar a la controversia filosófica y doctrinaria del derecho ya que indudablemente plantean un importante interrogante: ¿las asociaciones pueden anular la libertad individual, sumiendo al hombre en un estado de dependencia total a la organización?
A esta pregunta se le dan dos respuestas opuestas: una de ellas, sostenida por el individualismo, rechaza todo tipo de asociación (caso de los teóricos de la Revolución Francesa); la otra, expresada por los juristas sociales, reafirma el rol beneficioso de las corporaciones y destacan que en ellas el individuo se encuentra a sí mismo, elevándose al participar con otros en libertad y democracia, en la consecución de fines comunes.
Semejante cuestión teórica es importante a pesar de considerar, junto con Páez, que “las asociaciones de individuos son un hecho, porque el hombre es un ser social. No podemos negar el derecho individual, pero tampoco podemos dejar de proclamar que por encima de él hay un derecho colectivo que tiende a afirmarse cada vez más”. (Páez, Juan L. op. cit, pág. 13)
Debido a los ejemplos poco favorables que encontramos no solo en nuestro país sino también en muchos otros donde las asociaciones, principalmente las profesionales, han sido conducidas con despotismo y paternalismo, a pesar de ser originaria y necesariamente democráticas, nos plantea el problema del rol de los individuos, sus derechos y obligaciones dentro del grupo al que se adhirieron. Lo fundamental, pensamos, es evitar la masificación de los asociados y para ello tan solo vemos un camino: la educación.
“Socialmente la asociación juega un papel destacado. Entre los intereses generales y los intereses particulares hay un plano intermedio que es justamente la posición que ocupa. Se puede creer en ella sin negar al individualismo, porque ambas expresiones jurídicas se complementan. Por otra parte, entre los individuos, unidades aisladas, y el estado, colectividad descentralizadora, es menester que exista una organización intermedia.” (Páez, Juan L. Ibid., pág. 13) [21]
            Luego de la Revolución Francesa, en su afán de libertad se llega a prohibir la asociación de personas para cualquier finalidad. La ley de Le Chapelier, dictada poco después de ese hecho político, fue incorporada por otras naciones y tales prohibiciones duraron hasta bien entrado el siglo XIX ya que se derogó el 25 de mayo de 1864 por la Ley Ollivier que abolió el delito de asociación.

Ley Le Chapelier de 14 de junio de 1791:

Art. 1º. Siendo una de las bases fundamentales de la Constitución francesa la desaparición de todas las corporaciones de ciudadanos de un mismo estado y profesión, queda prohibido establecerlas de hecho, bajo cualquier pretexto o forma que sea.
Art. 2º. Los ciudadanos de un mismo estado o profesión, los empresarios, los que tienen comercio abierto, los obreros y oficiales de un oficio cualquiera, no podrán, cuando se hallaren juntos, nombrarse presidentes, ni secretarios, ni síndicos, tener registros, tomar acuerdos o deliberaciones o formar reglamentos sobre sus pretendidos intereses comunes.
Art. 3º. Queda prohibido a todas las corporaciones administrativas o municipales cualquier solicitud o petición en nombre de un estado o profesión y darles respuesta alguna; igualmente se les ordena declarar nulas las deliberaciones que podrían haber sido tomadas de este modo y vigilar cuidadosamente para que no se les dé curso ni ejecución.
Art. 4º. Si, contra los principios de la libertad y la Constitución, ciudadanos pertenecientes a la misma profesión, arte u oficio tomaran deliberaciones o hicieran entre ellos convenios tendiendo a rehusar concertadamente o a no acordar más que a un precio determinado el concurso de su industria o de sus trabajos, dichas estas deliberaciones y convenios, acompañados o no de juramento, quedan declarados inconstitucionales, atentatorios contra la libertad y los derechos del hombre y sin ningún efecto. Las corporaciones administrativas y municipales quedan obligadas a declararlos de dicho modo.
Los autores, jefes e instigadores que las hubieren provocado, redactado o presidido, serán citados ante el Tribunal de policía a requerimiento del procurador del Municipio, condenados cada uno de ellos a 500 libras de multa y suspendidos durante un año del ejercicio de todos los derechos de ciudadano activo y de la entrada en las Asambleas primarias.
Art. 5º. Queda prohibido a todas las corporaciones administrativas y municipales, bajo pena a sus miembros de responder en nombre propio, emplear, admitir o tolerar que se admita en los trabajos de su profesión en cualquiera obra publica, aquellos realizados por empresarios, obreros u oficiales que hubieren provocado o firmado dichas deliberaciones o convenios, salvo el caso en que por propia iniciativa, se hubieran presentado al escribano del Tribunal de policía para retractarse o desdecirse.
Art. 6º. Si tales deliberaciones, convocatorias, pasquines o circulares contuvieran amenazas contra los empresarios, artesanos u obreros o los jornaleros forasteros que vinieren a trabajar al lugar, o contra aquellos que se contentaran con un salario inferior, todos los signatarios de las actas o escritos serán castigados con una multa de 1.000 libras cada uno y tres meses de prisión.
Art. 7º. Los que usaren de amenazas o violencias contra los obreros que hagan uso de la libertad concedida por las leyes constitucionales al trabajo y a la industria, serán perseguidos por la vía criminal y castigados según el rigor de las leyes como perturbadores del orden público.
Art. 8º. Todas las manifestaciones compuestas por artesanos, obreros, oficiales, jornaleros o promovidas por ellos contra el libre ejercicio de la industria y el trabajo, pertenecientes a cualquier clase de personas y bajo cualquier tipo de condiciones convenidas de mutuo acuerdo o contra la acción de la policía y la ejecución de las sentencias tomadas de esta manera, así como contra las subastas y adjudicaciones públicas de diversas empresas serán consideradas manifestaciones sediciosas y como tales serán disueltas por los agentes de la fuerza pública, tras los requerimientos legales que les serán hechos y después con todo el rigor de las leyes contra los autores, instigadores y jefes de dichas manifestaciones y contra todos aquellos que hubieran actuado por vía de hechos o realizado actos de violencia. (Geografía e Historia y Escuela - Espacio de Trabajo en Internet)
            Se creía que la asociación, como la conformación de gremios de trabajadores y de empresarios, constreñía la libertad natural de los hombres. Durante ese período desaparecieron las sociedades de socorros mutuos, muy extendidas en todas las naciones de Europa y retardó la constitución de entidades solidarias y de producción. Pero fue recién a partir de 1891, con la aparición de la encíclica Rerum novarum de León XIII que las entidades intermedias, principalmente los sindicatos, tienen un claro sentido en la vida política y social de las naciones. Posteriormente los sucesores de León XIII destacaron la importancia de las organizaciones intermedias, especialmente de los sindicatos obreros, y a modo de ejemplo podemos citar a Pablo VI, quien recoge esas recomendaciones y señala el rol de las organizaciones profesionales para el desarrollo de los pueblos:
38. En la obra del desarrollo, el hombre, que encuentra en la familia su medio de vida primordial, se ve frecuentemente ayudado por las organizaciones profesionales. Si su razón de ser es la de promover los intereses de sus miembros, su responsabilidad es grande ante la función educativa que pueden y al mismo tiempo deben cumplir. A través de la información que ellas procuran, de la formación que ellas proponen, pueden mucho para dar a todos el sentido del bien común y de las obligaciones que éste supone para cada uno.[22]
            También lo hizo Juan Pablo II al conmemorar los cien años de la Rerum novarum señalando que:
7. En estrecha relación con el derecho de propiedad, la encíclica de León XIII afirma también otros derechos, como propios e inalienables de la persona humana. Entre éstos destaca, dado el espacio que el Papa le dedica y la importancia que le atribuye, el «derecho natural del hombre» a formar asociaciones privadas; lo cual significa ante todo el derecho a crear asociaciones profesionales de empresarios y obreros, o de obreros solamente. Ésta es la razón por la cual la Iglesia defiende y aprueba la creación de los llamados sindicatos, no ciertamente por prejuicios ideológicos, ni tampoco por ceder a una mentalidad de clase, sino porque se trata precisamente de un «derecho natural» del ser humano y, por consiguiente, anterior a su integración en la sociedad política. En efecto, «el Estado no puede prohibir su formación», porque «el Estado debe tutelar los derechos naturales, no destruirlos. Prohibiendo tales asociaciones, se contradiría a sí mismo».
Junto con este derecho, que el Papa —es obligado subrayarlo— reconoce explícitamente a los obreros o, según su vocabulario, a los «proletarios», se afirma con igual claridad el derecho a la «limitación de las horas de trabajo», al legítimo descanso y a un trato diverso a los niños y a las mujeres en lo relativo al tipo de trabajo y a la duración del mismo.[23]

Doctrina social de la Iglesia

Europa vivió, durante el siglo XIX, una larga crisis social como consecuencia del acelerado proceso de concentración de capitales, la organización de las compañías de colonización, las guerras napoleónicas, la restauración de las antiguas monarquías, la expansión del imperialismo, la unificación de Italia y Alemania, entre otros acontecimientos de importancia, sin entrar a mencionar los nuevos inventos y sus aplicaciones prácticas.
Los conflictos entre capital y trabajo eran moneda del día y frente a los mismos los gobiernos se abstenían de participar porque sostenían las ideas de libertad económica y el libre juego de los mercados de productos y del trabajo. Como decíamos, casi a finales del siglo XIX, en 1891, el papa León XIII plantea por primera vez desde el magisterio de la Iglesia el tema social en su encíclica Rerum novarum. Este primer reconocimiento del problema del asalariado frente a los capitalistas sienta las bases de lo que luego se conoció como doctrina social de la Iglesia. La carta encíclica refleja la inhumana situación de los trabajadores y propone un acercamiento entre las partes mediante el diálogo y la participación del Estado como moderador de los conflictos sociales. Alerta contra el socialismo, el comunismo y la lucha de clases, oponiéndose a las prácticas violentas para lograr  reivindicaciones.
Los sucesores de León XIII siguieron las orientaciones de la Rerum novarum a través de otras cartas encíclicas: Pío XI: “Quadragesimo anno” (1931); Juan XXIII: “Mater et magistra” (1961); Paulo VI: “Populorum progressio” (1967), la Constitución pastoral del Concilio Vaticano II “Gaudium et spes” (1971) y “Octogesima adveniens” (1971); Juan Pablo II “Laborem exercens” (1981), “Sollicitudo rei socialis” (1987), “Centesimus annus” (1981).
Todo este pensamiento de la Iglesia dio forma a lo que se conoce como Doctrina Social de la Iglesia. Cada una de las cartas encíclicas y otros documentos elaborados por la Comisión Pontificia Justicia y Paz, el Pontificio Consejo “Cor Unum”, por ejemplo, siguen las ideas fuerza de la Rerum Novarum pero van incorporando nuevos asuntos de importancia para el hombre: ecología, deuda externa, empobrecimiento de las naciones.
Hoy no puede hablarse seriamente de economía social si no se tiene en cuenta la doctrina social de la Iglesia, aunque muchos progresistas se resistan a hacerlo porque quedaron atrapados en la historia de la Iglesia anterior a León XIII.
            ¿Pero cuál es el rasgo peculiar de la Doctrina Social de la Iglesia? Creo que es el haber puesto en evidencia la importancia de la solidaridad en la vida social:
La solidaridad confiere particular relieve a la intrínseca sociabilidad de la persona humana, a la igualdad de todos en dignidad y derechos, al camino común de los hombres y de los pueblos hacia una unidad cada vez más convencida.[24]
            Y señala asimismo Juan Pablo II:
Por su parte Benedicto XVI en su encíclica "Caritas in veritate" (Sobre el desarrollo humano integral en la caridad y en la verdad) dice:
43. «La solidaridad universal, que es un hecho y un beneficio para todos, es también un deber». En la actualidad, muchos pretenden pensar que no deben nada a nadie, si no es a sí mismos. Piensan que sólo son titulares de derechos y con frecuencia les cuesta madurar en su responsabilidad respecto al desarrollo integral propio y ajeno. Por ello, es importante urgir una nueva reflexión sobre los deberes que los derechos presuponen, y sin los cuales éstos se convierten en algo arbitrario. [26]
            El comportamiento solidario requiere convencimiento y compromiso; también una mirada inteligente y desprejuiciada sobre la sociedad para ver los problemas que cada estadio social debe afrontar, principalmente los que menos tienen. La solidaridad debe canalizarse orgánicamente, a través de instituciones civiles que tengan dirigentes probos y que, no obstante ello, estén controladas sus acciones por el propio colectivo. La falta de compromiso se sostiene en las conductas indiferentes y en la indolencia, por lo cual es necesaria la participación frecuente de los integrantes de las organizaciones non profit en las mismas. Creemos que el acto caritativo de dar una limosna a un limosnero satisface la necesidad de quien pide y tranquiliza el espíritu de quien da; es un acto único que no trasciende al conjunto de necesitados. Por ello creemos que además de esa especie de transacción (te ayudo con dinero, no me consideres egoísta), la solidaridad debe manifestarse contribuyendo pecuniariamente y con trabajo personal voluntario dentro de las organizaciones sociales, cuyas acciones alcanzarán a un mayor número de personas necesitadas de manera equitativa y atendiendo más integralmente a los que soliciten ayuda.
            Benedicto XVI Caritas in veritate
24. [...] Hoy, aprendiendo también la lección que proviene de la crisis económica actual, en la que los poderes públicos del Estado se ven llamados directamente a corregir errores y disfunciones, parece más realista una renovada valoración de su papel y de su poder, que han de ser sabiamente reexaminados y revalorizados, de modo que sean capaces de afrontar los desafíos del mundo actual, incluso con nuevas modalidades de ejercerlos. Con un papel mejor ponderado de los poderes públicos, es previsible que se fortalezcan las nuevas formas de participación en la política nacional e internacional que tienen lugar a través de la actuación de las organizaciones de la sociedad civil; en este sentido, es de desear que haya mayor atención y participación en la res publica por parte de los ciudadanos.
25. Desde el punto de vista social, a los sistemas de protección y previsión, ya existentes en tiempos de Pablo VI en muchos países, les cuesta trabajo, y les costará todavía más en el futuro, lograr sus objetivos de verdadera justicia social dentro de un cuadro de fuerzas profundamente transformado. El mercado, al hacerse global, ha estimulado, sobre todo en países ricos, la búsqueda de áreas en las que emplazar la producción a bajo coste con el fin de reducir los precios de muchos bienes, aumentar el poder de adquisición y acelerar por tanto el índice de crecimiento, centrado en un mayor consumo en el propio mercado interior. Consecuentemente, el mercado ha estimulado nuevas formas de competencia entre los estados con el fin de atraer centros productivos de empresas extranjeras, adoptando diversas medidas, como una fiscalidad favorable y la falta de reglamentación del mundo del trabajo. Estos procesos han llevado a la reducción de la red de seguridad social a cambio de la búsqueda de mayores ventajas competitivas en el mercado global, con grave peligro para los derechos de los trabajadores, para los derechos fundamentales del hombre y para la solidaridad en las tradicionales formas del Estado social. Los sistemas de seguridad social pueden perder la capacidad de cumplir su tarea, tanto en los países pobres, como en los emergentes, e incluso en los ya desarrollados desde hace tiempo. En este punto, las políticas de balance, con los recortes al gasto social, con frecuencia promovidos también por las instituciones financieras internacionales, pueden dejar a los ciudadanos impotentes ante riesgos antiguos y nuevos; dicha impotencia aumenta por la falta de protección eficaz por parte de las asociaciones de los trabajadores. El conjunto de los cambios sociales y económicos hace que las organizaciones sindicales tengan mayores dificultades para desarrollar su tarea de representación de los intereses de los trabajadores, también porque los gobiernos, por razones de utilidad económica, limitan a menudo las libertades sindicales o la capacidad de negociación de los sindicatos mismos. Las redes de solidaridad tradicionales se ven obligadas a superar mayores obstáculos. Por tanto, la invitación de la doctrina social de la Iglesia, empezando por la Rerum novarum, a dar vida a asociaciones de trabajadores para defender sus propios derechos ha de ser respetada, hoy más que ayer, dando ante todo una respuesta pronta y de altas miras a la urgencia de establecer nuevas sinergias en el ámbito internacional y local.[27]
Desarrollo local y las organizaciones intermedias
            El desarrollo local es el que se produce en pequeñas comunidades como pueden ser los pueblos del interior y aún, los barrios de las grandes ciudades. Para alcanzar niveles de desarrollo local es necesario contar con el concurso de toda la comunidad, con sus personas individuales y con las organizaciones intermedias e instituciones que trabajan en la comarca, entendiendo por tal el área geográfica de la comunidad interesada.
            ¿Se debe pensar el desarrollo local como algo cerrado en sí mismo o como algo que comienza en un sitio pero mantiene activos contactos con su afuera? Hay que pensarlo como el resultado de una serie de acciones que tienen que estar correlacionadas con lo que ocurre a nivel nacional y mundial. Por ejemplo, el establecimiento de una agroindustria en una pequeña localidad del interior tendrá éxito si sus productos responden a determinadas exigencias de calidad intrínseca y de calidad del proceso general, el que no debe provocar impacto ambiental negativo según normas vigentes en el país y en el mundo si es que desea colocar la mercadería en el exterior.
            En la actualidad hay que pensar globalmente para poder desarrollarse localmente.
            Las cooperativas y mutuales son organizaciones que tienen una larga tradición en el desarrollo local de poblaciones del interior del país, como también de los centros urbanos en su carácter de empresas económicas y asistenciales, respectivamente. También lo han hecho las organizaciones sindicales con sus planes de vivienda y obras sociales. Así lo recomienda León XIII y sus sucesores:
Pablo VI: Toda acción social implica una doctrina. El cristiano no puede admitir la que supone una filosofía materialista y atea, que no respeta ni la orientación de la vida hacia su fin último, ni la libertad ni la dignidad humanas. Pero con tal de que estos valores queden a salvo, un pluralismo de las organizaciones profesionales y sindicales es admisible, desde cierto punto de vista es útil, si protege la libertad y provoca la emulación. Por eso rendimos un homenaje cordial a todos los que trabajan en el servicio desinteresado de sus hermanos. (Populorum progressio, 39)
Juan Pablo II: [...] Las mismas reformas fueron también el resultado de un libre proceso de auto-organización de la sociedad con la aplicación de instrumentos eficaces de solidaridad, idóneos para sostener un crecimiento económico más respetuoso de los valores de la persona. Hay que recordar aquí su múltiple actividad, con una notable aportación de los cristianos, en la fundación de cooperativas de producción, consumo y crédito, en promover la enseñanza pública y la formación profesional, en la experimentación de diversas formas de participación en la vida de las empresas y, en general, de la sociedad. (Centesimus annus, 16)
Benedicto XVI: [...] Mientras antes se podía pensar que lo primero era alcanzar la justicia y que la gratuidad venía después como un complemento, hoy es necesario decir que sin la gratuidad no se alcanza ni siquiera la justicia. Se requiere, por tanto, un mercado en el cual puedan operar libremente, con igualdad de oportunidades, empresas que persiguen fines institucionales diversos. Junto a la empresa privada, orientada al beneficio, y los diferentes tipos de empresa pública, deben poderse establecer y desenvolver aquellas organizaciones productivas que persiguen fines mutualistas y sociales. De su recíproca interacción en el mercado se puede esperar una especie de combinación entre los comportamientos de empresa y, con ella, una atención más sensible a una civilización de la economía. En este caso, caridad en la verdad significa la necesidad de dar forma y organización a las iniciativas económicas que, sin renunciar al beneficio, quieren ir más allá de la lógica del intercambio de cosas equivalentes y del lucro como fin en sí mismo. (Caritas in veritate, 38)
En la reflexión sobre el tema del trabajo, es oportuno hacer un llamamiento a las organizaciones sindicales de los trabajadores, desde siempre alentadas y sostenidas por la Iglesia, ante la urgente exigencia de abrirse a las nuevas perspectivas que surgen en el ámbito laboral. Las organizaciones sindicales están llamadas a hacerse cargo de los nuevos problemas de nuestra sociedad, superando las limitaciones propias de los sindicatos de clase. Me refiero, por ejemplo, a ese conjunto de cuestiones que los estudiosos de las ciencias sociales señalan en el conflicto entre persona-trabajadora y persona-consumidora. Sin que sea necesario adoptar la tesis de que se ha efectuado un desplazamiento de la centralidad del trabajador a la centralidad del consumidor, parece en cualquier caso que éste es también un terreno para experiencias sindicales innovadoras. El contexto global en el que se desarrolla el trabajo requiere igualmente que las organizaciones sindicales nacionales, ceñidas sobre todo a la defensa de los intereses de sus afiliados, vuelvan su mirada también hacia los no afiliados y, en particular, hacia los trabajadores de los países en vía de desarrollo, donde tantas veces se violan los derechos sociales. (Caritas in veritate, 64.)
La interrelación mundial ha hecho surgir un nuevo poder político, el de los consumidores y sus asociaciones. Es un fenómeno en el que se debe profundizar, pues contiene elementos positivos que hay que fomentar, como también excesos que se han de evitar. Es bueno que las personas se den cuenta de que comprar es siempre un acto moral, y no sólo económico. El consumidor tiene una responsabilidad social específica, que se añade a la responsabilidad social de la empresa. Los consumidores deben ser constantemente educados para el papel que ejercen diariamente y que pueden desempeñar respetando los principios morales, sin que disminuya la racionalidad económica intrínseca en el acto de comprar. También en el campo de las compras, precisamente en momentos como los que se están viviendo, en los que el poder adquisitivo puede verse reducido y se deberá consumir con mayor sobriedad, es necesario abrir otras vías como, por ejemplo, formas de cooperación para las adquisiciones, como ocurre con las cooperativas de consumo, que existen desde el s. XIX, gracias también a la iniciativa de los católicos. (Caritas in veritate, 66.)
            Podemos señalar que el cooperativismo argentino de viviendas viene cumpliendo una importante función social y de desarrollo local desde su aparición a principios del siglo XX. Numerosos barrios obreros fueron construidos por cooperativas integradas por los mismos destinatarios, así como también cooperativas y mutuales de empleados públicos, de las fuerzas armadas y de seguridad construyeron viviendas o facilitaron el crédito para que sus asociados pudieran tener su propia vivienda. Un ejemplo de esa labor se puede encontrar en las cooperativas asociadas a la Federación de Cooperativas de Viviendas de La Matanza, uno de los partidos del Gran Buenos Aires de mayor densidad poblacional. [28]

          La articulación de estas organizaciones entre sí y con instituciones públicas, indudablemente contribuirá a generar desarrollo local sostenible en cualquier región del país, si existe una voluntad manifiesta de sus pobladores en mejorar su situación socioeconómica.

            Dentro de este acápite queremos referirnos a la importancia que tiene, para el desarrollo local un programa de viviendas populares con precios subsidiados por el Estado. La mejor calidad de vida de los pobladores garantiza la salud, una mejor alimentación y un ámbito para el estudio. Es ridículo pensar en grandes planes educativos para niños que viven en precarias casillas en villas miseria, sin un espacio mínimo para el estudio y que tampoco cuentan con alimentos adecuados ni protección de las enfermedades.  De ahí la necesidad de la propiedad social representada en los servicios que debe prestar el Estado en educación, salud, transportes, vías de comunicación, energía eléctrica, suministro de agua potable y cloacas. Esas prestaciones puede realizarlas en forma directa o mediante la participación de organizaciones intermedias.
            En los programas de vivienda popular deben participar las entidades intermedias, la escuela y las iglesias de los diferentes cultos que tengan los destinatarios de los programas, ejerciendo el Estado el control de la aplicación de los recursos y la calidad de las obras. La Argentina cuenta actualmente con más de un 34 por ciento de su población que ha perdido su estatus socioeconómico en los últimos veinte años. Se incrementó la población de pobres, de subocupados y desocupados en todo el territorio nacional y la educación, que era el camino por el cual se podía ascender en la pirámide social, no puede contrarrestar, por sí misma los embates que la concentración de la riqueza produjo contra las clases pobres de la sociedad.
            Juan Pablo II advertía en Sollicitudo rei socialis (1987) que “a pesar de los notables esfuerzos realizados en los dos últimos decenios por parte de las naciones más desarrolladas o en vías de desarrollo, y de las Organizaciones internacionales, con el fin de hallar una salida a la situación, o al menos poner remedio a alguno de sus síntomas, las condiciones se han agravado notablemente”[29] con lo cual apareció lo que dio en llamar el Cuarto Mundo:
A pesar de que la sociedad mundial ofrezca aspectos fragmentarios, expresados con los nombres convencionales de Primero, Segundo, Tercero y también Cuarto mundo, permanece más profunda su interdependencia la cual, cuando se separa de las exigencias éticas, tiene unas consecuencias funestas para los más débiles. Más aún, esta interdependencia, por una especie de dinámica interior y bajo el empuje de mecanismos que no pueden dejar de ser calificados como perversos, provoca efectos negativos hasta en los Países ricos. Precisamente dentro de estos Países se encuentran, aunque en menor medida, las manifestaciones más específicas del subdesarrollo. De suerte que debería ser una cosa sabida que el desarrollo o se convierte en un hecho común a todas las partes del mundo, o sufre un proceso de retroceso aún en las zonas marcadas por un constante progreso. Fenómeno este particularmente indicador de la naturaleza del auténtico desarrollo: o participan de él todas las naciones del mundo o no será tal ciertamente.[30]
            El desarrollo local es, en parte, un hecho económico y en parte un hecho social y ambos deben ser realizados dentro de un marco ético. Passaniti, hablando de los supuestos naturales y culturales de la economía, dice que los mismos nos permiten distinguir el origen natural de la economía, como dimensión natural del hombre, del origen cultural de la actividad económica, la que salta del plano familiar de subsistencia al orden social para representar la manifestación del trabajo comunitario, y señala que:
A partir del don gratuito de la creación, de su orden y ordenamiento, le es posible al hombre reconocer, recrear y ordenar su amplio contenido. Sin embargo, para alcanzar todas las ventajas que otorgan los bienes de la gratuidad, es necesario el buen uso de la inteligencia y de la voluntad, aplicadas a la justicia ética del obrar y a la justicia estética del hacer. Sólo así será posible desarrollar una ciencia económica que trate acerca del trabajo necesario, adecuado y suficiente, para cada comunidad y en un determinado tiempo. Sólo así será posible una ciencia de la actividad económica, que inicie su exposición reconociendo a la economía como aquella dimensión cultural del hombre, ordenada a su seguridad física y subsistencia biológica.[31]
El trabajo  
            ¿Qué es el trabajo? Es una actividad inteligente y consecuentemente intencional exclusiva del hombre que le permite transformar la naturaleza para lograr su subsistencia de una manera ordenada y ordenadora de la diversidad de la naturaleza. Dice Palumbo: “La importancia del trabajo ha sido puesta de relieve por Juan Pablo II en la encíclica Laborem exercens que, escrita «en conexión orgánica» con todas las enseñanzas del Magisterio anterior, trae la novedad de enfocar la «cuestión social» desde el ángulo del trabajo humano.
Ciertamente el trabajo, en cuanto problema del hombre, ocupa el centro mismo de la «cuestión social» [Laborem exercens Nº 2]
(...) el trabajo humano es una clave, quizá la clave esencial de toda la cuestión social (...).[Laborem exercens Nº 3] [32]
            El trabajo, como generador de bienes y servicios para la sociedad y el propio trabajador, es un factor económico que necesita del capital para poder desarrollarse y realizar la obra material o cultural requerida por las personas para satisfacer sus necesidades. Por ser un factor económico tiene un valor material consistente en el salario, el que debe ser justo y suficiente para cubrir las necesidades del trabajador y su familia en cuanto al primordial cuidado de la vida, como así también permitirles practicar el ahorro, acceder a la vivienda propia y tener una vida digna en el plano material, social, cultural y espiritual, teniendo en cuenta el puesto de trabajo y la productividad de cada uno, así como las condiciones de la empresa y el bien común. Al respecto dicen Zarza y Mansueti: El simple acuerdo entre el trabajador y el patrono acerca de la remuneración, no basta para calificar de “justa” la remuneración acordada, porque ésta no debe ser en manera alguna insuficiente [Rerum novarum Nº 11] para el sustento del trabajador; la justicia natural es anterior y superior a la libertad del contrato.[33]
            El desarrollo local, consecuentemente, no puede realizarse sin trabajo justamente remunerado, ya que no se puede lograr ningún tipo de afirmación y despliegue económico sin las familias de los trabajadores satisfechas por el esfuerzo que realizan en mantener viva y activa su región. Recordemos lo que dice el Concilio Vaticano II a través de su documento “Gaudium et spes” que, según dice Laje, “se refiere a la relación de la Iglesia con lo temporal”[34] :
64. Hoy más que nunca, para hacer frente al aumento de población y responder a las aspiraciones más amplias del género humano, se tiende con razón a un aumento en la producción agrícola e industrial y en la prestación de los servicios. Por ello hay que favorecer el progreso técnico, el espíritu de innovación, el afán por crear y ampliar nuevas empresas, la adaptación de los métodos productivos, el esfuerzo sostenido de cuantos participan en la producción; en una palabra, todo cuanto puede contribuir a dicho progreso. La finalidad fundamental de esta producción no es el mero incremento de los productos, ni el beneficio, ni el poder, sino el servicio del hombre, del hombre integral, teniendo en cuenta sus necesidades materiales y sus exigencias intelectuales, morales, espirituales y religiosas; de todo hombre, decimos, de todo grupo de hombres, sin distinción de raza o continente. De esta forma, la actividad económica debe ejercerse siguiendo sus métodos y leyes propias, dentro del ámbito del orden moral, para que se cumplan así los designios de Dios sobre el hombre.
Pero “el desarrollo debe permanecer bajo el control del hombre”, y sus programas no deben quedar sometidos a las grandes corporaciones ni de los estados más poderosos. “Asimismo es necesario que las iniciativas espontáneas de los individuos y de sus asociaciones libres colaboren con los esfuerzos de las autoridades públicas y se coordinen con éstos de forma eficaz y coherente.”[35]
            El documento señala, también, que “El trabajo humano que se ejerce en la producción y en el comercio o en los servicios es muy superior a los restantes elementos de la vida económica, pues estos últimos no tienen otro papel que el de instrumentos.”[36]
            Todo proceso productivo necesita, además de los trabajadores y el capital, las máquinas y herramientas, los insumos, la tecnología y la coordinación de los procesos de fabricación y venta. Tal coordinación, en las empresas de capital, está a cargo de los empresarios y de las estructuras jerárquicas; en las empresas cooperativas de trabajo está a cargo de los mismos trabajadores asociados. Tanto los directivos como los funcionarios y los trabajadores tienen la obligación de que la empresa alcance los objetivos para la que fue creada, los cuales, a la luz del Magisterio de la Iglesia, no deberán ser solamente económicos sino, fundamentalmente, sociales y respetuosos de las personas, ya sean éstas parte de la empresa o consumidores de sus bienes y servicios para que puedan desarrollar todas sus potencialidades. Al respecto señala el Documento: “Ofrézcase, además, a los trabajadores la posibilidad de desarrollar sus cualidades y su personalidad en el ámbito mismo del trabajo. Al aplicar, con la debida responsabilidad, a este trabajo su tiempo y sus fuerzas, disfruten todos de un tiempo de reposo y descanso suficiente que les permita cultivar la vida familiar, cultural, social y religiosa. Más aún, tengan la posibilidad de desarrollar libremente las energías y las cualidades que tal vez en su trabajo profesional apenas pueden cultivar.[37]
            El desarrollo local, al cual deben concurrir inteligentemente tanto el Estado como las empresas y las organizaciones intermedias, necesita líderes éticos, es decir, confiables, respetuosos de las normas y de las personas, buenos comunicadores, comprometidos  con el programa de desarrollo e incorruptibles. Su papel es importante porque deberá influir positivamente sobre la gente para que trabaje en la consecución del bien común de la comarca a desarrollar.[38]
A modo de conclusión
            En este trabajo he procurado realizar un aporte sobre el rol que deberían tener las organizaciones intermedias en los programas de desarrollo local que sea sustentable en el tiempo. Para ello partí de los conceptos de sociedad, comunidad, nación, Estado, formas de gobierno y sus problemas concomitantes, los cuales se pueden encontrar en pequeños y grandes grupos, en la empresa, la asociación o el Estado. 
            La sustentabilidad del desarrollo debe entenderse como el sistema de actividades económicas que eviten el deterioro de los bienes de la naturaleza y también, de una manera más amplia, que permita a los pobladores locales mantener viva su región ya sea destacándose en lo educativo, cultural y recreativo. Deberá evitarse confundir la radicación de empresas con el desarrollo local sustentable. Se ha visto, en la aplicación de programas de gobiernos nacional, provinciales y municipales orientados a la radicación de empresas, que cuando terminó el período de beneficios que se les otorgaba, las mismas cerraban sus puertas dejando en poblaciones del interior a los obreros desocupados lo cual generaba otro problema nuevo.   
            Nuestra preocupación por el desarrollo local se fundamenta en el conocimiento empírico de la situación de numerosos pueblos del interior de la Argentina que van languideciendo y desapareciendo por falta de compromiso de la misma sociedad local y la indiferencia de los gobiernos provinciales. También el problema del desarrollo local debe ser referido a los numerosos barrios del conurbano de las grandes ciudades (principalmente del Gran Buenos Aires), donde hay hacinamiento de personas y se carece de agua potable, gas, pavimentos, salas de atención médica primaria, escuelas confortables que inviten al estudio y los deportes, entre otros numerosos problemas.
            Un problema de suma importancia es la modalidad que se ha venido implantando silenciosamente en las últimas décadas en varios países de América Latina: la democracia delegativa, como la llama Guillermo O´Donnell,[39] que también se halla presente en todo tipo de organización intermedia en las cuales la participación e interés de los asociados es muy baja. Esa indiferencia trae aparejado otro problema: la larga permanencia en sus cargos de los directivos, lo que cierra el paso a los jóvenes. En la sociedad política tal práctica aleja a las personas de la cosa pública y se pierde la participación inteligente y meditada para caer en los reclamos populistas para encontrar alguna solución a sus necesidades estructurales y cotidianas.

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Comentario sobre la Diplomatura
            La Diplomatura en Ética Social, Liderazgo y Participación Ciudadana estuvo bien articulada y contribuyó a ampliar mis conocimientos sobre la Doctrina Social de la Iglesia y en el tema de la antropología católica. Otra contribución importante fue sobre la Razón Ética de la Responsabilidad Social Corporativa y la Responsabilidad social Empresaria como Tarea Filosófica. Lamento no haber podido incorporar esos tópicos en mi trabajo final. No encontré material específico sobre “Participación Ciudadana” aunque en los textos correspondientes a los distintos módulos se pueden inferir algunas aproximaciones a ese tema.




[1]           Génesis 2,18.
[2]           Aquino, Santo Tomás de: Suma Teológica, I IIae q1.3 versión digital.
[3]           Bertolacci, Ángela: La naturaleza social del hombre y la ética; Material de estudio de la Diplomatura en Ética Social, Liderazgo y Participación Ciudadana; CIES, Buenos Aires, 2012, pág. 3
[4]           Aquino, Santo Tomás de: op. cit. I-IIae – q.4
[5]           Bertolacci, Ángela: op. cit. pág. 7
[6]           Palumbo, Carmelo E.: Guía para un estudio sistemático de la Doctrina Social de la Iglesia; CIES, Buenos Aires, 2004, pág. 82.
[7] Aristóteles: Ética nicomaquea; Traducción, notas e introducción Eduardo Sinnott, Colihue Clásica, Buenos Aires, 2010, pág. 52.
[8] Aristóteles: op. cit. pág 55 y sig.
[9] Palumbo, Carmelo: op. cit. pág. 225.
[10] Ïbid. pág. 226.
[11] Ibid. pág. 229.
[12] Palumbo, Carmelo, op. cit. pág 229 y sig.
[13] Íbid. pág 235
[14] Aristóteles: Política; Libro III, capítulo 7; Traducción María Isabel Santa Cruz y María Inés Crespo; Editorial Losada, Buenos Aires, 2005; pág. 185 y sig.
[15] Laclau, Ernesto: La razón populista; Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2005. Este autor realiza un importante aporte al conocimiento de esta forma de gobierno que si bien no es nueva, en las dos últimas décadas ha tenido una gran adhesión por parte de los gobernantes de América latina.
[16] Pablo VI: En el 80º aniversario de la Rerum novarum 37; Ediciones Paulinas, Buenos Aires, 1978, pág 33.
[17] Platón: República; Libro VIII, 16, 565c; Traducción Marisa Divenosa y Claudia Mársico; Editorial Losada, Buenos Aires 2005, pág 539 y sig.
[18] Íbib; Libro VIII, 2, 544e, pág. 499.
[19] Mirabella, Miguel A.: El concepto de autoridad y el ejercicio del poder – El ejercicio legítimo y legal del poder político; Material de estudio de la Diplomatura en Ética Social, Liderazgo y Participación Ciudadana; CIES, Buenos Aires, 2012, pág. 7.
[20] Palumbo, Carmelo E. Vigencia actual de las organizaciones sociales intermedias, en: Organizaciones sociales intermedias, CIES Fundación Aletheia, pág. 24.
[21] Arella, Felipe Rodolfo: Mutualismo y asociación. Claves para crecer; Editorial Derecho Cooperativo y Mutual; Buenos Aires, 2009; pág. 40 y sig.

[22] Pablo VI: Encíclica Populorum progressio (Sobre el desarrollo de los pueblos); Ediciones Paulinas, Florida, 1993, pág.28. [Se han omitido las referencias al pie de página del texto.]

[23] Juan Pablo II: Centesimus annus; Editorial Claretiana; Avellaneda, 1991, pág. 16. [Se han omitido las referencias al pie de página del texto.]

[24] Pontifico Consejo “Justicia y Paz”, Compendio de Doctrina Social de la Iglesia Nº 192, citado por Imperiale, Marcelo en “Solidaridad y bien común como vocación natural y cristiana del hombre en las Sagradas Escrituras, Material de estudio de la Diplomatura en Ética Social, Liderazgo y Participación Ciudadana; CIES, Buenos Aires, 2012, pág. 1.
[25] Juan Pablo II: Encíclica Sollicitudo rei socialis, 38; citado por Imperiale, Marcelo en op. cit. pág. 1.
[26] Benedicto XVI: Caritas in veritate; Ediciones Paulinas; Avellaneda, 2009, pág. 85 [Se han omitido las referencias al pie de página del texto.]

[27] Benedicto XVI: Caritas in veritate; Ediciones Paulinas; Avellaneda, 2009, pág. 42 [Se han omitido las referencias al pie de página del texto.]

[28] Arella, Felipe Rodolfo: La vivienda popular. Aspectos antropológicos y sociales de las cooperativas de viviendas;  Universidad de Belgrano (www.ub.edu.ar) Departamento de Investigación, Documento de Trabajo N° 136, Buenos Aires, 2006.

[29] Juan Pablo II: Sollicitudo rei socialis, Nº 16; en Principios y orientaciones del Magisterio Social de la Iglesia – 15 Documentos Pontificios; CIES, Buenos Aires, Avellaneda, 1989, pág. 645.
[30] Juan Pablo II, op. cit. Nº 17, pág. 645.
[31] Passaniti, Daniel: Naturaleza y causas de la economía; Material de estudio de la Diplomatura en Ética Social, Liderazgo y Participación Ciudadana; CIES, Buenos Aires, 2012, pág. 15.
[32] Palumbo, Carmelo; op. cit. pág. 383
[33] Zarza, Santiago y Mansueti, Hugo: Trabajo y salario; Material de estudio de la Diplomatura en Ética Social, Liderazgo y Participación Ciudadana; CIES, Buenos Aires, 2012, pág.4.
[34] Laje, Enrique J., S.J. Presentación del documento Gaudium et Spes, en Principios y orientaciones del Magisterio Social de la Iglesia – 15 Documentos Pontificios; CIES, Avellaneda, 1989, pág. 319.   
[35] Gaudium et Spes, Nº 64.
[36] Íbiden, Nº 67.
[37] Íbiden, Nº 67 in fine.
[38] Treglia, Juan Alberto: Liderazgo, “apuntes y condiciones”; Liderazgo, apuntes finales y Los cinco deberes de un líder; Material de estudio de la Diplomatura en Ética Social, Liderazgo y Participación Ciudadana; CIES, Buenos Aires, 2012.
[39] O´Donnell, Guillermo: Democracia delegativa; Publicado originalmente como “Delegative Democracy”, Journal of Democracy, Vol. 5, No. 1, January 1994: 55-69. © 1994 National Endowment for Democracy and The Johns Hopkins University Press. Tomado de Google: Guillermo O´Donnell Democracia delegativa.

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