Felipe Rodolfo Arella
Las organizaciones intermedias
y el bien común
Trabajo final para la
Diplomatura en Ética Social, Liderazgo y Participación
Ciudadana
Fundación Aletheia – CIES
Agosto 2012
Sociedad
La sociedad -ese grupo
amplio de familias organizadas- se estructura a
partir de la voluntad inteligente de sus
miembros, orgánicamente,
con la finalidad de realizar una tarea en común facilitando la vida de cada uno
de ellos, ordenando las actividades personales o
conjuntas de los mismos. Tal estructuración puede ser natural o política,
entendiendo como natural aquella predisposición a vivir junto a otro que le
deviene de su propia esencia (no es bueno que el hombre esté solo[1]).
Hablamos de estructuración política cuando hacemos referencia al orden
consensuado voluntariamente por los integrantes del grupo con el fin de vivir junto a otros, respetando determinadas normas que deberían
concurrir al bien común del todo. Así nos acercamos a la idea de Estado que
desarrollaremos más adelante. Observando la sociedad estamos en presencia de un
acto humano porque, como lo señala Santo Tomás “[...] sólo aquellas
acciones de las que el hombre es dueño pueden llamarse propiamente humanas. El
hombre es dueño de sus actos mediante la razón y la voluntad; así, se define el
libre albedrío como facultad de la voluntad y de la razón. Llamamos, por
tanto, acciones propiamente humanas a las que proceden de una voluntad
deliberada.”[2]
En la sociedad organizada (el Estado) quienes
gobiernan presumiblemente lo hacen para el bien de todos, lo que sería el fin de sus acciones. Como para
alcanzar el fin es necesario realizar acciones, el modo en que las mismas se
realicen permitirá calificarlas en buenas o malas, en justas o injustas, en
éticas o no éticas. En la forma en que actuamos radica el problema de si lo
hacemos para bien común o solamente para bien de nosotros mismos. Por ello
suscribimos lo que expresara Forment y fuera reproducido por Bertolacci: “La
sociedad, por tanto, debe ser la prolongación de la plenitud de la vida
interior de las personas, que se traduce en todas las relaciones sociales o
interpersonales.”[3] Dependerá, entonces, de la
calidad de la vida interior de las personas que integran una sociedad que sus
gobernantes, emergidos de la misma sociedad por elección (acto inteligente de
la voluntad), sean los mejores y más capaces para poder alcanzar el bien común.
De una sociedad egoísta saldrán gobernantes egoístas; de una sociedad corrupta,
gobernantes corruptos; de una sociedad que tiene como fin último la armonía con
Dios, tendrá gobernantes éticos que actuarán por el bien común:
La rectitud de la voluntad se
requiere para la bienaventuranza antecedente y concomitantemente.
Antecedentemente, en efecto, porque la rectitud de la voluntad existe por el orden
debido al fin último. […] Y, por eso, nadie puede llegar a la bienaventuranza
si no tiene rectitud de voluntad. Concomitantemente también, porque, como ya se
dijo (q.3 a.8), la bienaventuranza última consiste en la
visión de la esencia divina, que es la esencia misma de la bondad. Y así la
voluntad del que ve la esencia de Dios necesariamente ama cuanto ama en orden a
Dios; lo mismo que la voluntad de quien no ve la esencia de Dios necesariamente
ama cuanto ama bajo la razón común de bien que conoce. Y esto es lo que hace
recta a la voluntad. Por consiguiente, es claro que no puede haber
bienaventuranza sin voluntad recta. [4]
Resulta muy claro que “Tanto el fin último
personal como el bien común se realizan mediante los actos humanos cuya causa
eficiente es la persona, individual. Ésta, a su vez, vive las exigencias del
bien común que, últimamente, son la justicia y el amor sociales.
“Los actos del obrar socialmente justo y del amor social
los va ejerciendo el hombre en la medida en que cultiva las virtudes, por las
cuales va alcanzando lo que la naturaleza se encomienda y le exige.” [5]
Es oportuno recordar que “Otra conclusión de la
antropología católica, coincidente con la filosofía natural, es que si el
hombre es libre frente a todo ente creado, nadie puede «alienarlo»,
«esclavizarlo» y constituirse como fin de la existencia humana. Quedan así
proscriptos todos los sistemas políticos totalitarios o estatistas que no sólo
absorben toda la actividad individual, sino que además ejercen coacción sobre
las voluntades para que abracen determinadas doctrinas o ideologías.”[6]
Pero como el hombre frecuentemente actúa con miras cortas, persiguiendo la inmediatez de los resultados y la
satisfacción de sus propias apetencias desconociendo las necesidades, intereses
y aspiraciones de los otros hombres, no resultan pocos los que tienen
comportamientos dictatoriales que se ponen de manifiesto en ensayos de coacción
social. Aristóteles sostenía que “los hábitos nacen de las actividades [que les
son semejantes]. Por eso se les debe dar a las actividades una cualidad
determinada, pues los hábitos se corresponden con las diferencias entre
aquellas. Adquirir ya desde la juventud esta o aquella costumbre tiene, pues,
no poca importancia, sino una muy grande o, mejor dicho, lo es todo.”[7]
Más adelante el estagirita señala que la virtud ética se relaciona con los
placeres y dolores y lo prueba mediante los argumentos siguientes:
[1] Pues realizamos las
acciones malas a causa del placer, y causa del dolor nos
abstenemos de las nobles. Por eso ya desde la
niñez tenemos que haber sido guiados de cierto modo, como dice Platón, para
alegrarnos y dolernos por lo que se debe. La educación correcta es, en efecto,
esa.
[2] Además, si las virtudes se
refieren a las acciones y a los afectos, y a todo afecto y a toda acción
acompañan placer y dolor, también por eso la virtud estará relacionada con los
placeres y dolores.
[3] Lo revelan también los
castigos que se imponen por medio de ellos, pues son una especie de medicina, y las medicinas por naturaleza obran
por medio de los contrarios.
[4] Además, como dijimos
recientemente, todo hábito del alma tiene una naturaleza referida y cercana a
las cosas por obra de las cuales naturalmente se hace mejor o peor; y [los
hombres] se vuelven malos a causa de los placeres y los dolores, por perseguir
y rehuir los que no se debe o cuando no se debe o como no se debe, o de cuántos
otros modos la razón determine tales cosas. Por eso [algunos] definen las
virtudes como formas de apatía y de serenidad, mas eso no es acertado, porque
[los que lo hacen] se expresan en términos absolutos y no agregan «como se
debe», «como no se debe», y «cuando» y todas las otras cosas. Queda
establecido, por tanto, que la virtud de esa clase es la que tiende a actuar de
la manera óptima en relación con los placeres y los dolores, y que la maldad es
lo contrario.
[5] También a partir de lo que
sigue nos resultará claro que se relaciona con ellos, a saber, que siendo tres
las cosas [que mueven] a la elección y tres [las que mueven] a la aversión: lo
bello, lo conveniente y lo placentero, y sus [tres] contrarios: lo feo, lo dañino y lo doloroso,
respecto de todas ellas el bueno tiende a acertar, y el malo a errar, pero
sobre todo [lo hacen] en relación con el placer, porque éste es común a todos
los animales y acompaña a todo lo que depende de la elección, pues también lo
bello y lo conveniente se nos muestran como cosa placentera.
[6] Además, [el placer] ha
crecido con todos nosotros desde la infancia más temprana; por eso es arduo
eliminar esa afección, que tiñe nuestra existencia.
[7] Además, medimos las
acciones, unos más y otros menos, con la vara del placer y el dolor. Por eso es
necesario que todo nuestro estudio se refiera a esas cosas, pues no es poco el
peso que tiene en las acciones el complacerse y dolerse bien o mal.
[8] Además, es más difícil
luchar con el placer que con la ira, como dice Heráclito y para lo que es más
difícil hay siempre una virtud, pues lo bueno es, en ese caso, [aun] mejor; de
modo que también por eso el estudio todo de la virtud y de la política se
relaciona con los placeres y los dolores, pues el que los utiliza bien será
bueno, y el que mal, malo.[8]
Nación
y Estado
La nación es una comunidad étnica de hombres unidos por
vínculos de sangre, de territorio, de lengua, en posesión de un vínculo
específico de solidaridad interno, frente a otros grupos humanos.[9]
La nación no es una sociedad porque, como toda
comunidad, es acéfala o amorfa y a pesar de la
utilización del término nación como sinónimo de Estado, no existe una autoridad
nacional, por lo que no deben confundirse nación y Estado, ya que éste debe
servir a aquella. El Estado, dice Palumbo, “es una estructura fría y legal que
para progresar y cumplir adecuadamente con su finalidad, deberá nutrirse
constantemente del sentimiento nacional que lo sustenta.”[10]
Por su parte el Estado “es un ente natural y necesario
integrado por personas, familias y asociaciones intermedias, política y
jurídicamente organizado en orden al bien común, circunscripto en determinado
territorio y que goza de soberanía interna y externa.”[11]
Palumbo se detiene en la diferenciación de los conceptos
Estado y sociedad civil, y dice que ésta “es el conjunto de todos los
ciudadanos con sus relaciones e instituciones –familias, asociaciones libres,
cuerpos intermedios, etc.–, mientras que el Estado es el mismo conjunto
política y jurídicamente organizado.” Seguidamente analiza tres principales
posiciones: la de los que piensan, siguiendo a Hegel, que esa diferenciación no
es procedente porque sociedad y Estado son una misma cosa; la de quienes, como
los anarquistas, marxistas y utópicos que piensan que en un futuro no habrá mas
Estado, volviéndose a establecer, como en tiempos remotos, una sociedad
comunista sin clases; por último, están las corrientes liberales
individualistas que niegan la sociedad como realidad natural anterior al Estado
y sostienen que éste debería servir como medio porque entre el individuo y el
Estado no hay ninguna otra realidad, ya que lo que se llama ´sociedad´ y
´pueblo´ es una ficción pura: sólo existen individuos que buscan su bien
particular.[12] Más adelante este autor
reseña las principales teorías acerca del origen del Estado como son las
doctrinas pactistas o contractualistas (la causa eficiente del Estado es la
voluntad humana); las doctrinas deterministas (el Estado es el resultado de la
evolución de la naturaleza sensible social del hombre); las doctrinas
comunistas y socialistas anárquicas (el Estado es la expresión y el instrumento
de la burguesía para oprimir y explotar a los pobres y proletarios); las
doctrinas fisiocráticas y de las modernas escuelas liberales (el Estado es un
artificio creado por el hombre que entorpece la manifestación espontánea de la
naturaleza y que junto a los sindicatos y corporaciones provocan los
desequilibrios sociales). Culmina su análisis sobre las causas eficientes del
Estado con los conceptos que sobre las mismas tiene la doctrina de la ética
social católica que sostiene, en primer lugar, que el Estado es un ente natural no inventado
artificialmente por el hombre.
La causa eficiente, es decir,
aquello que hace que el hombre viva en sociedad organizadamente, es un impulso natural; consecuentemente querido
por el Autor de la naturaleza.
[...] En cuanto ente natural,
significa una “unidad de orden”, un ente moral, no físico, como defienden las
doctrinas totalitarias y organicistas. Las partes integrantes conservan,
ontológicamente, sus operaciones propias; se unen, en cambio, con la intención
natural de procurarse un orden y bien común que favorezcan la realización de
los fines personales, terrenos y eternos?. [13]
De las
formas de gobierno
Esa sociedad organizada jurídicamente en torno al bien
común de sus miembros requiere un orden y un gobierno. A lo largo de la
historia los estados desarrollaron distintas formas de gobierno (monárquico, democrático,
tiránico, aristocrático, republicano, oligárquico o populista) en las cuales
generalmente se hallaban presente tres áreas: la ejecutiva (cabeza visible y
representante del Estado), la legislativa (grupo de personas que dictan las
leyes del Estado) y la judicial (constituida por personas conocedoras de las
leyes cuya función es la de dirimir conflictos entre particulares o de éstos
con el Estado).
Aristóteles[14]
señala la existencia de tres formas justas de gobierno: la monarquía, la
aristocracia y la república o democracia popular, y tres formas injustas de
gobierno: la tiranía, la oligarquía y la democracia demagógica o populismo[15],
como se la conoce actualmente. Cuando el filósofo hace esa distinción, pone sobre el tapete hechos que se producen en la
concreta vida política de los pueblos ya que las formas injustas de gobierno no
son elegidas por los ciudadanos, sino que
resultan de desviaciones que hacen los gobernantes de las formas justas. Así,
por ejemplo, una monarquía es justa si el monarca dicta actos que procuran el
bien común, pero se torna injusta si solamente atiende sus propios intereses o
la del grupo cercano que lo sostiene en el poder, ya que se transforma en
tiranía porque tiene que emplear la fuerza para doblegar las voluntades de los
súbditos y perseguir a sus opositores. Así también en el sistema republicano (o
democracia, como se lo conoce en nuestros días) donde los gobernantes son
elegidos por los ciudadanos con la finalidad de que gobiernen con justicia y
buscando el bien común, se pueden producir desviaciones cuando los gobernantes
recurren a la demagogia y rápidamente se desbarrancan hacia prácticas
autoritarias y tiránicas.
Con precisión Pablo VI señalaba el problema que se
presenta a las sociedades por falta de ideologías y la adopción de soluciones
utópicas, que hace a los gobernantes rehuir de
las tareas concretas refugiándose en un futuro imaginario, deponiendo responsabilidades inmediatas, con lo cual
se desatienden las necesidades del pueblo:
Hoy día, por otra parte, se nota mejor la debilidad de las ideologías a
través de los sistemas concretos en que tratan de realizarse. Socialismo
burocrático, capitalismo tecnocrático, democracia autoritaria, manifiestan la
dificultad de resolver el gran problema humano de vivir todos juntos en la
justicia y en la igualdad.[16]
Resulta muy interesante el diálogo de Platón con Glaucón
acerca de cómo se instaura la tiranía y cuáles son sus vicios:
- [Platón] ¿No acostumbra siempre el pueblo a poner
al frente de él un individuo favorito, al que alimenta y acrecienta en poder?
- [Glaucón] Lo acostumbra, claro.
- Por consiguiente –dije yo–, es claro que
cuando surge el tirano, brota de la raíz del liderazgo y de ningún otro lado.
- Es totalmente obvio.
- ¿Cual es entonces el inicio
de la transformación del líder en tirano? ¿Acaso no es evidente que sucede
cuando el líder comienza a hacer lo mismo que se cuenta en el mito sobre el
templo de Zeus Liceo en Arcadia?
- ¿Qué mito? –preguntó.
- El que cuenta que quien
prueba vísceras humanas descuartizadas entre las de otras víctimas
necesariamente se convierte en lobo. ¿O no has escuchado el relato?
- Sí.
- Si algo así sucediera con el
líder del pueblo y, tras tomar una multitud totalmente obediente , no se
abstuviera de la sangre de sus hermanos, sino que por el contrario los acusara
injustamente, como les place hacerlo a hombres de esta clase, y llevándolos a
los tribunales los asesinara, tronchando así la voluntad humana mientras prueba
con lengua y boca impuras la sangre de su familia, y desterrara y matara
mientras sugiere un abolición de las deudas y una redistribución de la tierra,
¿no es necesario que después de esto, un hombre así esté fatalmente destinado a
morir en manos de sus enemigos o a volverse un tirano y, de hombre que era,
volverse lobo?
[...]
- En los primeros días –dije–,
es decir en las primeras épocas, ¿no sonríe a todos aquellos con los que se
encuentra, dice que no es un tirano y promete muchas cosas en privado y en
público, condonando deudas y distribuyendo la tierra para el pueblo y para su
círculo, y pretende ser amable y delicado con todos?
- Forzosamente –dijo.
- Pero creo que, cuando se
reconcilia con algunos de sus enemigos en el exilio, a otros los destruye y
logra la paz en ese ámbito, lo primero que hace es incitar constantemente a la
guerra para que el pueblo necesite un general.
- Naturalmente, claro.
- ¿Y no lo hará también para
que volviéndose pobres por pagar impuestos se vean obligados a vivir al día y
conspiren menos contra él?
- Claro.
- Y creo que si sospecha que
por tener ideales libertarios algunos no se entregan a su mando, los destruirá
con cualquier excusa entregándolos a los enemigos.
A causa de todo esto el tirano necesita siempre agitar una guerra.
- Necesariamente.
- Y por hacer esto, ¿no es lo más posible que se haga odioso
para los ciudadanos?
- ¿Cómo no?
- ¿Y no es posible también que algunos de los colaboradores que
detentan el poder con él, al
menos los que resultan más valientes, hablen francamente
con él y entre ellos para criticar lo que pasa?
- Probablemente.
- Así el tirano debe ir
deshaciéndose de todos ellos, si quiere conservar el poder, hasta que no quede
nadie de valía ni entre sus amigos ni entre sus enemigos.
- Claro.
- En consecuencia, debe mirar
con perspicacia quién es valiente, quién grande de espíritu, quién sensato y
quién rico, y es tan feliz que necesariamente, lo quiera o no, debe ser enemigo
y conspirar contra todos ellos hasta purificar la ciudad.
- ¡Bello modo de purificar! –dijo.
[...]
- ¿Y no sucederá que cuanto
más sea odiado por los ciudadanos por cometer estos actos, tanto más necesitará
una custodia personal numerosa y confiable?
- ¿Cómo no?
- ¿Y quiénes serán los custodios confiables? ¿De dónde va a
convocarlos?
- Muchos vendrán solos –dijo–, volando, si el pago lo
justifica.
- ¡Por el perro! –exclamé–. De
nuevo me parece que te refieres a zánganos extranjeros de toda procedencia.
- Me entendiste perfectamente –dijo.
- ¿Quién querrá hacerlo en su comunidad? ¿Acaso no querrá
quitar a los ciudadanos sus esclavos y,
tras liberarlos, hacer de ellos su custodia personal?
- Sin duda –dijo–. Porque ellos son para él los más confiables.
- ¡Dices que es un dichoso asunto el de ser tirano, si necesita
de semejantes amigos y hombres de
confianza, tras destruir a los que primero lo apoyaron!
- Sin dudas los necesita –dijo.[17]
Se dice equivocadamente que los pueblos tienen los
gobernantes que se merecen, como si éstos vinieran de algún otro lugar que no
fuera el mismo pueblo; en realidad los gobernantes, por lo menos en los
sistemas republicanos, son salidos de la misma
sociedad política que les tocará dirigir. Por eso Platón[18]
dice que para juzgar a los gobernantes se debe conocer previamente cómo es el
pueblo, como son sus conductas y sus deseos. Un pueblo con espíritu libre,
sentido de la responsabilidad y conducta ética no elegirá tiranos: sí lo hará
el pueblo que no asume sus responsabilidades y delega en otros los trabajos que
les corresponden. Aquí aparece el problema de la legalidad y legitimidad de
origen y ejercicio del gobierno. Seguimos, en este asunto, a Mirabella:
[El] gobierno es la conducción
pública de la sociedad civil, coordinada desde el poder político que radica en
el Estado y proviene de Dios. De allí que los estadistas se encuentren, o deberían verse,
obligados moralmente desde lo alto, por el origen del poder y desde lo bajo,
por el destino que tiene su ejercicio. El poder político de ejercicio
obligatorio y la autoría del bien común que lo legitima, constituyen la
estructura conceptual suficiente para distinguir lo legítimo y lo legal. Por
otra parte, si la concreción del bien común político, dada su naturaleza, exige
el ejercicio obligatorio del poder y ese poder no tiene otro destino que la
gestión de todo bien, todo poder viene de Dios, origen de todo bien, y radica
en el Estado, de modo que todo se reduce a la justicia ética y estética de su
ejercicio, en el marco del bien común.[19]
Ahora bien: en todo tipo de gobierno, aún en los más
democráticos, existe una separación muy grande entre el gobernante y sus
gobernados que se intentó reducir, en los regímenes republicanos, con la figura de los legisladores como
representantes del pueblo. Esa representatividad es ilusoria si no se
establecen diálogos entre el ciudadano y el legislador, diálogo que debería
concretarse en los partidos políticos y que por diferentes y numerosas causas
muy difícilmente se produzca. De ahí la necesidad de que en las sociedades
políticas se desarrollen organizaciones civiles donde los ciudadanos puedan canalizar
sus necesidades. Es sobre lo que trataremos a continuación:
De las
organizaciones intermedias
Las
organizaciones intermedias son toda organización civil que se encuentra ubicada
entre el individuo-familia y el Estado, con el fin de acercar posiciones y organizar
acciones que permitan un entendimiento recíproco entre ambas partes. En ellas
predominan tres importantes grupos: las cooperativas como empresas que
desarrollan actividades económicas; las mutuales que actúan en el ámbito
asistencial; los sindicatos, que proyectan mejores condiciones laborales y
remunerativas de los trabajadores en relación de dependencia. También están las
asociaciones profesionales, de empresarios, de consumidores, las sociedades de fomento,
fundaciones y otros muchos tipos.
¿Cuál
es el rol de las entidades intermedias? Fundamentalmente propiciar el
desarrollo integral de la persona humana “para producir un adecuado cambio
local, nacional e internacional, según sus propias esferas de competencia y
especificación en algunos de los sectores del saber.” [20]
Las
entidades intermedias deberían ser un ejemplo de prácticas democráticas,
entendiéndose por ello que no basta el cumplimiento de las elecciones
periódicas de sus autoridades, cosa que se hace en cumplimiento de las normas
legales, sino de la renovación de los directivos en sus cargos con el objetivo
de estimular la participación y la formación de otras personas en el ejercicio
de funciones sociales, cosa ésta que no se hace habitualmente. Otra
responsabilidad de los directivos, en cuanto personas en sí y como responsables
del grupo social es su capacitación permanente, porque los cambios en la sociedad global son muy
acelerados. Este tópico se ensambla con el anterior: por más actualización de
conocimientos alcanzado por un dirigente que lleve varios lustros en la
conducción de la entidad, su visión del mundo tendrá el contrapeso de sus
prejuicios, de su formación anterior y del paso de los años.
La historia social nos hace conocer numerosos tipos
de organizaciones intermedias, principalmente de ayuda mutua, en las que ese pensar en el otro y hacerse responsable del
otro es una práctica habitual entre los artesanos y agricultores en Grecia,
Roma y en las naciones de la Edad Media. La solidaridad frente a la viudez, la enfermedad, la orfandad o la escasez
de recursos es habitual entre los compañeros. En un trabajo anterior decíamos
que:
Las
familias indo-europeas, por el escaso número de sus integrantes, tuvieron la
necesidad de integrarse entre sí para realizar los trabajos de mayor esfuerzo
como la construcción de viviendas, tumbas, templos, ciudades, murallas, etc.
Allí nace la idea “del grupo orgánico, idea esencialmente civilizadora”. Son
las familias indo-europeas asentadas en la mesopotamia quienes construyen la
Torre de Babel en un esfuerzo corporativo que aunaba a los obreros de una misma
profesión. Cosa semejante se encuentra en Egipto y en la India. En Tiro y
Cartago se desarrollan las asociaciones de carácter comercial.
Siglos
después los pueblos germánicos dan origen a las guildas y las corporaciones,
que son más apropiadas para conservar el culto de las tradiciones que al
espíritu de progreso, causa por la cual el norte de Europa demora en el avance
de su civilización. “la guilda se introduce en el imperio romano con el código
de aquel pueblo, y al extenderse perfecciona su organización.” (Páez, Juan L. El derecho de las asociaciones pág. 5.) Los
romanos tenían también sus formas propias de agrupamiento caracterizados
fundamentalmente por el libre y voluntario consentimiento del individuo de formar
parte de los mismos.
Roma
nos ofrece para el estudio dos grupos orgánicos: las “societas” y los
“collegium”, de “corpus” o de “sollitas”. Las “societas” eran agrupaciones de
hombres que contrataban entre sí la persecución de algún fin, y la salida de
alguno de los contratantes destruía la asociación. Los “collegium”, en cambio,
una vez constituidos no sufrían consecuencia alguna por la salida o entrada de
miembros. “Su composición podía alterarse, su gobierno ir a otras manos, no por
eso su vida jurídica se modificaba. Estos “collegium” eran, por consecuencia,
cuerpos que tenían una existencia jurídica independiente de las
individualidades que los componían.” (Páez, Juan L.
Ibid., pág. 6.)
“Desde
el principio de la República hubo gran número de “collegium”, de artesanos
principalmente, que tenían por objeto la beneficencia, procurar socorro a los
miembros en caso de enfermedad y sobre todo costear los gastos funerarios.
Eran, pues, asociaciones de socorros mutuos, especialmente, que desde cierto
punto de vista carecían de importancia para el poder público. Comienzan a
tenerla recién con Catilina
y Cicerón, dado que por tratarse de organizaciones esencialmente populares se
agitan y juegan un rol político, poniéndose al servicio de caudillos. El senado
romano cobra temor ante los propósitos turbios que se proponen, y Cicerón
obtiene un senadoconsulto que suprime esos grupos semifacciosos (64 a. de
J.C.).” (Páez, Juan L. Ibid., págs. 6 y 7)
A
partir de entonces los collegium corren diversas alternativas, ya que son
permitidos, suprimidos, reglamentados en su funcionamiento. Augusto nos legó la
norma de la autorización previa para funcionar.
En
la Edad Media las asociaciones basadas en los principios del cristianismo
fueron las únicas que pusieron una valla a los atropellos de los señores sobre
sus siervos, transformándose en la base de la organización política, económica
y social. Surgen las asociaciones por gremio como un medio de protección y
monopolio de las profesiones, con lo cual el hombre es absorbido por la
asociación.
Retroceso
asociativo
Más
adelante, por el siglo XVIII, al desarrollarse las teorías liberales cambia el
carácter de las asociaciones y se les permite actuar libremente, pero luego de
la Revolución Francesa son prohibidas debido al exacerbado individualismo de la
época, ya que se pensaba que las corporaciones coartaban la libertad del
individuo. Esa tendencia se esparció por toda Europa provocando la supresión de
las asociaciones. Recién a fines del siglo XIX y principios del siglo XX, se
las vuelve a considerar como entidades convenientes a los hombres y se les
permite funcionar.
Las
asociaciones no han podido escapar a la controversia filosófica y doctrinaria
del derecho ya que indudablemente plantean un importante interrogante: ¿las
asociaciones pueden anular la libertad individual, sumiendo al hombre en un estado de
dependencia total a la organización?
A
esta pregunta se le dan dos respuestas opuestas: una de ellas, sostenida por el
individualismo, rechaza todo tipo de asociación (caso de los teóricos de la
Revolución Francesa); la otra, expresada por los juristas sociales, reafirma el
rol beneficioso de las corporaciones y destacan que en ellas el individuo se
encuentra a sí mismo, elevándose al participar con otros en libertad y
democracia, en la consecución de fines comunes.
Semejante
cuestión teórica es importante a pesar de considerar, junto con Páez, que “las
asociaciones de individuos son un hecho, porque el hombre es un ser social. No
podemos negar el derecho individual, pero tampoco podemos dejar de proclamar
que por encima de él hay un derecho colectivo que tiende a afirmarse cada vez
más”. (Páez, Juan L. op. cit, pág. 13)
Debido
a los ejemplos poco favorables que encontramos no solo en nuestro país sino también
en muchos otros donde las asociaciones, principalmente las profesionales, han
sido conducidas con despotismo y paternalismo, a pesar de ser
originaria y necesariamente democráticas, nos plantea el problema del rol de
los individuos, sus derechos y obligaciones dentro del grupo al que se
adhirieron. Lo fundamental, pensamos, es evitar la masificación de los
asociados y para ello tan solo vemos un camino: la educación.
“Socialmente
la asociación juega un papel destacado. Entre los intereses generales y los
intereses particulares hay un plano intermedio que es justamente la posición
que ocupa. Se puede creer en ella sin negar al individualismo, porque ambas
expresiones jurídicas se complementan. Por otra parte, entre los individuos,
unidades aisladas, y el estado, colectividad descentralizadora, es menester que
exista una organización intermedia.” (Páez,
Juan L. Ibid., pág. 13) [21]
Luego de la Revolución
Francesa, en su afán de libertad se llega a prohibir la asociación de personas
para cualquier finalidad. La ley de Le Chapelier, dictada poco después de ese hecho político, fue incorporada por
otras naciones y tales prohibiciones duraron hasta bien entrado el siglo XIX ya
que se derogó el 25 de
mayo de 1864 por la Ley Ollivier que abolió el delito de asociación.
Ley Le Chapelier de 14 de junio de 1791:
Art.
1º. Siendo una de las
bases fundamentales de la Constitución francesa la desaparición de todas las
corporaciones de ciudadanos de un mismo estado y profesión, queda prohibido
establecerlas de hecho, bajo cualquier pretexto o forma que sea.
Art.
2º. Los ciudadanos de un
mismo estado o profesión, los empresarios, los que tienen comercio abierto, los obreros y oficiales de un oficio
cualquiera, no podrán,
cuando se hallaren juntos, nombrarse presidentes, ni secretarios, ni síndicos, tener registros, tomar acuerdos o
deliberaciones o formar reglamentos sobre sus pretendidos intereses comunes.
Art.
3º. Queda prohibido a todas las corporaciones
administrativas o municipales cualquier
solicitud o petición en nombre de un estado o profesión y darles respuesta
alguna; igualmente se les ordena declarar nulas las deliberaciones que
podrían haber sido tomadas de este modo y vigilar cuidadosamente para que no se
les dé curso ni ejecución.
Art.
4º. Si, contra los principios
de la libertad y la Constitución,
ciudadanos pertenecientes a la misma profesión, arte u oficio tomaran
deliberaciones o hicieran entre ellos convenios tendiendo a rehusar concertadamente o a no acordar más que a un precio
determinado el concurso de su industria o de sus trabajos, dichas estas deliberaciones y convenios, acompañados
o no de juramento, quedan declarados
inconstitucionales, atentatorios contra la libertad y los derechos del hombre y
sin ningún efecto. Las corporaciones administrativas y municipales
quedan obligadas a declararlos de dicho modo.
Los autores,
jefes e instigadores que las hubieren provocado, redactado o presidido, serán citados ante el Tribunal de
policía a requerimiento del procurador del Municipio, condenados cada uno de ellos a 500 libras de multa y suspendidos durante
un año del ejercicio de todos los derechos de ciudadano activo y de la entrada
en las Asambleas primarias.
Art.
5º. Queda prohibido a
todas las corporaciones administrativas y municipales, bajo pena a sus miembros
de responder en nombre propio, emplear,
admitir o tolerar que se admita en los trabajos de su profesión en cualquiera
obra publica, aquellos realizados por empresarios, obreros u oficiales que hubieren provocado o
firmado dichas deliberaciones o convenios, salvo el caso en que por
propia iniciativa, se hubieran presentado al escribano del Tribunal de policía
para retractarse o desdecirse.
Art.
6º. Si tales deliberaciones, convocatorias, pasquines o
circulares contuvieran amenazas contra los empresarios, artesanos u obreros o
los jornaleros forasteros que vinieren a trabajar al lugar, o contra aquellos
que se contentaran con un salario inferior, todos los signatarios de las actas
o escritos serán castigados con una multa de 1.000 libras cada uno y tres meses de prisión.
Art.
7º. Los que usaren de amenazas o violencias contra los obreros que hagan uso de la libertad
concedida por las leyes constitucionales al trabajo y a la industria,
serán perseguidos por la vía criminal y castigados
según el rigor de las leyes como perturbadores del orden público.
Art. 8º. Todas las manifestaciones compuestas por artesanos, obreros,
oficiales, jornaleros o promovidas por ellos contra el libre ejercicio de la
industria y el trabajo, pertenecientes a cualquier clase de personas y bajo
cualquier tipo de condiciones convenidas de mutuo acuerdo o contra la acción de
la policía y la ejecución de las sentencias tomadas de esta manera, así como
contra las subastas y adjudicaciones públicas de diversas empresas serán
consideradas manifestaciones sediciosas y como tales serán disueltas por los
agentes de la fuerza pública, tras los requerimientos legales que les serán
hechos y después con todo el rigor de las leyes contra los autores,
instigadores y jefes de dichas manifestaciones y contra todos aquellos que
hubieran actuado por vía de hechos o realizado actos de violencia. (Geografía e Historia y Escuela -
Espacio de Trabajo en Internet)
Se creía que la
asociación, como la conformación de gremios de trabajadores y de empresarios, constreñía
la libertad natural de los hombres. Durante ese período desaparecieron las
sociedades de socorros mutuos, muy extendidas en todas las naciones de Europa y
retardó la constitución de entidades solidarias y de producción. Pero fue
recién a partir de 1891, con la aparición de la encíclica Rerum novarum de León XIII que las entidades intermedias,
principalmente los sindicatos, tienen un claro sentido en la vida política y
social de las naciones. Posteriormente los sucesores de León XIII destacaron la
importancia de las organizaciones intermedias, especialmente de los sindicatos obreros, y a
modo de ejemplo podemos citar a Pablo VI, quien recoge esas recomendaciones y
señala el rol de las organizaciones profesionales para el desarrollo de los
pueblos:
38. En la obra del desarrollo,
el hombre, que encuentra en la familia su medio de vida primordial, se ve
frecuentemente ayudado por las organizaciones profesionales. Si su razón de ser
es la de promover los intereses de sus miembros, su responsabilidad es grande
ante la función educativa que pueden y al mismo tiempo deben cumplir. A través
de la información que ellas procuran, de la formación que ellas proponen,
pueden mucho para dar a todos el sentido del bien común y de las obligaciones
que éste supone para cada uno.[22]
También lo hizo Juan Pablo II al conmemorar los cien años
de la Rerum novarum señalando que:
7. En estrecha relación con el
derecho de propiedad, la encíclica de León XIII afirma también otros derechos, como propios e
inalienables de la persona humana. Entre éstos destaca, dado el espacio que el
Papa le dedica y la importancia que le atribuye, el «derecho natural del
hombre» a formar asociaciones privadas; lo cual significa ante todo el derecho a crear asociaciones
profesionales de empresarios y obreros, o de obreros solamente. Ésta es la
razón por la cual la Iglesia defiende y aprueba la creación de los llamados
sindicatos, no ciertamente por prejuicios ideológicos, ni tampoco por ceder a
una mentalidad de clase, sino porque se trata precisamente de un «derecho
natural» del ser humano y, por consiguiente, anterior a su integración en la
sociedad política. En efecto, «el Estado no puede prohibir su formación»,
porque «el Estado debe tutelar los derechos naturales, no destruirlos.
Prohibiendo tales asociaciones, se contradiría a sí mismo».
Junto con este derecho, que el
Papa —es obligado subrayarlo— reconoce explícitamente a los obreros o, según su
vocabulario, a los «proletarios», se afirma con igual claridad el derecho a la
«limitación de las horas de trabajo», al legítimo descanso y a un trato diverso a los niños y a las mujeres en lo relativo al tipo de trabajo y
a la duración del mismo.[23]
Doctrina social de la Iglesia
Europa vivió, durante el siglo XIX, una larga crisis
social como consecuencia del acelerado proceso de concentración de capitales,
la organización de las compañías de colonización, las guerras napoleónicas, la
restauración de las antiguas monarquías, la expansión del imperialismo, la
unificación de Italia y Alemania, entre otros acontecimientos de importancia,
sin entrar a mencionar los nuevos inventos y sus aplicaciones prácticas.
Los conflictos entre capital y trabajo eran moneda del
día y frente a los mismos los gobiernos se abstenían de participar porque
sostenían las ideas de libertad económica y el libre juego de los mercados de
productos y del trabajo. Como
decíamos, casi a finales del siglo XIX, en 1891, el papa León XIII
plantea por primera vez desde el magisterio de la Iglesia el tema social en su
encíclica Rerum novarum. Este primer
reconocimiento del problema del asalariado frente a los capitalistas sienta las
bases de lo que luego se conoció como doctrina
social de la Iglesia. La carta encíclica refleja la inhumana situación de
los trabajadores y propone un acercamiento entre las partes mediante el diálogo
y la participación del Estado como moderador de los conflictos sociales. Alerta
contra el socialismo, el comunismo y la lucha de clases, oponiéndose a las
prácticas violentas para lograr
reivindicaciones.
Los sucesores de León XIII siguieron las orientaciones
de la Rerum novarum a través de otras cartas encíclicas: Pío XI: “Quadragesimo anno” (1931); Juan XXIII: “Mater et magistra” (1961); Paulo VI: “Populorum progressio” (1967), la Constitución pastoral
del Concilio Vaticano II “Gaudium et spes” (1971) y “Octogesima adveniens”
(1971); Juan Pablo II “Laborem exercens” (1981),
“Sollicitudo rei socialis” (1987), “Centesimus annus” (1981).
Todo este pensamiento de la Iglesia dio forma a lo que
se conoce como Doctrina Social de la
Iglesia. Cada una de las cartas encíclicas y otros documentos elaborados
por la Comisión Pontificia Justicia y Paz, el Pontificio Consejo “Cor Unum”,
por ejemplo, siguen las ideas fuerza de la Rerum Novarum pero van incorporando
nuevos asuntos de importancia para el hombre: ecología, deuda externa,
empobrecimiento de las naciones.
Hoy no puede hablarse seriamente de economía social si
no se tiene en cuenta la doctrina social de la Iglesia, aunque muchos
progresistas se resistan a hacerlo porque quedaron atrapados en la historia de
la Iglesia anterior a León XIII.
¿Pero cuál es el rasgo
peculiar de la Doctrina Social de la Iglesia? Creo que es el haber puesto en
evidencia la importancia de la solidaridad en la vida social:
La solidaridad confiere particular relieve a la intrínseca sociabilidad
de la persona humana, a la igualdad de todos en dignidad y derechos, al camino
común de los hombres y de los pueblos hacia una unidad cada vez más convencida.[24]
Y señala asimismo Juan
Pablo II:
[La solidaridad] Esta no es, pues, un sentimiento superficial
por los males de tantas personas, cercanas o lejanas. Al contrario, es la determinación firme y perseverante de
empeñarse por el bien común; es
decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente
responsables de todos.[25]
Por su parte Benedicto XVI en
su encíclica "Caritas
in veritate" (Sobre el
desarrollo humano integral en la caridad y en la verdad) dice:
43. «La solidaridad universal,
que es un hecho y un beneficio para todos, es también un deber». En la
actualidad, muchos pretenden pensar que no deben nada a nadie, si no es a sí
mismos. Piensan que sólo son titulares de derechos y con frecuencia les cuesta
madurar en su responsabilidad respecto al desarrollo integral propio y ajeno.
Por ello, es importante urgir una nueva reflexión sobre los deberes que los
derechos presuponen, y sin los cuales éstos se convierten en algo arbitrario.
[26]
El comportamiento solidario requiere convencimiento y
compromiso; también una mirada inteligente y desprejuiciada sobre la sociedad
para ver los problemas que cada estadio social debe afrontar, principalmente
los que menos tienen. La solidaridad debe canalizarse orgánicamente, a través
de instituciones civiles que tengan dirigentes probos y que, no obstante ello,
estén controladas sus acciones por el propio colectivo. La falta de compromiso
se sostiene en las conductas indiferentes y en la indolencia, por lo cual es
necesaria la participación frecuente de los integrantes de las organizaciones
non profit en las mismas. Creemos que el acto caritativo de dar una limosna a
un limosnero satisface la necesidad de quien pide y tranquiliza el espíritu de
quien da; es un acto único que no trasciende al conjunto de necesitados. Por
ello creemos que además de esa especie de transacción (te ayudo con dinero, no
me consideres egoísta), la solidaridad debe manifestarse contribuyendo
pecuniariamente y con trabajo personal voluntario dentro de las organizaciones
sociales, cuyas acciones alcanzarán a un mayor número de personas necesitadas
de manera equitativa y atendiendo más integralmente a los que soliciten ayuda.
Benedicto XVI Caritas in veritate
24.
[...] Hoy, aprendiendo también la lección que proviene de la crisis económica
actual, en la que los poderes públicos del Estado se ven llamados
directamente a corregir errores y disfunciones, parece más realista una
renovada valoración de su papel y de su poder, que han de ser sabiamente
reexaminados y revalorizados, de modo que sean capaces de afrontar los desafíos
del mundo actual, incluso con nuevas modalidades de ejercerlos. Con un papel
mejor ponderado de los poderes públicos, es previsible que se fortalezcan las
nuevas formas de participación en la política nacional e internacional que
tienen lugar a través de la actuación de las organizaciones de la sociedad
civil; en este sentido, es de desear que haya mayor atención y participación en
la res publica por parte de los ciudadanos.
25. Desde el punto de vista
social, a los sistemas de protección y previsión, ya existentes en tiempos de
Pablo VI en muchos países, les cuesta trabajo, y les costará todavía más en el
futuro, lograr sus objetivos de verdadera justicia social dentro de un cuadro
de fuerzas profundamente transformado. El mercado, al hacerse global, ha
estimulado, sobre todo en países ricos, la búsqueda de áreas en las que
emplazar la producción a bajo coste con el fin de reducir los precios de muchos
bienes, aumentar el poder de adquisición y acelerar por tanto el índice de
crecimiento, centrado en un mayor consumo en el propio mercado interior.
Consecuentemente, el mercado ha estimulado nuevas formas de competencia entre
los estados con el fin de atraer centros productivos de empresas extranjeras,
adoptando diversas medidas, como una fiscalidad favorable y la falta de
reglamentación del mundo del trabajo. Estos procesos han llevado a la reducción
de la red de seguridad social a cambio de la búsqueda de mayores ventajas
competitivas en el mercado global, con grave peligro para los derechos de los
trabajadores, para los derechos fundamentales del hombre y para la solidaridad
en las tradicionales formas del Estado social. Los sistemas de seguridad social
pueden perder la capacidad de cumplir su tarea, tanto en los países pobres,
como en los emergentes, e incluso en los ya desarrollados desde hace tiempo. En
este punto, las políticas de balance, con los recortes al gasto social, con
frecuencia promovidos también por las instituciones financieras
internacionales, pueden dejar a los ciudadanos impotentes ante riesgos antiguos
y nuevos; dicha impotencia aumenta por la falta de protección eficaz por parte
de las asociaciones de los trabajadores. El conjunto de los cambios sociales y
económicos hace que las organizaciones sindicales tengan mayores
dificultades para desarrollar su tarea de representación de los intereses de
los trabajadores, también porque los gobiernos, por razones de utilidad
económica, limitan a menudo las libertades sindicales o la capacidad de
negociación de los sindicatos mismos. Las redes de solidaridad tradicionales se
ven obligadas a superar mayores obstáculos. Por tanto, la invitación de la
doctrina social de la Iglesia, empezando por la Rerum novarum, a dar
vida a asociaciones de trabajadores para defender sus propios derechos ha de
ser respetada, hoy más que ayer, dando ante todo una respuesta pronta y de
altas miras a la urgencia de establecer nuevas sinergias en el ámbito
internacional y local.[27]
Desarrollo local y las
organizaciones intermedias
El desarrollo local es
el que se produce en pequeñas comunidades como pueden ser los pueblos del
interior y aún, los barrios de las grandes ciudades. Para alcanzar niveles de
desarrollo local es necesario contar con el concurso de toda la comunidad, con
sus personas individuales y con las organizaciones intermedias e instituciones
que trabajan en la comarca, entendiendo por tal el área geográfica de la
comunidad interesada.
¿Se debe pensar el
desarrollo local como algo cerrado en sí mismo o como algo que comienza en un
sitio pero mantiene activos contactos con su afuera? Hay que pensarlo como el
resultado de una serie de acciones que tienen que estar correlacionadas con lo
que ocurre a nivel nacional y mundial. Por ejemplo, el establecimiento de una
agroindustria en una pequeña localidad del interior tendrá éxito si sus
productos responden a determinadas exigencias de calidad intrínseca y de
calidad del proceso general, el que no debe provocar impacto ambiental negativo
según normas vigentes en el país y en el mundo si es que desea colocar la
mercadería en el exterior.
En la actualidad hay que
pensar globalmente para poder desarrollarse localmente.
Las cooperativas y
mutuales son organizaciones que tienen una larga tradición en el desarrollo
local de poblaciones del interior del país, como también de los centros urbanos en su
carácter de empresas económicas y asistenciales, respectivamente. También lo
han hecho las organizaciones sindicales con sus planes de vivienda y obras
sociales. Así lo recomienda León XIII y sus sucesores:
Pablo VI: Toda acción social
implica una doctrina. El cristiano no puede admitir la que supone una filosofía
materialista y atea, que no respeta ni la orientación de la vida hacia su fin
último, ni la libertad ni la dignidad humanas. Pero con tal de que estos
valores queden a salvo, un pluralismo de las organizaciones profesionales y
sindicales es admisible, desde cierto punto de vista es útil, si protege la
libertad y provoca la emulación. Por eso rendimos un homenaje cordial a todos
los que trabajan en el servicio desinteresado de sus hermanos. (Populorum
progressio, 39)
Juan Pablo II: [...] Las
mismas reformas fueron también el resultado de un libre proceso de auto-organización de la sociedad con la aplicación
de instrumentos eficaces de solidaridad, idóneos para sostener un crecimiento
económico más respetuoso de los valores de la persona. Hay que recordar aquí su
múltiple actividad, con una notable aportación de los cristianos, en la
fundación de cooperativas de producción, consumo y crédito, en promover la
enseñanza pública y la formación profesional, en la experimentación de diversas
formas de participación en la vida de las empresas y, en general, de la
sociedad. (Centesimus annus, 16)
Benedicto XVI: [...] Mientras
antes se podía pensar que lo primero era alcanzar la justicia y que la gratuidad
venía después como un complemento, hoy es necesario decir que sin la gratuidad
no se alcanza ni siquiera la justicia. Se requiere, por tanto, un mercado en el
cual puedan operar libremente, con igualdad de oportunidades, empresas que
persiguen fines institucionales diversos. Junto a la empresa privada, orientada
al beneficio, y los diferentes tipos de empresa pública, deben poderse
establecer y desenvolver aquellas organizaciones productivas que persiguen
fines mutualistas y sociales. De su recíproca interacción en el mercado se
puede esperar una especie de combinación entre los comportamientos de empresa
y, con ella, una atención más sensible a una civilización de la economía.
En este caso, caridad en la verdad significa la necesidad de dar forma y
organización a las iniciativas económicas que, sin renunciar al beneficio,
quieren ir más allá de la lógica del intercambio de cosas equivalentes y del
lucro como fin en sí mismo. (Caritas in veritate, 38)
En la reflexión sobre el tema
del trabajo, es oportuno hacer un llamamiento a las organizaciones
sindicales de los trabajadores, desde siempre alentadas y sostenidas por la
Iglesia, ante la urgente exigencia de abrirse a las nuevas perspectivas que
surgen en el ámbito laboral. Las organizaciones sindicales están llamadas a
hacerse cargo de los nuevos problemas de nuestra sociedad, superando las
limitaciones propias de los sindicatos de clase. Me refiero, por ejemplo, a ese
conjunto de cuestiones que los estudiosos de las ciencias sociales señalan en
el conflicto entre persona-trabajadora y persona-consumidora. Sin que sea
necesario adoptar la tesis de que se ha efectuado un desplazamiento de la
centralidad del trabajador a la centralidad del consumidor, parece en cualquier
caso que éste es también un terreno para experiencias sindicales innovadoras.
El contexto global en el que se desarrolla el trabajo requiere igualmente que
las organizaciones sindicales nacionales, ceñidas sobre todo a la defensa de
los intereses de sus afiliados, vuelvan su mirada también hacia los no
afiliados y, en particular, hacia los trabajadores de los países en vía de
desarrollo, donde tantas veces se violan los derechos sociales. (Caritas in
veritate, 64.)
La interrelación mundial ha hecho surgir un nuevo poder político, el de
los consumidores y sus asociaciones. Es un fenómeno en el que se debe
profundizar, pues contiene elementos positivos que hay que fomentar, como
también excesos que se han de evitar. Es bueno que las personas se den cuenta
de que comprar es siempre un acto moral, y no sólo económico. El consumidor
tiene una responsabilidad social específica, que se añade a la
responsabilidad social de la empresa. Los consumidores deben ser constantemente
educados para el papel que ejercen diariamente y que pueden desempeñar respetando
los principios morales, sin que disminuya la racionalidad económica intrínseca
en el acto de comprar. También en el campo de las compras, precisamente en
momentos como los que se están viviendo, en los que el poder adquisitivo puede
verse reducido y se deberá consumir con mayor sobriedad, es necesario abrir
otras vías como, por ejemplo, formas de cooperación para las adquisiciones,
como ocurre con las cooperativas de consumo, que existen desde el s. XIX,
gracias también a la iniciativa de los católicos. (Caritas in veritate, 66.)
Podemos señalar que el
cooperativismo argentino de viviendas viene cumpliendo una importante función social y de desarrollo local
desde su aparición a principios del siglo XX. Numerosos barrios obreros fueron
construidos por cooperativas integradas por los mismos destinatarios, así como
también cooperativas y mutuales de empleados públicos, de las fuerzas armadas y
de seguridad construyeron viviendas o facilitaron el crédito para que sus
asociados pudieran tener su propia vivienda. Un ejemplo de esa labor se puede
encontrar en las cooperativas asociadas a la Federación de Cooperativas de
Viviendas de La Matanza, uno de los partidos del Gran Buenos Aires de mayor
densidad poblacional. [28]
La articulación de estas organizaciones entre sí y con instituciones públicas, indudablemente contribuirá a generar desarrollo local sostenible en cualquier región del país, si existe una voluntad manifiesta de sus pobladores en mejorar su situación socioeconómica.
Dentro de este acápite
queremos referirnos a la importancia que tiene, para el desarrollo local un
programa de viviendas populares con precios subsidiados por el Estado. La mejor
calidad de vida de los pobladores garantiza la salud, una mejor alimentación y
un ámbito para el estudio. Es ridículo pensar en grandes planes educativos para
niños que viven en precarias casillas en villas miseria, sin un espacio mínimo
para el estudio y que tampoco cuentan con alimentos adecuados ni protección de
las enfermedades. De ahí la necesidad de
la propiedad social representada en los servicios que debe prestar el Estado en
educación, salud, transportes, vías de comunicación, energía eléctrica,
suministro de agua potable y cloacas. Esas prestaciones puede realizarlas en
forma directa o mediante la participación de organizaciones intermedias.
En los programas de
vivienda popular deben participar las entidades intermedias, la escuela y las
iglesias de los diferentes cultos que tengan los destinatarios de los programas, ejerciendo el Estado el control de la aplicación de
los recursos y la calidad de las obras. La Argentina cuenta actualmente con más
de un 34 por ciento de su población que ha perdido su estatus socioeconómico en
los últimos veinte años. Se incrementó la población de pobres, de subocupados y
desocupados en todo el territorio nacional y la educación, que era el camino
por el cual se podía ascender en la pirámide social, no puede contrarrestar,
por sí misma los embates que la concentración de la riqueza produjo contra las
clases pobres de la sociedad.
Juan Pablo II advertía
en Sollicitudo rei socialis (1987)
que “a pesar de los notables
esfuerzos realizados en los dos últimos decenios por parte de las naciones más
desarrolladas o en vías de desarrollo, y de las Organizaciones internacionales,
con el fin de hallar una salida a la situación, o al menos poner remedio a
alguno de sus síntomas, las condiciones se han agravado notablemente”[29] con lo cual
apareció lo que dio en llamar el Cuarto Mundo:
A pesar de que la sociedad
mundial ofrezca aspectos fragmentarios, expresados con los nombres
convencionales de Primero, Segundo, Tercero y también Cuarto mundo, permanece
más profunda su interdependencia la
cual, cuando se separa de las exigencias éticas, tiene unas consecuencias funestas para los más débiles.
Más aún, esta interdependencia, por
una especie de dinámica interior y bajo el empuje de mecanismos que no pueden dejar de ser calificados como perversos, provoca efectos negativos hasta en los Países
ricos. Precisamente dentro de estos Países se encuentran, aunque en menor
medida, las manifestaciones más
específicas del subdesarrollo. De suerte que debería ser una cosa sabida
que el desarrollo o se convierte en un hecho
común a todas las partes del mundo, o sufre un proceso de retroceso aún en las zonas marcadas por un constante
progreso. Fenómeno este particularmente indicador de la naturaleza del auténtico desarrollo: o participan de él
todas las naciones del mundo o no será tal ciertamente.[30]
El desarrollo local es, en parte, un hecho económico y en
parte un hecho social y ambos deben ser realizados dentro de un marco ético.
Passaniti, hablando de los supuestos naturales y culturales de la economía, dice que los mismos nos permiten distinguir el
origen natural de la economía, como dimensión natural del hombre, del origen
cultural de la actividad económica, la que salta del plano familiar de
subsistencia al orden social para representar la manifestación del trabajo
comunitario, y señala que:
A partir del don gratuito de
la creación, de su orden y ordenamiento, le es posible al hombre reconocer,
recrear y ordenar su amplio contenido. Sin embargo, para alcanzar todas las
ventajas que otorgan los bienes de la gratuidad, es necesario el buen uso de la
inteligencia y de la voluntad, aplicadas a la justicia ética del obrar y a la
justicia estética del hacer. Sólo así será posible desarrollar una ciencia
económica que trate acerca del trabajo necesario, adecuado y suficiente, para
cada comunidad y en un determinado tiempo. Sólo así será posible una ciencia de
la actividad económica, que inicie su exposición reconociendo a la economía
como aquella dimensión cultural del hombre, ordenada a su seguridad física y
subsistencia biológica.[31]
El
trabajo
¿Qué es el trabajo? Es una actividad inteligente y
consecuentemente intencional exclusiva del hombre que le permite transformar la
naturaleza para lograr su subsistencia de una manera ordenada y ordenadora de
la diversidad de la naturaleza. Dice Palumbo: “La importancia del trabajo ha
sido puesta de relieve por Juan Pablo II en la encíclica Laborem exercens que, escrita «en conexión orgánica» con todas las
enseñanzas del Magisterio anterior, trae la novedad de enfocar la «cuestión
social» desde el ángulo del trabajo humano.
Ciertamente el trabajo, en
cuanto problema del hombre, ocupa el centro mismo de la «cuestión social» [Laborem
exercens Nº 2]
(...) el trabajo humano es una
clave, quizá la clave esencial de toda la cuestión social (...).[Laborem
exercens Nº 3]” [32]
El trabajo, como generador de bienes y servicios para la
sociedad y el propio trabajador, es un factor económico que necesita del
capital para poder desarrollarse y realizar la obra material o cultural
requerida por las personas para satisfacer sus necesidades. Por ser un factor
económico tiene un valor material consistente en el salario, el que debe ser
justo y suficiente para cubrir las necesidades del trabajador y su familia en
cuanto al primordial cuidado de la vida, como así también permitirles practicar
el ahorro, acceder a la vivienda propia y tener una vida digna en el plano
material, social, cultural y espiritual, teniendo en cuenta el puesto de
trabajo y la productividad de cada uno, así como las condiciones de la empresa
y el bien común. Al respecto dicen Zarza y Mansueti: El simple acuerdo entre el
trabajador y el patrono acerca de la remuneración, no basta para calificar de
“justa” la remuneración acordada, porque ésta no debe ser en manera alguna insuficiente [Rerum novarum
Nº 11] para el sustento del
trabajador; la justicia natural es anterior y superior a la libertad del
contrato.[33]
El desarrollo local, consecuentemente, no puede
realizarse sin trabajo justamente remunerado, ya
que no se puede lograr ningún tipo de afirmación y despliegue económico sin las
familias de los trabajadores satisfechas por el esfuerzo que realizan en
mantener viva y activa su región. Recordemos lo que dice el Concilio Vaticano
II a través de su documento “Gaudium et spes” que, según dice Laje, “se refiere
a la relación de la Iglesia con lo temporal”[34]
:
64. Hoy más que nunca, para
hacer frente al aumento de población y responder a las aspiraciones más amplias
del género humano, se tiende con razón a un aumento en la producción agrícola e
industrial y en la prestación de los servicios. Por ello hay que favorecer el
progreso técnico, el espíritu de innovación, el afán por crear y ampliar nuevas
empresas, la adaptación de los métodos productivos, el esfuerzo sostenido de
cuantos participan en la producción; en una palabra, todo cuanto puede
contribuir a dicho progreso. La finalidad fundamental de esta producción no es
el mero incremento de los productos, ni el beneficio, ni el poder, sino el
servicio del hombre, del hombre integral, teniendo en cuenta sus necesidades
materiales y sus exigencias intelectuales, morales, espirituales y religiosas;
de todo hombre, decimos, de todo grupo de hombres, sin distinción de raza o
continente. De esta forma, la actividad económica debe ejercerse siguiendo sus
métodos y leyes propias, dentro del ámbito del orden moral, para que se cumplan
así los designios de Dios sobre el hombre.
Pero “el desarrollo debe
permanecer bajo el control del hombre”, y sus programas no deben quedar
sometidos a las grandes corporaciones ni de los estados más poderosos.
“Asimismo es necesario que las iniciativas espontáneas de los individuos y de
sus asociaciones libres colaboren con los esfuerzos de las autoridades públicas
y se coordinen con éstos de forma eficaz y coherente.”[35]
El
documento señala, también, que “El trabajo humano que se ejerce en la
producción y en el comercio o en los servicios es muy superior a los restantes
elementos de la vida económica, pues estos últimos no tienen otro papel que el
de instrumentos.”[36]
Todo
proceso productivo necesita, además de los trabajadores y el capital, las
máquinas y herramientas, los insumos, la tecnología y la coordinación de los
procesos de fabricación y venta. Tal coordinación, en las empresas de capital,
está a cargo de los empresarios y de las estructuras jerárquicas; en las
empresas cooperativas de trabajo está a cargo de los mismos trabajadores
asociados. Tanto los directivos como los funcionarios y los trabajadores tienen
la obligación de que la empresa alcance los objetivos para la que fue creada,
los cuales, a la luz del Magisterio de la Iglesia, no deberán ser solamente
económicos sino, fundamentalmente, sociales y respetuosos de las personas, ya
sean éstas parte de la empresa o consumidores de sus bienes y servicios para
que puedan desarrollar todas sus potencialidades. Al respecto señala el
Documento: “Ofrézcase, además, a los trabajadores la posibilidad de desarrollar
sus cualidades y su personalidad en el ámbito mismo del trabajo. Al aplicar,
con la debida responsabilidad, a este trabajo su tiempo y sus fuerzas,
disfruten todos de un tiempo de reposo y descanso suficiente que les permita
cultivar la vida familiar, cultural, social y religiosa. Más aún, tengan la
posibilidad de desarrollar libremente las energías y las cualidades que tal vez
en su trabajo profesional apenas pueden cultivar.[37]
El
desarrollo local, al cual deben concurrir inteligentemente tanto el Estado como
las empresas y las organizaciones intermedias,
necesita líderes éticos, es decir, confiables, respetuosos de las normas y de
las personas, buenos comunicadores, comprometidos con el programa de desarrollo e
incorruptibles. Su papel es importante porque deberá influir positivamente
sobre la gente para que trabaje en la consecución del bien común de la comarca
a desarrollar.[38]
A modo de
conclusión
En
este trabajo he procurado realizar un aporte sobre el rol que deberían tener
las organizaciones intermedias en los programas de desarrollo local que sea
sustentable en el tiempo. Para ello partí de los conceptos de sociedad,
comunidad, nación, Estado, formas de gobierno y sus problemas concomitantes,
los cuales se pueden encontrar en pequeños y grandes grupos, en la empresa, la
asociación o el Estado.
La
sustentabilidad del desarrollo debe entenderse como el sistema de actividades
económicas que eviten el deterioro de los bienes de la naturaleza y también, de
una manera más amplia, que permita a los pobladores locales mantener viva su
región ya sea destacándose en lo educativo, cultural y recreativo. Deberá
evitarse confundir la radicación de empresas con el desarrollo local
sustentable. Se ha visto, en la aplicación de programas de gobiernos nacional,
provinciales y municipales orientados a la radicación de empresas, que cuando
terminó el período de beneficios que se les otorgaba, las mismas cerraban sus
puertas dejando en poblaciones del interior a los obreros desocupados lo cual
generaba otro problema nuevo.
Nuestra
preocupación por el desarrollo local se fundamenta en el conocimiento empírico
de la situación de numerosos pueblos del interior de la Argentina que van
languideciendo y desapareciendo por falta de compromiso de la misma sociedad
local y la indiferencia de los gobiernos provinciales. También el problema del
desarrollo local debe ser referido a los numerosos barrios del conurbano de las
grandes ciudades (principalmente del Gran Buenos Aires), donde hay hacinamiento
de personas y se carece de agua potable, gas, pavimentos, salas de atención
médica primaria, escuelas confortables que inviten al estudio y los deportes,
entre otros numerosos problemas.
Un
problema de suma importancia es la modalidad que se ha venido implantando
silenciosamente en las últimas décadas en varios países de América Latina: la democracia delegativa, como la llama
Guillermo O´Donnell,[39]
que también se halla presente en todo tipo de organización intermedia en las
cuales la participación e interés de los asociados es muy baja. Esa
indiferencia trae aparejado otro problema: la larga permanencia en sus cargos
de los directivos, lo que cierra el paso a los jóvenes. En la sociedad política
tal práctica aleja a las personas de la cosa pública y se pierde la
participación inteligente y meditada para caer en los reclamos populistas para
encontrar alguna solución a sus necesidades estructurales y cotidianas.
►●◄
Comentario
sobre la Diplomatura
La
Diplomatura en Ética Social, Liderazgo y Participación Ciudadana estuvo bien
articulada y contribuyó a ampliar mis conocimientos sobre la Doctrina Social de
la Iglesia y en el tema de la antropología católica. Otra contribución
importante fue sobre la Razón Ética de la Responsabilidad Social Corporativa y
la Responsabilidad social Empresaria como Tarea Filosófica. Lamento no haber
podido incorporar esos tópicos en mi trabajo final. No encontré material
específico sobre “Participación Ciudadana” aunque en los textos
correspondientes a los distintos módulos se pueden inferir algunas
aproximaciones a ese tema.
[2]
Aquino, Santo Tomás de: Suma Teológica,
I IIae q1.3 versión digital.
[3] Bertolacci, Ángela: La naturaleza
social del hombre y la ética; Material de estudio de la Diplomatura en
Ética Social, Liderazgo y Participación Ciudadana; CIES, Buenos Aires, 2012,
pág. 3
[4]
Aquino, Santo Tomás de: op. cit. I-IIae – q.4
[6] Palumbo, Carmelo E.: Guía para un
estudio sistemático de la Doctrina Social de la Iglesia; CIES, Buenos
Aires, 2004, pág. 82.
[7] Aristóteles: Ética nicomaquea; Traducción, notas e introducción Eduardo Sinnott,
Colihue Clásica, Buenos Aires, 2010, pág. 52.
[8] Aristóteles: op. cit. pág 55 y sig.
[9] Palumbo, Carmelo: op. cit. pág. 225.
[10] Ïbid. pág. 226.
[11] Ibid. pág. 229.
[12] Palumbo, Carmelo, op. cit. pág 229 y sig.
[13] Íbid. pág 235
[14]
Aristóteles: Política; Libro III,
capítulo 7; Traducción María Isabel Santa Cruz y María Inés Crespo; Editorial
Losada, Buenos Aires, 2005; pág. 185 y sig.
[15] Laclau, Ernesto: La razón populista; Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2005.
Este autor realiza un importante aporte al conocimiento de esta forma de
gobierno que si bien no es nueva, en las dos últimas décadas ha tenido una gran
adhesión por parte de los gobernantes de América latina.
[16]
Pablo VI: En el 80º aniversario de la
Rerum novarum 37; Ediciones Paulinas, Buenos Aires, 1978, pág 33.
[17] Platón: República; Libro VIII, 16, 565c; Traducción Marisa Divenosa y
Claudia Mársico; Editorial Losada, Buenos Aires 2005, pág 539 y sig.
[18] Íbib; Libro VIII, 2, 544e, pág. 499.
[19] Mirabella, Miguel A.: El concepto de autoridad y el ejercicio del poder – El ejercicio
legítimo y legal del poder político; Material de estudio de la Diplomatura
en Ética Social, Liderazgo y Participación Ciudadana; CIES, Buenos Aires, 2012,
pág. 7.
[20]
Palumbo, Carmelo E. Vigencia actual de
las organizaciones sociales intermedias, en: Organizaciones sociales
intermedias, CIES Fundación Aletheia, pág. 24.
[21]
Arella, Felipe Rodolfo: Mutualismo y asociación. Claves para crecer;
Editorial Derecho Cooperativo y Mutual; Buenos Aires, 2009; pág. 40 y sig.
[22] Pablo VI: Encíclica
Populorum progressio (Sobre el desarrollo de los pueblos); Ediciones
Paulinas, Florida, 1993, pág.28. [Se han
omitido las referencias al pie de página del texto.]
[23] Juan Pablo II: Centesimus annus; Editorial Claretiana;
Avellaneda, 1991, pág. 16. [Se han
omitido las referencias al pie de página del texto.]
[24] Pontifico Consejo “Justicia y Paz”,
Compendio de Doctrina Social de la Iglesia Nº 192, citado por Imperiale,
Marcelo en “Solidaridad y bien común como vocación natural y cristiana del
hombre en las Sagradas Escrituras, Material de estudio de la Diplomatura en
Ética Social, Liderazgo y Participación Ciudadana; CIES, Buenos Aires, 2012,
pág. 1.
[25] Juan Pablo II: Encíclica Sollicitudo rei socialis, 38; citado por Imperiale,
Marcelo en op. cit. pág. 1.
[26] Benedicto XVI: Caritas in veritate; Ediciones
Paulinas; Avellaneda, 2009, pág. 85 [Se han omitido las referencias al pie de
página del texto.]
[27] Benedicto XVI: Caritas
in veritate; Ediciones Paulinas; Avellaneda, 2009, pág. 42 [Se han omitido las
referencias al pie de página del texto.]
[28] Arella, Felipe Rodolfo: La vivienda popular. Aspectos antropológicos
y sociales de las cooperativas de viviendas; Universidad
de Belgrano (www.ub.edu.ar) Departamento de Investigación, Documento de Trabajo N°
136, Buenos Aires, 2006.
[29] Juan Pablo II: Sollicitudo rei socialis, Nº 16; en Principios y orientaciones del
Magisterio Social de la Iglesia – 15 Documentos Pontificios; CIES, Buenos
Aires, Avellaneda, 1989, pág. 645.
[30]
Juan Pablo II, op. cit. Nº 17, pág. 645.
[31] Passaniti, Daniel: Naturaleza y causas de la economía; Material de estudio de la
Diplomatura en Ética Social, Liderazgo y Participación Ciudadana; CIES, Buenos
Aires, 2012, pág. 15.
[32] Palumbo, Carmelo; op. cit. pág. 383
[33] Zarza, Santiago y Mansueti, Hugo: Trabajo y salario; Material de estudio
de la Diplomatura en Ética Social, Liderazgo y Participación Ciudadana; CIES,
Buenos Aires, 2012, pág.4.
[34] Laje, Enrique J., S.J. Presentación del documento Gaudium et
Spes, en Principios y orientaciones del
Magisterio Social de la Iglesia – 15 Documentos Pontificios; CIES,
Avellaneda, 1989, pág. 319.
[35] Gaudium et Spes, Nº 64.
[36] Íbiden, Nº 67.
[37] Íbiden, Nº 67 in fine.
[38] Treglia, Juan Alberto: Liderazgo, “apuntes y condiciones”;
Liderazgo, apuntes finales y Los cinco deberes de un líder; Material de
estudio de la Diplomatura en Ética Social, Liderazgo y Participación Ciudadana;
CIES, Buenos Aires, 2012.
[39] O´Donnell, Guillermo: Democracia delegativa; Publicado originalmente como “Delegative
Democracy”, Journal of Democracy, Vol. 5, No. 1, January 1994: 55-69. © 1994 National
Endowment for Democracy and The Johns Hopkins University Press. Tomado de
Google: Guillermo O´Donnell Democracia delegativa.
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