Quiero compartir con mis amigos el trabajo que realizara el profesor Manuel Santos Redondo sobre Robert Owen, propulsor del cooperativismo y uno de los socialistas utópicos denostados por Marx y Engels.
Felipe Rodolfo Arella
ROBERT OWEN, PIONERO DEL MANAGEMENT [1][1]
Manuel Santos Redondo
Universidad Complutense de Madrid
Universidad Complutense de Madrid
Los socialistas utópicos defienden la cooperativa
como instrumento de reforma moral y
política, debido a sus ideales socialistas basados en la perfectibilidad del
ser humano mediante la educación y la mejora de su entorno. Consideran que la
cooperativa es la mejor forma de organización de la unidad productiva, porque
dentro de ella el incentivo para el trabajo es mayor que el mero salario. Esta
organización eficiente de la producción nos llevará a la abundancia, lo que a
su vez facilitará esa reforma moral que pretenden. Pero hasta que llegue esa
abundancia, son precisamente los socialistas, marxistas o utópicos, los que
comprenden que lo más importante del sistema económico y social que está
surgiendo de la
Revolución Industrial está en las relaciones laborales dentro
de la fábrica. Los teóricos de la gestión de recursos humanos que hoy
estudiamos, a partir de Taylor, son más de un siglo posteriores; y los
economistas hace tan sólo unas décadas que se ocupan del tema.
Los marxistas, una vez sentado su objetivo
revolucionario, se ocupan de las relaciones laborales para mostrar la
explotación de los trabajadores por los capitalistas.[2][2] Hasta después de la Revolución
rusa de 1917 no caerán en la cuenta de que el problema de los incentivos para
hacer más productivos a los trabajadores no desaparece con el triunfo de la
revolución política. Los socialistas utópicos, en cambio, al pensar en unidades
productivas más pequeñas, se ocupan continuamente de cómo deben organizarse de
la forma más eficiente. Al no ser radicales en su enfrentamiento con las clases
pudientes, apelan a sus sentimientos humanitarios; pero también a sus
intereses, porque están convencidos de que sus propuestas no sólo traerán la
felicidad, sino que son plenamente rentables. Esta falta de compromiso con la
lucha de clases sacaba de quicio a Marx, que los anatemiza en el Manifiesto Comunista; eso es en 1848,
casi medio siglo después de que Robert Owen haya gestionado con éxito sus
empresas. Pero el fracaso de la economía
soviética, precisamente en la organización de la producción, nos dice bien
claro que mejor hubieran hecho los revolucionarios en atender a las
explicaciones de los cooperativistas, y especialmente a los métodos realmente
empleados por Owen antes de defender
las cooperativas como forma eficiente de organización de la producción.
La historia de los socialistas utópicos la han
escrito fundamentalmente los historiadores del socialismo. No es esa historia
la que pretendo aquí resumir ni discutir.[3][3] Quienes debemos escribir la otra historia de los socialistas
utópicos somos los que nos dedicamos a la historia empresarial, a entender las
relaciones industriales, la gestión de los recursos humanos en la empresa,
ahora y en el pasado reciente, desde el nacimiento de la empresa moderna, que precisamente da sus primeros pasos con la centralización
de los trabajadores en la fábrica.[4][4] Y en esa otra historia destaca
sobremanera la figura de Robert Owen. Por una razón fundamental: sus propuestas
"utópicas" venían de su experiencia como gestor de recursos humanos
en las empresas más grandes, tecnológicamente más avanzadas, y más rentables de
su época, y que eran las primeras "fábricas", pues hasta entonces
existía una industria dispersa o a domicilio. Que se hiciera rico de esta
manera, que fuera un self-made-man,
no es una simple faceta atractiva de su biografía: es el fundamento del que
extrajo sus propuestas, que tanto atrajeron a la clase trabajadora de
Inglaterra. Otros utópicos, como Fourier, jamás supieron lo que era dirigir una
empresa. Y en Francia, muchos de los utópicos son escasamente socialistas (como
Saint-Simon), y otros, en su experiencia práctica, dependientes del Estado para
la realización de sus propuestas. En este trabajo me propongo explicar y
discutir la gestión de empresas que Owen realizó antes de volcarse en la
actividad política. Sus escritos políticos y su actividad pública comienzan
después de 1812, cuando creyó haber demostrado en la práctica que un trato más
humanitario hacia los trabajadores era un incentivo mucho más efectivo que el
castigo o incluso que el mero aumento de salario. Adelantemos ahora que, cuando
Owen comienza su andadura política, es un industrial bien establecido, socio de
una empresa importante del sector textil, que desarrolla su actividad con los
últimos adelantos tecnológicos, con cerca de dos mil empleados, lo que
significa que era el establecimiento fabril más grande de su época en el sector;
y que Owen, además de poseer la novena parte del capital, era el único gestor y
cobraba por su labor de dirección el impresionante salario de 1.000 libras al año.
En suma, era lo que hoy llamaríamos el ejecutivo mejor pagado y al frente de la
empresa más grande y más innovadora. Es de esta experiencia, y no de los
libros, de donde obtuvo sus ideas. Para
analizarlas no podemos olvidarnos de sus escritos; pero es sobre todo a sus hechos a
donde hay que mirar. Y, especialmente, a sus hechos cuando actúa, piensa y
siente como un empresario de la Revolución Industrial.
No tenemos para esta tarea fuentes fáciles. Su
propia Autobiografía, escrita al final de su vida, en 1857, es fácil pensar que
esté reelaborada en su pensamiento teniendo en cuenta la experiencia política
que ocupó la mayor parte de su vida desde 1812. Las múltiples biografías e
historias escritas sobre él se centran más en su labor política que
empresarial; o bien miran a su labor empresarial como si desde el principio
hubiera tenido una motivación humanitaria.[5][5] Vamos a hacer aquí un esbozo de esa parte
más o menos oculta de su obra. Y lo haremos porque, como he dicho, es la fuente
de sus propuestas, lo que explica mejor el éxito o el fracaso de las mismas. Al
final se incluye un texto breve del propio Owen. Aunque sea un hombre de acción
mucho más que un intelectual, sus escritos son lo único que el lector de hoy
tiene para acercarse sin intermediarios a sus obras. Quien esto escribe es el
intermediario en esta ocasión; el texto permite al lector, por un momento,
tratar directamente con el personaje, sus ideas y sus propuestas.
1814:
Los filántropos compran New Lanark
Vamos a comenzar el estudio de los hechos de que nos
interesan de la vida de Robert Owen en 1814. En esa fecha, como consecuencia de
desavenencias entre los socios y herederos de socios de la empresa propietaria
de New Lanark, el establecimiento completo sale a subasta. Es un enfrentamiento
entre dos grupos rivales dentro de una empresa, una lucha interna por el
control. Nada que no sea habitual en los negocios, que no haya sido frecuente
en la carrera industrial del propio Owen y que no haya sido siempre bien
resuelto por él. Pero esta vez hay algo especial, que marcará un punto de
inflexión entre dos Owen: uno, el industrial con éxito, de reputación
inmejorable primero entre los industriales, clientes y proveedores; otro,
posterior, el agitador político que conecta con las masas de la clase
trabajadora, el incansable escritor y divulgador de sus escritos, el iniciador
de comunidades, sindicatos, cooperativas. Esta vez los socios que reúne para
intentar comprar New Lanark y deshacerse de los incómodos socios anteriores no
son hombres de negocios. Owen es, en la sociedad, el único director y el
principal accionista. Logrará comprar el establecimiento, en 114.100 libras.
En su Autobiografía, escrita como hemos dicho, al
final de su vida, y con otros pensamientos, nos dice Owen que, para entonces,
estaba cansado de socios que sólo querían ganar dinero, que "estaban
entrenados meramente para comprar barato y vender caro". Los seis socios
que busca y encuentra esta vez son diferentes: gente muy distinguida que nunca
había tenido contacto comercial con los negocios ni con el propio Owen. John
Walker de Arnos Grove, el más rico de ellos, tenía, por herencia, una fortuna
como para comprar New Lanark varias veces sin que su patrimonio lo notara. Los
demás eran filántropos y reformadores de inspiración religiosa; y el filósofo
(también rico por herencia) Jeremy Bentham, que nunca había tenido contacto con
un negocio de verdad. Todos aceptaron las condiciones de Owen: él sería el
único director del negocio, sin interferencias; recibirían el 5% de interés por
el capital aportado, y los beneficios (que no cesaron) se dedicarían a la
educación de los niños y la mejora de las condiciones de vida de los
trabajadores. Como podía esperarse de este tipo de socios, las exigencias que
impusieron eran de otra índole: no se darían enseñanzas contrarias a la
religión cristiana, no se promovería el ateísmo, y los libros que pasaran a
formar parte de la biblioteca de la escuela habían de ser aprobados por todos
los socios. Bien diferente a las exigencias de los inversores normales en una
empresa rentable. Precisamente de estas condiciones iban a venir posteriormente
las desavenencias: la educación como diversión, que Owen intentaba implantar, y
la insistencia de Owen en que el "prejuicio religioso" era el origen
de todos los males, tropezó con la visión convencional de la enseñanza que
tenían sus socios y con sus motivaciones religiosas. Robert Owen tenía ideas
muy avanzadas para su época sobre la educación. Creía que se debían enseñar a
los niños de la clase obrera algo más que leer, escribir y las reglas de la
aritmética; que las ciencias naturales, la música, el baile, y los juegos eran
muy importantes. En la escuela de New Lanark introdujo nuevos métodos de
enseñanza, con uso de dibujos y mapas. Pensaba que la educación debía ser
natural y espontánea, pero sobre todo amena. Los visitantes, muchos de ellos
ilustres, admiraban la escuela, pero los socios de Owen rechazaban con fuerza
esos métodos. Al final, la música y el baile desaparecieron, y se introdujeron
la educación religiosa formal y los viejos métodos de enseñanza. Pero esa es
una historia posterior, de la que se ocupan los historiadores del socialismo.[6][6] A
nosotros nos interesa el Owen anterior a ese momento, que es sin duda un cambio
importante en su vida y en su actividad como industrial. Hasta entonces ni
siquiera escribe, hace. Después escribe
panfletos sin cesar, se dedica de lleno a la reforma política y a la vida
pública, para predicar la generalización de la sociedad que él entendía había
logrado formar con éxito en New Lanark.
Mencionemos solamente, antes de repasar hacia atrás
los hechos que nos interesan (mezcla de acontecimientos estelares de la Revolución Industrial
y de la vida del propio Owen) que ni siquiera el segundo Owen fue nunca un
intelectual. No tenía mucha cultura. En la escuela aprendió, hasta los 9 años,
a leer, escribir y las reglas de la aritmética; y luego leyó bastante en su
adolescencia, pero la experiencia en los negocios valía para él más que todo lo
que los libros pudieran enseñar. Lo que más le preocupaba en ese terreno, desde
su adolescencia, era el complejo que siente un hombre rico, pero hecho a sí
mismo, ante gente culta, de buenas maneras. Cuando descubrió que su lenguaje
directo, con ideas claras que iban directas al objetivo de la exposición, y con
hechos y datos relevantes para el tema en discusión, llegaba al auditorio de
Manchester con más fuerza que la retórica de Coleridge, se acabó su complejo de
persona poco ilustrada. La propia mención que hace en su Autobiografía del
debate con Coleridge nos dice bien claro que no era un romántico: no aparece
ningún interés por la poesía de Coleridge y Worsworth (al contrario que John
Stuart Mill, al que la lectura de estos poetas ayudó a superar una profunda
depresión), sólo una preocupación de quien quiere ascender en la escala social.
Pero incluso después de este ascenso, cuando era un
hombre rico y un triunfador en los negocios pero dedicado plenamente a la
reforma política y moral de la sociedad, seguía siendo un hombre práctico. La
descripción que hace de la compra final, por parte del conjunto de socios filántropos,
es más una justificación, en términos empresariales, de su gestión anterior: si
New Lanark valía 114.100
libras, debía haber sido una empresa bien gestionada
desde que Owen y sus socios la comprasen, en 1789, por 60.000 libras. Y el
establecimiento textil siguió dando beneficios bajo la dirección de Owen, con
socios de cualquier tipo. Nadie mejor que Engels, que junto con Marx adjudicó
la despectiva etiqueta de "utópicos" a los socialistas que apelaban a
los buenos sentimientos de los ricos, para dar cuenta de que la formación de
Owen seguía presente en los años políticos. Dice Engels en Socialism: Utopian and Scientific [1880]:
"El comunismo de Owen se
basaba en fundamentos puramente empresariales, digamos que era el resultado de
cálculos comerciales. Siempre mantuvo este carácter práctico. Así, en 1823,
Owen propuso remediar la miseria en Irlanda mediante la formación de colonias
comunistas, y llevó a cabo una estimación completa de los costes de fundarlas,
el gasto anual de las mismas, y el rendimiento esperado. Y en su plan
definitivo para el futuro, el desarrollo técnico de los detalles está llevado
con tal conocimiento práctico ... que una vez que aceptásemos el plan de Owen
para la reforma social, habría muy poco que decir, desde el punto de vista
práctico, acerca de la organización concreta de los detalles."[7][7]
Engels, a pesar de tener, por sus negocios
familiares precisamente en el sector textil en Manchester, un conocimiento de
los asuntos empresariales mucho más directo que Marx, era sin duda un
"hombre de libros", y se extraña de esta característica tan práctica
y empresarial en un reformador social como el Owen a quien él se refiere. Para
cualquiera que estudie la Revolución Industrial y la carrera empresarial
del propio Owen, lo verdaderamente chocante es que los historiadores del
Socialismo hayan asociado, como Engels, la figura de Owen, práctico y
empresarial, con la de Fourier, soñador más bien loco.
A ese carácter práctico hay que añadir una visión
industrialista, diríamos capitalista, de la producción moderna que otros
defensores de las cooperativas no compartían, bien por ideología o simplemente
porque la mayoría de quienes apoyaban el movimiento eran gente pobre. Aquí hay
un elemento político, la que irrita a Marx y Engels: Owen, además de poner su
fortuna personal en sus experimentos, confiaba siempre en convencer a los ricos
y poderosos para que pusieran grandes cantidades de dinero en sus proyectos, y
así había ocurrido muchas veces. Pero hay un elemento empresarial que no debemos
pasar por alto: Owen tenía claro que la producción moderna requiere capital, y
que cualquier comunidad necesitaba arrancar con una inversión suficiente como
para ser competitiva, no constituirse en un pequeño mundo aparte. Continuamente
vemos disputas con otros dirigentes y pensadores del movimiento cooperativo
porque consideraba que las cooperativas o comunidades no eran viables sin un
capital inicial elevado (Morton, pp. 38, 48, 49)
El
joven Owen, un empresario triunfador
Robert Owen nació en Newtown, en Gales, en 1771. Era
un pueblo de unos mil habitantes, centro de comercio de una comarca rural. Su
padre tenía un negocio de guarnicionería y ferretería. En la escuela del pueblo
aprendió lo básico, pero tenía acceso a las bibliotecas de la gente ilustrada
del pueblo, y solía leer una novela cada día. Con nueve años dejó la escuela,
en la que destacaba tanto como para que el maestro le tomase, desde los siete
años, como ayudante para enseñar a leer, escribir y la aritmética a los demás
niños. Entró a trabajar de aprendiz en una de las tiendas importantes del
pueblo, trabajando todos los días pero viviendo con sus padres. Pero nuestro
chaval quería ver mundo, y con diez años sus padres le enviaron a Londres,
donde uno de sus hermanos estaba bien establecido en el mismo oficio que había
aprendido de su padre. Con recomendaciones familiares consiguió trabajo de
aprendiz en Stamford, una "ciudad de provincias", ciento sesenta
kilómetros al norte de Londres en la ruta hacia Manchester y Escocia. En su
Autobiografía, Owen siempre da los detalles comerciales, técnicos, salarios,
todo detallado de la manera que llama la atención del intelectual, pero que no
sorprendería a ninguno de sus colegas en los negocios. (Resulta notable que los escritos políticos
de Owen sean repetitivos y bien poco atractivos, y sin embargo su
Autobiografía, escrita como cualquier autobiografía de un hombre de negocios
triunfador y en un lenguaje nada grandilocuente y siempre llena de datos, sea
el único de sus libros atractivo y agradable de leer). Su contrato era por tres
años; el primero sin paga, el segundo con un salario anual de 8 libras, y 10 libras el tercero.
Todo ello con alojamiento, comida y lavado de ropa en la casa. ("Desde
entonces, con diez años, nunca más necesité dinero de mis padres", nos
dice Owen). El empresario, James McGuffon, era un comerciante reputado, hecho a
sí mismo, que trató al chaval como uno más de la familia, y su biblioteca
permitió a Owen seguir leyendo. Pero nos interesa lo que empieza a ser una formación
empresarial práctica. "El señor McGuffon me introdujo cuidadosamente en la
rutina de los negocios, me enseñó sus detalles, hasta acostumbrarme al orden y
a la precisión. El negocio funcionaba de acuerdo a un sistema bien diseñado,
con resultados muy rentables" (p. 17). Era un comercio textil de
importancia, sobre todo de ropa de lujo para mujer, y muchos de los clientes
eran de la más alta nobleza. Owen destaca por igual dos cosas que aprendió: las
maneras de aquella gente, y el trato cuidadoso con las mercancías finas y
delicadas.
Pasados los tres años, nuestro adolescente seguía
queriendo ver mundo, y eso significaba Londres, Londres, Londres. Con las
recomendaciones de McGuffon entró a trabajar en una gran tienda de tejidos de
Londres, "Flint and Palmer", en London Bridge. Tenía comida y
alojamiento en la casa, "y un salario de 25 libras anuales, y me
consideré a mí mismo rico e independiente" (p. 25). Pero los clientes eran
muy diferentes, muchos de clase inferior; y recibían un trato impersonal, sin
coba ni regateo en el precio. En la temporada de más actividad, la tienda
permanecía abierta desde las ocho de la mañana hasta las once de la noche, los
empleados tenían que madrugar bastante más para llegar vestidos y peinados de
forma impecable. Comían algo rápidamente y por turnos, y luego se quedaban
ordenando el género, ya sin los clientes en el establecimiento, hasta las dos
de la mañana. Demasiado, aunque fuera en Londres. Owen utilizó sus
recomendaciones y consiguió trabajo en un comercio importante de Manchester,
con un salario, además del alojamiento, de 40 libras anuales, que ya
era dinero. Las condiciones de trabajo eran buenas, los empleados solían ser de
buena familia, y Owen trabajó allí hasta los 18 años.
Entonces, uno de los proveedores le habló de la
nueva maquinaria que el industrial e inventor Richard Arkwright estaba
introduciendo en la fabricación de tejidos, y le propuso dedicarse fabricar y
vender esas máquinas. Owen pidió prestadas 100 libras a su hermano
en Londres y se embarcó en su primera aventura empresarial. Pronto tenían
cuarenta empleados, compraban a crédito la madera y el hierro, y el negocio
funcionó bien. Pero era él quien lo llevaba: su socio era bueno en asuntos
mecánicos, pero llevar las cuentas y dirigir al personal era tarea de Owen, que
no entendía de máquinas pero se aplicó con intensidad. Considerándose bastante mejor empresario que
su socio, Owen, en cuanto pudo, se estableció por su cuenta como empresario
textil, utilizando tres de las máquinas producidas por su antigua empresa y que
recibió como recuperación del capital invertido (pp. 31-32).
La naturalidad con que hablamos de negocios,
máquinas, trabajadores y tejidos nos hace olvidar lo que es una cuestión
fundamental: estamos en 1790, en los años de ebullición de inventos y
producciones de lo que hoy conocemos como Revolución Industrial, pero no era
nada obvio para los contemporáneos (García Ruiz, 1994, p. 25). Unas décadas más
tarde la sociedad será plenamente consciente del inmenso poder de
multiplicación de la riqueza material proporcionado por la nueva industria, y
de las consecuencias sociales del cambio en la organización social. Es decir, a
la vez de la miseria colectiva y de las posibilidades de resolverla, ambas sin
precedentes y ambas a la vista de cualquier contemporáneo, sin necesidad de
perspicacia o investigación. Pero esto no era así cuando nuestro casi
adolescente Owen está iniciando su espectacular carrera empresarial. Las
máquinas, el que los trabajadores estuvieran agrupados en las fábricas, los tejidos
de calidad, todo era tan nuevo como los ordenadores podían serlo para nosotros
hace veinte años, y todo ello estaba empujado por su espectacular rentabilidad
y el ingenio de mecánicos y capitalistas, no por la ciencia de las
universidades. El lenguaje es el que más claro nos lo muestra: escribiendo en
1857, todavía dice Owen de su primera empresa propia: "Alquilé un edificio
grande de nueva construcción, o fábrica (factory),
como empezaba a llamarse a estos sitios" (p. 34). Comenzó a fabricar
tejidos de calidad, que nadie hacía entonces en Inglaterra. "Ganaba una
media de seis libras de beneficio cada semana, y consideraba que lo estaba
haciendo bien para ser novato" (p. 36). Entonces apareció en la prensa de
Manchester un anuncio pidiendo un director para una gran fábrica que estaba en
proceso de instalación. Un capitalista importante de Manchester, Peter
Drinkwater, había construido una fábrica para producir tejidos finos, y cuando
el edificio estaba terminado y montándose en él la maquinaria, su director, un
reputado ingeniero, se marchó a otra empresa como socio. Owen, con 20 años, se
presentó a la entrevista y pidió un salario de 300 libras, lo que
sorprendió al capitalista aún más que su edad. Pero cuando le convenció,
mostrándole los libros de cuentas y el funcionamiento de su propio negocio, de
que ese dinero era lo que él estaba ganando en ese momento, consiguió el
puesto. De un día para otro, se vio al frente de una empresa de 500 empleados,
dejada el día anterior por el ingeniero director, y sin más ayuda para entender
el funcionamiento de todo que los dibujos y los cálculos del anterior director,
la organización ya en funcionamiento y la propia capacidad de trabajo y de
observación del jovencísimo Owen. Durante seis semanas solo contestó sí o no a
las preguntas sobre lo que había que hacer, sin dar ninguna orden directa. Pero
después de ese tiempo, no sólo era capaz de conocer, dirigir y organizar el
negocio, sino que producía el tejido de
más calidad de Inglaterra, que es como
decir entonces del mundo, y se hizo una fama entre los empresarios y
profesionales del sector.
¿Qué tenía Owen para semejante hazaña? Hay mucho de
estar al día en las continuas innovaciones tecnológicas, en la calidad de los
tejidos y en las posibilidades de las materias primas, como el algodón de
Estados Unidos.[8][8] Pero sobre todo hay mucho de gestión de
personal en la fábrica, en una época en que la fábrica y la gestión de personal
eran nuevas o inexistentes. Los trabajadores de la fábrica se mostraban disciplinados, y a la vez satisfechos con las
reglas y el modo de dirección establecido por Owen. El propio Owen destaca la
influencia que ejerce sobre los trabajadores.
Escribiendo en 1857, lo achaca a su conocimiento de la naturaleza
humana, adquirido al abandonar "los prejuicios religiosos"; no se le
ocurre pensar que se deba a su capacidad de motivar adecuadamente al personal,
entendida como parte de sus habilidades naturales y conocimientos técnicos de gestión. Después de
seis meses de gestión, "yo tenía una influencia completa sobre los
trabajadores, y su orden y disciplina superaba a la de cualquier fábrica de la
zona. Eran un ejemplo de regularidad y sobriedad, y ganaban salarios más altos
y eran más independientes que nunca" (p. 42). Además, la fabrica estaba
ordenada y limpia de forma que estuviera siempre lista para ser inspeccionada.
El señor Drinkwater, el capitalista, apenas pisó la
fábrica, pero sabía bien, ahora aun mejor que cuando se había atrevido a contratar a un joven de veinte años para ese puesto, la estrella que había fichado.
Ofreció a Owen unas condiciones que le asegurasen sus servicios: 400 libras anuales para
el siguiente año, 500 para el tercero, y al cuarto año pasar a ser socio con
una cuarta parte del capital y de los beneficios. Pero cuando Owen debía entrar
como socio, los planes matrimoniales (y patrimoniales) para la hija de su
patrón se interfirieron: el pretendiente era Samuel Oldknow, uno de los más
importantes industriales del sector, y en cuyos planes no entraban socios como
Owen. Así que nuestro ahora reputado director industrial se puso por su cuenta,
pero ya no como un novato. Con otros dos socios capitalistas pasivos, formó la
"Chorlton Twist Company", bajo su dirección, y para poner en
funcionamiento nuevas fábricas, que tardarían algo más de dos años en entrar en
producción. Robert Owen era ahora un gestor reputadísimo, con contactos
capitalistas y comerciales en Manchester y Escocia, y en no escasa medida,
un hombre de negocios establecido.
En este momento se entrelaza la vida sentimental y
la carrera industrial de Owen. La autobiografía, en este momento, podría ser
una novela de Jane Austen, que bien poco tiene que ver con el futuro reformador
que pretenderá abolir la familia y provocará
tal rechazo entre las clases acomodadas y bienpensantes que llegará a ser
considerado el Anticristo. Dice el
propio Owen: "Ahora que estaba establecido con éxito como socio en una de
las compañías más respetables de Manchester, me sentí inclinado a buscar una
esposa" (p. 65). Tanto en el casamiento de la hija de su anterior patrón,
como en el suyo propio, Owen explica sin mayor extrañeza (que sí provoca sin
duda en el lector de hoy, a no ser que se lo tome como un pasaje de las novelas
de Austen) la negociación de las condiciones patrimoniales del contrato, la
dote, la posible herencia, y los lazos empresariales que se ponían en marcha
entre las empresas de ambas familias. La esposa pretendida por Owen era la hija
de David Dale, uno de los industriales más respetados de Escocia. También, como
Owen, un self-made-man, hijo de un
tendero, que después de tener éxito como hombre de negocios se casó con la hija
de un importante director del Royal Bank
of Scotland.
Dale era propietario de la fábrica de tejidos más
grande de Gran Bretaña, en New Lanark, a unos cincuenta kilómetros de Glasgow.
Richard Arkwright había construido su primera fábrica, que utilizaba un caballo
como fuerza motriz, en 1772; once años después Arkwright tenía cerca de cinco
mil empleados en diversas fábricas. Buscaba socios que aportasen el capital
mientras él aportaba las (discutidas) patentes para usar sus máquinas. En 1782
Arkwright y Dale estudiaron los saltos del río Clyde, celebrados por poetas y
pintores, con la mente puesta en la utilización de su energía para la industria
del algodón, y formaron una sociedad para desarrollar el proyecto. En 1784 ya
estaban construidas varias fábricas y un pueblo entero; entonces Dale compró a
Arkwright su parte y se convirtió en el único propietario. David Dale era,
además de un industrial importante, un filántropo y líder religioso. New Lanark
era ya un establecimiento modelo con él, a pesar de la terrible descripción que
hace Owen de las condiciones de los trabajadores cuando él llegó. Un visitante
de New Lanark escribía en 1796: "Es una verdad que debería grabarse en
letras de oro, para honrar eternamente al fundador de New Lanark, que de los casi tres mil niños que han
trabajado en estas fábricas en doce años, solo catorce han muerto y ninguno ha
sufrido condena criminal" (Owen, Robert
Dale, 1967, pp. 27-35). Esta mención a las muertes por accidentes o
malnutrición y a los castigos serios no deben tomarse a broma. Los niños
trabajaban en las fábricas hasta el agotamiento, y les resultaba difícil
mantener la velocidad que se les exigía en el trabajo. Los castigos físicos, a
veces brutales, eran frecuentes, por llegar tarde, por hablar con otros niños,
por algún error real o aparente. Si se escapaban de la fábrica podían ser
enviados a prisión, y si se temía que se fugasen se les ponía grilletes. El
hecho de que sea el nieto de David Dale, escribiendo casi un siglo después y
sin duda con otros standards de moral y de higiene y salud, el que destaque
esto como mérito nos dice bien claro cuál debía ser la situación más frecuente
en otras fábricas
Si hemos de
creer a Owen en su Autobiografía, se enamoró de Anne Caroline Dale y, puesto
que necesitaba la aprobación de su padre, lo mejor que se le ocurrió fue entrar
en negociaciones para comprar New Lanark. Finalmente la "Chorlton Twist
Company", de la que Owen era gestor
y propietario de la novena parte del capital, adquirió los
establecimientos por 60.000
libras. Era el verano de 1797, Owen tenía 28 años.
Importantes amigos de Owen influyeron también sobre David Dale para convercerle
de las virtudes de Owen como yerno, y el
30 de septiembre se acordó el matrimonio de Robert Owen y la hija de David
Dale. En enero del año 1.800, Owen se hizo cargo de New Lanark, como socio
propietario y único director. Margaret Cole nos dice, en su biografía de Owen,
juzgando por las cartas que ambos se escribieron, que Caroline estaba muy
enamorada cuando se casaron, y así siguió toda su vida; pero que "es
dudoso si no eran las fábricas tanto como la dama lo que atraía a Owen"
("it is doubtful whether it was not the mills as much as the lady which
attracted him", Margaret Cole, p.
35-36). Como hemos dicho antes, el tono de la autobiografía, como el de las
novelas de Austen, cuando habla de las condiciones de los matrimonios es el
mismo que cuando se refiere a las condiciones de los contratos mercantiles, y
resulta difícil pensar que el Owen industrial triunfador de 28 años
diferenciase el amor del ascenso social.
Pero volvamos a los negocios. Owen se convierte en
el director de la fábrica más grande de Gran Bretaña, un reputadísimo gestor
que llegaría a cobrar por su trabajo 1.000 libras anuales
además de su parte en los beneficios, y un hombre de negocios bien establecido
y relacionado. Lo que hoy llamaríamos el ejecutivo de la principal empresa del
sector puntero en tecnología en un momento de efervescencia industrial. Desde
luego que no es esta la labor por la que Owen es más conocido; pero insisto que
lo que aquí pretendo no es solo destacar esa atractiva faceta de su biografía,
sino que sostengo que sus ideas de organización de la sociedad provenían de su
experiencia como hombre de negocios, concretamente como gestor de personal en
una época en que todo eso era nuevo. De su experiencia en motivar e incluso
transformar a las personas para hacerlas más productivas a la vez que más
felices. Y que, por tanto, mucho más que sus escritos políticos, son sus hechos
en ese período en que está logrando las cimas más altas del self-made-man los que tenemos que mirar
si queremos entender lo más importante de su contribución al progreso de la
humanidad.
New Lanark bajo la dirección de Robert Owen
En New Lanark Owen no solo se propone llevar a cabo
una buena gestión empresarial, sino un experimento social. Eso dice en su
Autobiografía, escrita en 1857. Pero lo cierto es que hasta 1812 Owen no tiene
nada que ver con la política, piensa y siente como un industrial y lo único que
le preocupa de los círculos intelectuales y distinguidos es cómo consolidar en
ellos su posición social a pesar de su acento galés y su escasa educación
formal. Así que analicemos su trabajo en New Lanark, sin preocuparnos de si lo
hacía como empresario o como filántropo. De lo que no cabe duda es de que lo
hacía bien como empresario: el establecimiento aumento su valor y no dejó de
producir importantes beneficios, además de proporcionarle a él uno de los
salarios más altos de la época (García Ruiz, 1994, pp. 28-29).
Owen y sus contemporáneos describen el pueblo
industrial de New Lanark como la antítesis de una población adecuada para la
industria: la depravación moral que todos señalan se traduce, en lenguaje
actual de gestión de personal, en alcoholismo,
delincuencia (que incluye sobre todo robos en las fábricas), absentismo,
nula motivación y escasa productividad. No cabía esperar otra cosa, a pesar de
que David Dale tenía sin duda mucho mejor corazón que la mayoría de sus colegas
industriales. Especialmente sobrecogedoras, sea cual sea su resultado en la
productividad, son las condiciones de trabajo de los niños. Los empresarios de
las fábricas eran responsables de su comida, vestimenta, alojamiento y
educación, pero bien pocos lo hacían en condiciones humanas. Los niños, en
consecuencia, apenas crecían y estaban pálidos y con deformaciones físicas, y
casi siempre analfabetos. No existía ninguna seguridad física en el trabajo, y
muchos niños resultaban muertos o heridos en accidentes de laborales. New
Lanark era, antes de llegar Owen, un establecimiento mucho más humanitario de
lo normal, en cuanto a alimentación, alojamiento y escolarización; aún así,
resulta, para un lector moderno, aterrador tan solo imaginarlo. En cuanto a la
escolarización, en 1796, David Dale informaba al Manchester Board of Health que, de los 500 niños, 80 sabían leer,
24 de ellos lo suficientemente bien como para no necesitar más
escolarización.
New Lanark es el paradigma de la dislocación que
supuso para la sociedad británica la Revolución Industrial.
Era un pueblo completamente nuevo, de más de dos mil habitantes. Owen llama ciudad ("market town") a
su Newtown natal, de unos mil habitantes; pero todos llaman pueblo,
"village", a New Lanark. De los 2.000 trabajadores, 500 eran niños,
reclutados generalmente de orfanatos (workhouses)
de Edimburgo y Glasgow, porque los trabajadores eran reacios a permitir que sus
hijos trabajasen en las fábricas. Los niños eran adecuados para ese trabajo, no
solo por su bajo coste, sino porque su pequeño tamaño les permitía introducirse
en los entresijos de las máquinas para recoger el algodón que iba cayendo o
revisar posibles averías. Todo esto se hacía continuamente, mientras las
máquinas estaban funcionando. La mayoría
de los obreros procedían de remotas aldeas en las Highlands de Escocia, y ni
siquiera habían visto nunca un edificio de varias plantas, como el que
albergaba el impresionante ingenio que con una gran rueda movida por el agua en
el sótano, distribuía a las diferentes plantas la energía para que funcionasen
los telares. [Figura nº 1.- Dibujo del
edificio principal y el mecanismo de utilización de la fuerza motriz del agua,
en New Lanark.] [Figura nº 2.- Las fábricas de algodón de New Lanark, según
una ilustración de la época.] Los niños
eran la verdadera mano de obra de las fábricas. Empezaban a trabajar a los
cinco o seis años, con una jornada de trabajo de hasta catorce o incluso
dieciséis horas, y a los poco años su palidez y malformaciones físicas eran
inevitables. No es de extrañar que fuera precisamente en este terreno donde
confluyeran el Owen industrial y el Owen reformador social, en un sentimiento
compartido por muchos de las clases acomodadas. Las críticas a la religión, a
la familia, y a la propiedad privada, alejaron después a Owen del respeto de
los bienpensantes. Pero en la primera década del siglo XIX, su nombre
significaba todo menos socialismo utópico: conjugaba los sentimientos
humanitarios de buena parte de la clase acomodada e ilustrada ("la fábrica
llegó a representar para la conciencia puritana la imagen perfecta del
infierno", nos dice García Ruiz, 1994, p. 29, citando a Mantoux) con la
evidencia contrastada en New Lanark de que unas condiciones de trabajo mejores
no disminuían sino aumentaban la rentabilidad de las grandes fábricas. Conviene
recordar aquí que Richard Arkwright, el coloso empresarial del mismo momento y
sector que Owen, y al que no conocemos intereses distintos que los
empresariales, nunca permitió que sus trabajadores excedieran las doce horas de
jornada diaria, cuando en la mayoría de las fábricas esta jornada era de
catorce horas o más (George, p. 56).
Volvamos a la administración de personal y la
rentabilidad, que eran las tareas de Owen en New Lanark. El primer problema con el que se enfrentó,
acostumbrado como estaba a ejercer gran influencia sobre los trabajadores, es
que éstos, además de la resistencia natural a cambiar de hábitos, eran
escoceses a los que se les imponía un director inglés. Esta vez no fueron seis
meses, sino seis años los que necesitó para ganarse su confianza. New Lanark
fue conocida en todo el mundo como uno de los primeros experimentos de crear un
entorno de trabajo y unas condiciones de vida aceptables para la población
trabajadora, sin apartarse del proceso industrial de mecanización a gran
escala. Aparte de la escuela, se construyeron viviendas mejores para los trabajadores y sus familias, con
iluminación por gas, y condiciones
higiénicas cuidadas. Owen mejoró las tiendas, lo que se tradujo, nos dice con
su habitual precisión, en una mejora visible de su salud y de su vestimenta:
ahorraron el 25% de sus gastos y mejoró la calidad de la mercancía. Pero la confianza
de los trabajadores se la ganó Owen en una situación más dramática: en 1806
Estados Unidos suspendió sus exportaciones de algodón por una crisis
diplomática. El precio de la materia prima no hacía rentable la producción, y
la mayoría de las fábricas pararon y dejaron sin empleo a los trabajadores
hasta que se solucionó la crisis, cuatro meses después. Pero Owen paró la
producción sin dejar de pagar a los obreros, 7.000 libras en total
sin más contrapartida que mantener la maquinaria limpia y en buenas
condiciones. No se descontó ni un penique del salario de nadie. "Este
proceder ganó la confianza y el corazón de toda la población". (David Dale
había actuado de forma parecida antes de llegar Owen, cuando un incendio
destruyó parte de las fábricas. Morton, p. 77).
En esta medida vemos la conjunción de lo que resulta
siempre mezclado en la gestión de Owen: el establecimiento de un implícito pero
cierto seguro de desempleo, que sin duda ha de tener efecto sobre la motivación
y el clima laboral en la empresa; y el
paternalismo de una actuación que todos los trabajadores atribuyen a un patrón
con cara y nombre, al que amar y admirar. Owen era completamente contrario a
los castigos corporales, que eliminó de la educación de su establecimiento; y
creía en los estímulos positivos. No obstante, tenía que inventar
procedimientos para controlar los hurtos en la fábrica y para controlar el
rendimiento. Lo primero lo hizo con un sistema de control que hacía evidente en
qué punto de la cadena se había echado en falta una herramienta: en otras
palabras, qué trabajador era el culpable del robo. Lo segundo lo hizo con ayuda
de lo que consideró el ingenio más eficiente para controlar la conducta poco
diligente de los trabajadores: el "vigilante silencioso" (silent monitor). Se trataba de una pieza
de madera de forma cúbica, que podía girar sobre un eje para mostrar una de las
cuatro caras visibles, pintadas con cuatro colores diferentes: negro, azul,
amarillo y blanco. Había un cubo para cada empleado, colgado en un sitio bien
visible para todos, y el color decía
cuál había sido el comportamiento del trabajador el día anterior: negro si era
malo, blanco si era excelente, azul y amarillo para el comportamiento regular o
bueno. Además, se llevaba registro diario esta conducta, en los libros de
registro que duraban toda la vida laboral del trabajador.[9][9] El superintendente de cada departamento
ponía diariamente cada "vigilante silencioso" en la posición
correspondiente, y el jefe de fábrica ponía el del superintendente. Si alguien
no estaba de acuerdo, tenía derecho a quejarse a Owen, o al jefe de fábrica si
Owen no estaba, antes de que la puntuación se registrase en el libro; pero
estas quejas se producían muy raramente. Esto tuvo un efecto de mejora que
superó cualquier expectativa. "Así yo podía ver de un vistazo, según
pasaba por cada dependencia de las fábricas, cómo se había comportado cada uno
durante el día anterior" (pp. 112, 189). Los colores que predominaban
fueron pasando del negro al blanco. Pero de nuevo la pregunta: ¿A qué se debía
esta mejora del comportamiento? ¿A la mejor forma de organización y control que
suponía el registro de comportamiento, o a la figura paternal de Owen, que
ejercía ya la influencia deseada en los trabajadores? Margaret Cole (p. 58) nos
dice que "Owen trataba a sus trabajadores como lo hacía con los niños en
la escuela. Los trabajadores que tenía no eran muy cualificados, y Owen trataba
a los niños de una forma bastante más racional que la mayoría de sus
contemporáneos. Así que ésta puede ser una de las razones de su éxito."
Edmund Wilson (p. 116) es aún más claro, interpretando la mirada de Owen con
mucho más significado que el de un supervisor objetivo. En su espléndido libro Hacia la estación Finlandia[10][10] dice que si alguien tenía el color negro, Owen no le
decía nada, "fijaba simplemente su mirada, según pasaba, en el trabajador
culpable" y esto era suficiente para avergonzarlo. La explicación del propio Owen pretende ser muy distinta de la de
Wilson, pero juzgue el lector: "los obreros me observaban cuando miraba
los telégrafos [como la gente llamaba a los silent
monitor] –cuando el color era negro, me limitaba a mirar al empleado y
luego al color–, pero nunca dije ninguna palabra a ninguno de ellos a modo de
reproche" (Autobiografía; recogido en Morton p. 77).
Pollard hace una interpretación bien alejada del
paternalismo:
"Un ejemplo de caso
aislado de reflexión consciente sobre la dirección de empresa e intento de
sistematizarla es el de Robert Owen, primero en Manchester y luego en New
Lanark. ... Su ventaja competitiva no provino de una gran capacidad de
negociación, ni de unos canales de comercialización especialmente eficaces,
sino que surgió de su capacidad de ganarse la colaboración de sus trabajadores
sin por ello pagarles más que salarios competitivos, así como la 'metódica
disposición' de la fábrica, una atenta política de modernización técnica y una
cuidadosa selección y formación de los subdirectores. Es probable que su éxito
se debiera en gran medida a su capacidad de manejar las técnicas
administrativas del sistema fabril, técnicas que, en aquella época, eran
totalmente ajenas a la experiencia de los hombres que estaban explotando esta
nueva forma de organización social. Cuando Owen llegó de Manchester para
hacerse cargo de la dirección de las fábricas de New Lanark, estaba dotado de
un conocimiento de los procesos administrativos de la dirección de una fábrica
que tal vez fuera único en la época. Esto le permitió realizar la más fina de
las hilazas, con la cual se obtuvieron los grandes beneficios que sirvieron de
base a sus proyectos filantrópicos" (Pollard, pp. 329-330).
Estas dos posibles interpretaciones del éxito de
cada medida de Owen en la administración de personal, la paternalista o la del
conocedor de las técnicas de administración de personal (las dos explicaciones
no son necesariamente contradictorias) van a ser más importantes en la segunda
etapa de su vida, la que no analizamos aquí. Cuando se lanza a fundar
comunidades que extiendan los métodos humanitarios de New Lanark (aunque menos
industriales, pues pretende que sean autosuficientes), se repite una y otra vez
la misma situación: las cosas no van mal
al principio, pero cuando Owen, que creía en los principios igualitarios de que
hablaba, quería que la comunidad siguiera funcionando sin él, con los
directores que él había formado, entonces el fracaso era absoluto. Wilson (p.
116) destaca los nobles ideales del patrón: "Owen había empezado su labor
en New Lanark con los seres menos prometedores que quepa imaginar. Y nunca se
le ocurrió pensar que su propio carácter era excepcionalmente elevado, y que a
él y no a la bondad natural de los hijos de aquellos padres miserables se debía
el que New Lanark fuera una comunidad modelo. No comprendió que New Lanark era
un mecanismo que él mismo había creado y que personalmente tenía que controlar
y mantener en funcionamiento." Estas virtudes como dirigente industrial
pueden ser muy bien defectos para trabajar en equipo. William Lovett, uno de
los dirigentes del cartismo y que trabajó después con Owen en el movimiento
cooperativista, afirma que Owen era
fundamentalmente despótico y resultaba prácticamente imposible colaborar con él
sobre bases democráticas.[11][11] Añadamos a estas explicaciones que no
todos valemos igual para gestionar una empresa y organizar y motivar a sus
trabajadores; Owen era un genio, al que los capitalistas no dudaban en pagar
bien por su trabajo. Convertido en reformador social, filántropo y terco
"hombre de una sola idea", como le consideraron los intelectuales que
primero se acercaron a él con toda la atracción, simpatía y admiración, parece que se le olvidó que la capacidad para
los negocios es un conocimiento y una habilidad compleja, más importante cuanto
más compleja es la economía en la que se desarrollan los negocios. Debió pensar
que las mil libras anuales que cobraba por dirigir New Lanark eran absurdas,
cualquiera podía hacer ese trabajo.
Owen realizó intentos de nuevas comunidades en
Estados Unidos, Inglaterra e Irlanda, y
perdió en ellos toda su fortuna. No era solo que sus ataques a la
religión y a la familia le convirtieran en una mala compañía para la gente
bienpensante; ahora ya no tenía ni el dinero de un industrial acomodado ni la
reputación de buen gestor, sino todo lo contrario: la de visionario utópico.
Además de sus ideas y su perseverancia,
mezcla de nobleza y vanidad, seguía teniendo línea directa con los
trabajadores, llegaba a ellos plenamente con sus ideas, sus propuestas y su carisma.
Y desempeñó un papel político importante en Gran Bretaña, en el Movimiento
Cooperativista y en el Grand National
Consolidated Trade Union, el gran sindicato de efímera existencia. Al final
de su vida creyó en el espiritismo y esperó la visita de las almas magnánimas
que había conocido.[12][12] Regresó en 1858 para morir en la pequeña
ciudad de Gales donde había nacido. Pero
esta es otra historia, otra época, una página importante en la historia del
socialismo, pero sin duda una página pasada. Sin embargo, la primera época, la
del administrador de recursos humanos en un período y un sector donde se están
produciendo las innovaciones tecnológicas y los cambios sociales más
importantes, ese primer Owen no sólo es un precursor de la que a principios de
este siglo discutirán y aplicarán los seguidores de F. W. Taylor y de Elton
Mayo: es un genio de la administración que es capaz de enfrentarse a una
situación nueva y resolverla aplicando, con tosquedad expositiva pero con
eficacia práctica, las mismas ideas que todavía hoy discutimos y apenas conocemos. Los socialistas
tienen perfecto derecho a considerar a Owen un precursor, y discutir sus
virtudes y sus defectos desde esta perspectiva. Pero los que miramos dentro de
cada empresa para entender el sistema adecuado de relaciones laborales en cada
momento, con cada tecnología y también, claro, cada sociedad, tenemos mucho que estudiar de Robert Owen, y
ninguna razón para considerarle "utópico".
Robert Owen en la historia empresarial
Hemos empezado este trabajo diciendo que la
bibliografía sobre Robert Owen y su fama como reformador social son inmensas,
pero que su relevancia como pionero de la gestión profesional de la empresa es,
por lo general, mucho menos valorada y estudiada. García Ruiz, en su libro Historia Económica de la Empresa Moderna
(1994, pp. 30, 161, 164-171), acierta plenamente al situar a Owen en el
apartado "La empresa moderna en Gran Bretaña", y destacar que importa
"saber cómo se enfrentaron a los problemas de gestión y control algunos
grandes empresarios como Ambrose Crowley [que dirigió una fundición de hierro
hacia 1700] o Robert Owen" (p. 161). Pero el texto elegido nos trae al
Owen utópico, no al dirigente industrial.[13][13] Lo titula "El reglamento de una
gran empresa ideal a principios del siglo XIX", referido a una cooperativa
autosuficiente, de 500 miembros. Este el tipo de intentos que hoy asociamos con
Owen; pero sus contemporáneos, en la fecha en que publica y difunde estas
propuestas, le consideraban un self-made-man,
un hombre de éxito empresarial hecho a sí mismo, con conocimientos técnicos, de
dirección y de gestión de personal, en el sector puntero de la revolución
industrial. Sus relaciones y contactos no eran intelectuales ni políticos, sino
empresariales, y todo ello construido entre los 20 y los 28 años. Y si queremos
ver cómo funcionaba una gran empresa ideal en el siglo XIX, no es al reglamento
voluntarista de una cooperativa donde tenemos que mirar; sino a la forma
concreta en que Owen organizó con éxito, como director a sueldo, una empresa de
500 empleados, tamaño bastante respetable para la época, 1791. Y después, como
principal socio propietario y único director, el establecimiento textil de New
Lanark, en Escocia, con casi dos mil empleados, y que era no sólo una de las
mayores empresas textiles de su época, sino una empresa modelo desde el punto de vista empresarial. Sólo en 1813, como consecuencia de una
disputa con los socios, y siendo ya Owen un hombre importante y respetado por
el establishment, comienza a pensar
en socios filántropos "que no estén deseosos de ganar dinero". Ahí
empieza el Owen político, el difusor de nuevos ideales cooperativistas, el
filántropo o soñador que se gasta su fortuna en fundar nuevas comunidades
ideales. Pero el hecho de que primero hubiera ganado su fortuna en el sector textil
no es sólo un dato biográfico: había ganado su fama y su fortuna aplicando métodos de gestión, especialmente
de gestión de personal (aparte de introducción de maquinaria y prácticas
comerciales y empresariales sanas); y fue precisamente el éxito de esos métodos,
contrarios a lo que se consideraba "productivo" en su época, lo que
convenció a Owen de que había que mejorar las condiciones de vida de los
trabajadores. En otras palabras, con un buen ambiente de trabajo aumenta la
productividad, pensaba Owen. Esto tiene poco que ver con la filantropía, sobre
todo cuando "pensaba" significa "había aplicado con éxito en la
industria en contra de la opinión generalizada".
A pesar de todo, en la segunda etapa de su vida Owen
seguía siendo un hombre práctico, bien poco intelectual. En el texto que recoge
García Ruiz podemos leer la siguiente recomendación: "VI. Que cuando el
capital adelantado por los miembros haya sido devuelto y la educación de todos
sea suficientemente elevada, la dirección del establecimiento será confiada a
un Comité ... Pero hasta que llegue ese
momento, el Comité estará formado por doce personas elegidas en una Junta
General Anual: ocho serán elegidas entre aquellos miembros que hayan adelantado
100 libras
o más, y cuatro por los restantes miembros" (p. 165; cursivas mías). Y
el propio Engels, como hemos visto, se sorprende de que, a diferencia de los
demás utópicos, Owen siempre incluye, en sus planes de "sociedad
ideal", todos los cálculos necesarios sobre costes, beneficios, mantenimiento,
etc. Son los cálculos usuales de un empresario, que encontramos en su
Autobiografía como una forma normal de expresarse: la de un pañero y no la de
un político o un intelectual. El
socialismo es sin duda un asunto intelectual, y Owen no era un intelectual, ni un
gran pensador, ni un buen escritor. Para los socialistas fabianos, británicos,
no marxistas y aun menos radicales, descubrir al Owen público, posterior a
1812, en su pedigrí fue todo un acontecimiento. Desde entonces Owen es una
figura grandiosa dentro del socialismo. Pero ¿qué pasa con Owen antes de 1812? Esta no es una pregunta
biográfica, sino intelectual. Owen no llegó a sus ideas socialistas estudiando
libros,[14][14] ni siquiera sintiendo la miseria de la
clase trabajadora: llegó al convencimiento de que unas mejores condiciones de
trabajo mejoraban a la vez la productividad y la felicidad de todos en sus años
de actividad empresarial en el sector textil; y llegó a esas ideas precisamente
por el éxito que cosechó en su aplicación, diríamos a pequeña escala, pero la
empresa que dirigió con 20 años tenía 500 empleados, lo que no es "pequeña
escala" en al final del siglo XVIII; y New Lanark, su bandera, era
probablemente el establecimiento fabril más grande de su época, y un modelo que
visitaban por igual filántropos y empresarios. Owen no tuvo ninguna dificultad
para encontrar socios que invirtieran en New Lanark confiando el
establecimiento a su dirección: era un reputado gestor y hombre de negocios,
con un capital respetable, un socio bien relacionado y de solvencia probada.
Después vendrá la filantropía, el querer dedicar todos los beneficios por
encima del rendimiento fijo del capital a mejorar la educación de los niños;
pero todo eso llegará a su cabeza a través de pocos libros y mucha actividad
comercial, fabril, empresarial.
Después, convertido en un filósofo de poca monta
pero de mucha influencia por su propia fuerza como líder político y antes como
empresario, produjo numerosísimos escritos y también acción política. Pero su papel político vino como consecuencia de
su éxito como empresario y gestor de personal. Como afirma Gatrell (en
Owen, 1970, p. 47) Owen había refutado las ideas tradicionales sobre los
trabajadores en New Lanark, y trató de hacer lo mismo en toda Inglaterra. Fue
ese cambio de énfasis el que le convirtió en portavoz de la clase trabajadora
("It was this change of enphasis which –almost incidentally– made him the
spokesman of the working people").
Primero estaba el magnífico gestor de recursos
humanos, que llega a ser, con 28 años, el director del mayor establecimiento
textil de Gran Bretaña y uno de los accionistas principales. En el Prefacio al
tercer ensayo de New View of Society,
que reproducimos completo al final de este trabajo, Owen afirma que "desde
el comienzo de mi dirección, consideré a los trabajadores, junto con los
mecanismos y todas las otras partes del establecimiento, como un sistema
compuesto por muchos elementos. Era mi
obligación y mi interés combinarlos para que cada trabajador, así como cada
resorte, cada palanca y cada rueda pudieran realmente cooperar con el fin de
producir el mayor beneficio pecuniario para los propietarios." Y continua
con recomendaciones dirigidas a los
empresarios, no a su corazoncito
filantrópico, sino a su tarea como negociantes: "si dedicar el debido
cuidado al estado de sus máquinas inanimadas puede producir resultados tan
beneficiosos, ¿qué no puede esperarse si dedican la misma atención a sus
máquinas vitales que están mucho más maravillosamente construidas? ... Por mi
experiencia, que no puede engañarme, me aventuro a asegurarles que su tiempo y
su dinero aplicados de esta forma, si están dirigidos por un verdadero
conocimiento del tema, les rendirán no cinco, diez quince por ciento de sus
capitales invertidos sino con frecuencia cincuenta y en muchos casos el cien
por cien."
Y Owen no sólo sabía de lo que hablaba, sino que los
empresarios del sector sabían a quién escuchaban. El valor de las fábricas de
New Lanark pasó de 60.000
libras en 1799, cuando lo compraron Owen y sus socios, a
114.000 en 1813, cuando se subastó por desavenencias entre los capitalistas; y
los beneficios fueron, entre, 1809 y 1813, de 160.000 libras. Solo
en los dos años de 1820-21 rindió un beneficio de 15.000 libras. La
filosofía y el razonamiento no eran el fuerte de Owen, la economía Política,
tampoco, pero en su negocio, como dice Marx de todos los capitalistas
burgueses, sabía muy bien lo que hacía, y así lo entendían los próceres de su
época. "Pero al capitalista", dice Marx en El Capital, "todo este asunto
[la explicación del plusvalor por parte de la Economía Política] le importa un comino. Deja esos subterfugios
enclenques y vacías patrañas y otras creaciones por el estilo, a cargo de los
profesores de economía política, a los que él mismo paga por ello. El es un
hombre práctico, que si bien fuera del negocio no siempre considera a fondo lo
que dice, sabe siempre lo que hace dentro de él." Marx presenta lo que
ocurre dentro de la empresa la autoridad
absoluta del capitalista como contraste
con lo que ocurre fuera de ella el funcionamiento de las leyes económicas que
presentan los teóricos. Es la misma diferenciación que hará Coase. (Santos,
1997, pp. 156-169). Para Marx tiene un significado político; para Coase, de
teoría económica. Para Owen, antes de 1812, "lo que ocurre dentro de la
empresa" no es algo tan simple y tan político como la autoridad absoluta
del capitalista, sino que "sabe muy bien lo que hace dentro de ella",
como dice Marx del capitalista dentro de la empresa, es algo bastante más complicado
y cambiante, que sus contemporáneos no sabían hacer y él sí.
La "autoridad absoluta del capitalista"
puede ser una buena expresión para criticar las pretensiones políticas del laisez-faire económico, pero dentro de
la empresa las cosas son más complicadas. Por ponerlo en palabras de
Leibenstein, un economista actual que se ocupa de la motivación de los grupos
de trabajo dentro de la empresa: Los estudios empíricos muestran que los
factores psicológicos son importantes; las unidades pequeñas son más
productivas que las grandes; los grupos compuestos por amigos son más
productivos que los sin lazos de amistad; los grupos supervisados de forma
general son más productivos que los supervisados de cerca; los grupos que
reciben más información sobre la importancia de su trabajo son más productivos
("que la dirección preste especial atención a un grupo de trabajadores
puede incrementar la producción").[15][15] Desde Owen hasta Elton Mayo y las ideas
de las "Relaciones Humanas", pasando por el Taylorismo, de muy
distinto signo, hay un salto enorme que no pretendo ignorar. Pero los problemas
con que Owen se enfrentó son del mismo
estilo que los que hoy se discuten en la administración de recursos humanos. El
que lo hiciera en un marco social y económico absolutamente nuevo engrandece su
figura histórica; el hecho de que podamos interpretarlo de dos maneras, una
paternalista y otra puramente organizativa, nos muestra que el análisis de sus
logros y de sus fracasos puede traernos enseñanzas útiles en la actualidad.
Lo que nos interesa destacar aquí es que Robert Owen
el reformador social nunca dejó de ser Owen el empresario modelo de la
revolución industrial. Hablando y actuando en un período de grandes cambios
industriales y por tanto sociales, aparecen mezclados la defensa de la
humanidad con lo que hoy llamaríamos los incentivos a la productividad. En su
testimonio ante el Parlamento, en 1815, sobre las condiciones de trabajo en New
Lanark, el lenguaje técnico casi nos hace olvidar que lo que se está discutiendo
es si los niños deben trabajar en las fábricas a la edad de cinco o seis años
durante trece, catorce o hasta dieciséis horas diarias (según cómo fuera de
duro el industrial), como era lo habitual entonces; o a los diez años, como
Owen había establecido en New Lanark; o a los doce, que el lo que Owen propone
y habría hecho hace tiempo, dice, si las fábricas fueran suyas al cien por
cien. (Owen comienza su testimonio afirmando que era el propietario principal y
el gerente: "principal propietor and sole acting partner of the
establishment at New Lanark, in Scotland", un pueblo-fábrica donde viven
2.300 personas de las cuales trabajan directamente en la fábrica 1.700; la
diferencia son las escasas personas que no trabajaban en las fábricas: algunos
niños, los ancianos, y algunas esposas). Afirma que no emplea niños de menos de
diez años porque sería a la vez perjudicial para los niños y nada beneficioso para los empresarios
("and not beneficial to the propietors"). Describe las reformas
emprendidas (la principal, un economato que financia la escuela), y considera
el mejor logro la mejora moral de los obreros. Pero termina describiendo
"otras ventajas importantes, desde le punto de vista pecuniario."
Como los trabajadores se dan cuenta de que se presta atención a su mejora,
están dispuestos a trabajar incluso a salarios mucho menores que los que se
pagan en fábricas cercanas.[16][16]
Casado (1998) considera que "entre 1850 y 1870
los casos de empresas de gran tamaño y de elevado número de obreros son
escasas"; cita algunas empresas de la siderurgia, minería o textil, y
continua: "De igual manera, las empresas que en esa época habían iniciado
un proceso de integración vertical y horizontal eran muy pocas. El caso de la
gran fábrica textil dirigida por Robert Owen en New Lanark (Escocia), que llegó
a tener 1.600 obreros en 1817, o el de los complejos minero-metalúrgicos de
Cockeril en Bélgica, son extraordinarios" (p. 43). Lo que nos interesa de
esta referencia no es lo excepcional del tamaño de la fábrica de Owen, sino su
cita en un texto de historia empresarial nada teórico, como el empresario líder
del sector, y precisamente del sector textil algodonero organizado en torno a
Manchester, en Inglaterra, y no como el pensador que estamos acostumbrados a
estudiar. Y Casado destaca que las empresas textiles de Manchester eran más
pequeñas y artesanas que las de Estados Unidos y, cabe pensar, que las de New
Lanark. ¿Era Owen un gestor capaz de dirigir una empresa "moderna",
en el sentido de Chandler, con su complejo mecanismo de gestión de personal, en
un mundo donde los capitalistas pensaban como Smith, en la atenta vigilancia
del negocio como clave de la rentabilidad, más el añadido escandaloso de
Bernard Mandeville contrario a la extensión de la educación de la infancia? Cuando,
unas páginas más adelante, Casado explica las investigaciones de François
Crouzet sobre los orígenes sociales de los empresarios de la Revolución Industrial,
concluye que "lo fundamental son las clase medias, y no hay ningún self-made-man" (p. 48). Aquí
hubiera venido bien la excepción, otra vez, de Owen: nacido en una humilde
familia galesa, con treinta años había hecho ya una fortuna, trabajando desde
los diez años como aprendiz con un hermano, y así aprendió el oficio, a la vez
que ganó su subsistencia. Asumió la dirección de New Lanark en 1800, poco
después de su matrimonio con la hija del propietario, cuando ya era un hombre
rico hecho a sí mismo en la industria textil. (No olvidemos que tanto David
Dale, su suegro, como el señor McGuffon, su primer patrón, eran self-made-men. Crouzet está en lo cierto
si se refiere a que sus padres no eran en modo alguno trabajadores de las
fábricas o campesinos; pero "clases medias" significa entonces algo
que sólo puede entenderse por contraposición a la aristocracia y a los ricos
comerciantes). Tampoco cuadra esta vida con lo que Casado considera la
formación normal entre los empresarios de la época: "En este buen nivel de
enseñanza [los niveles secundarios de la educación británica] es en el que se
formaron gran parte de los directores de la primera Revolución Industrial"
(p. 54). Robert Owen se formó "en el tajo", en el sector puntero de
la revolución industrial, con su propia iniciativa.
Pero en definitiva, lo que Casado nos está contando
es el paso de la empresa preindustrial, pequeña, artesanal, sin grandes
necesidades de capital, de conocimientos técnicos o de organización e
iniciativa empresarial, a la empresa industrial moderna en sus primeras fases.
"Si la aparición del sistema fabril produjo transformaciones en los medios
de producción y en los empresarios, otro tanto se puede decir en la población
trabajadora. ... El factory system
... supuso que las formas centralizadas de organización fueran las imperantes
y, progresivamente, las mayoritarias. ... Si estas transformaciones afectaron a
la mano de obra de la industria moderna, también lo hicieron, aunque de manera
diferente, a la dirección de empresas. Ahora, la gestión de los recursos
humanos se convertirá en uno de sus componentes. Hasta entonces, los
empresarios preindustriales nunca se habían enfrentado a la tarea de tener bajo
sus órdenes a un número tan elevado de empleados. ... Cómo reclutar mano de
obra, cómo imponer una disciplina de trabajo, cómo formar a dicha población
laboral, dónde alojarla, cómo retribuirla, se convierten en problemas
habituales. Para afrontarlos, los empresarios no contarán apenas con
experiencias anteriores, por lo que lo habitual fue el recurso a improvisar en
la práctica la dirección de dicha mano de obra. Hubo algunos teóricos de tal
cuestión, como Robert Owen, pero su repercusión fue mínima". Aquí
desaparece también la referencia de Casado a los métodos de gestión de
personal: luego dedica un apartado a "Las nuevas formas de gestión
empresarial", dedicado a la financiación, a la contabilidad y a la
publicidad, y finalmente a "los
inicios de la moderna dirección de empresa". Y concluye con pleno acierto,
a mi entender, que "la aparición de los principios de dirección de
personal y de las nuevas formas de organización del trabajo será fruto del
pensamiento filantrópico del socialismo utópico. En este aspecto es destacable
el papel de Robert Owen, el cual llegó a ponerlos en práctica en su fábrica de
hilados de algodón de New Lanark (Escocia). Allí, en contra de los criterios de
la época, redujo las jornadas de trabajo, mejoró sus condiciones, aumentó los
salarios,[17][17] estableció cálculos del rendimiento de
los obreros y elaboró teorías acerca de cómo había de distribuirse
científicamente la labor de estos" (p. 64). [Cuadro nº 1.- Metodos
aplicados en las fábricas para disciplinar a los niños empleados, 1833.]
Vigencia
de Owen: el "modelo participativo" de empresa
Gatrell concluye su introducción diciendo que el
Owenismo, aunque queden vestigios de él en movimiento cooperativo moderno, es
hoy principalmente un fenómeno del pasado (Owen 1970, p. 80). Mi argumentación
en este trabajo es la contraria: visto desde la historia del socialismo,
seguramente es así. Pero visto de forma más amplia, desde la historia y
actualidad de las organizaciones, de las grandes empresas y su organización, la
tarea de Owen no sólo es pionera, sino que impresiona por su actualidad, por su
preocupación por los recursos humanos como un factor tan importante para la
competitividad de la empresa como la tecnología, y todo ello, sobre todo en el
Owen de 1812, que fue el que forjó su pensamiento posterior, aprendido y
contrastado dentro de la fábrica, dentro de una forma de organización y
producción tan innovadora en ese momento, desde el punto de vista tecnológico y
organizativo, que el propio término de "fabrica" (factory) es usado por Owen en sus
memorias, ya en 1857, como una palabra técnica, nueva, "como se empezaba a
llamar a estos establecimientos", nos dice. El socialismo político, como
ideal y como organización de poder concreta, ha sido muy importante en los dos
siglos pasados. Si pertenece al pasado o no, no es mi tema en este trabajo.
Pero los esfuerzos de Owen por establecer incentivos adecuados para los
trabajadores dentro del proceso productivo son hoy un ejemplo impresionante por
sus logros y una inspiración viva para cualquiera que quiera entender qué es lo
que hace a unos trabajadores más motivados que otros, mejor organizados, y más
productivos, y si digo más felices no estoy, en modo alguno, saliéndome del
tema. La satisfacción en el puesto de trabajo es uno de los aspectos que
cualquier director de recursos humanos debe tener en cuenta para conseguir
motivación y productividad. Lo que Salas llama el "modelo
participativo" de empresa (1993, p. 138) no es una discusión sobre el
socialismo político ni sobre las cooperativas, sino sobre las formas eficientes
de organización empresarial. Estas no siempre coinciden con los ideales de
Owen, ni con la autoridad tradicional: depende de los sectores, de los países,
de la tecnología, de tantas cosas que hoy estudiamos y que antes de Owen se
encerraban en el desprecio del factor humano dentro de la empresa (el término
en inglés para referirse a los trabajadores de las fábricas es
"hands", manos). El primer Owen, industrial, empresario, gestor de
personas y máquinas, innovador con éxito, es el que nos impresiona en este
terreno, y, no lo olvidemos, es el que forjó intelectualmente al Owen político
más difundido.
Y es justo en este terreno donde debemos volver a la
biografía de Owen como industrial y
preguntarnos por la clave de su éxito. Y esa clave parece estar muy relacionada
con su propia persona. En lenguaje profesional y un tanto provocativo,
podríamos decir que New Lanark estaba mucho más lejos del socialismo o del
movimiento cooperativo que del "paternalismo industrial". (Dejemos
para otra ocasión la misma pregunta referida a la empresa participativa de que
habla Salas, o el modelo japonés de dirección de empresas). David Dale había sido
para los trabajadores de New Lanark "como un padre para sus hijos"
(Gatrell, p. 41), y así es como los trabajadores considerarían al propio Owen.
Su carisma y su filantropía, juntos, debían de ser poderosos como elemento de
motivación para sus subordinados. Tal vez mucho más que el propio diseño
organizativo puesto en marcha por él: las comunidades que fue fundando después,
ya como político y filántropo, fracasaban tan pronto como la dirección quedaba
en manos distintas de las de Owen. Los numerosos visitantes de New Lanark,
personalidades notables de la época, entre ellos el futuro Zar de Rusia y la
nobleza aristocrática inglesa, además de los industriales, no sólo quedaban
impresionados al ver aquella masa de trabajadores convertida en diligente,
pacífica y productiva. También quedaban impresionados por la relación de los
trabajadores con Owen: se había convertido en una especie de padre, o quizá en
una especie de noble señor propietario de tierras traducido a la industria.[18][18]
La misma relación que sorprende hoy a los visitantes y estudiosos del
modelo japonés de dirección de empresas: directivos y empleados de bajo nivel
conviven bien cerca dentro y fuera del horario de trabajo, y a la vez la
jerarquía es tan fuerte que no hace falta resaltarla con diferencias artificiales.
Revolución
Industrial y Ludittas
Lo curioso es que la primera agitación obrera seria,
especialmente violenta en los años 1811 y 1812,[19][19] no iba contra los severos capataces o
altivos aristócratas, sino contra las máquinas y las innovaciones tecnológicas,
a las que hoy, en perspectiva, vemos como el verdadero símbolo y señal de que
se estaba produciendo la Revolución Industrial. No hay más que cotejar
fechas para ver que Owen estaba en medio del polvorín, y que como hombre
práctico no tenía ninguna duda de que las máquinas aumentaban la productividad
y el bienestar de la población. Ekelund y Hébert afirman: "Mientras hacía
una carrera de éxito en la industria textil, Owen observó los cambios en la
vida económica y social provocados por la rápida introducción de la maquinaria.
Las maravillas mecánicas representadas por las maquinas de hilar [de Arkwright
(Water Frame, patente de 1769),
Hargreves (Spinning Jenny, patente de 1770), y Crompton (Spinning Mule, híbrido de las dos
anteriores, también llamada Mule Jenny,
patente de 1779), Valdaliso y López, 2000, p. 96] contribuyeron a que Owen se
convirtiera en un hombre rico." (p. 257) Añaden "pero su impacto
también atrajo la atención de Owen hacia la situación del trabajador
textil". El añadido es seriamente
equívoco. Lo que llamó la atención de Owen no era el impacto negativo de
la maquinaria sobre los trabajadores, sino todo lo contrario: como era posible
que con el aumento tan formidable de productividad que suponían, los
trabajadores siguieran viviendo en la miseria.
Para Engels, la respuesta estaba clara: el aumento
de la productividad se iba íntegramente a pagar el interés del capital y los
beneficios de los capitalistas, dice en el mismo capítulo de Socialism: Utopian and Scientific
[1880]. Parece claro que Engels no comprende al Owen empresario. Porque para
Robert Owen, lo importante era demostrar que, mejorando las condiciones de
trabajo y la educación, se lograban empresas más rentables. El aspecto más llamativo de la economía de principios
del siglo XIX era la contradicción entre el descubrimiento de posibilidades
productivas desconocidas hasta entonces y que se consideraron ilimitadas, y la
miseria escandalosa de las masas en un grado superior o al menos más visible
que antes de las innovaciones tecnológicas. Pero mientras a Marx y a Engels
esto les llevaba a defender la revolución como filósofos, a Owen le llevaba a
intentar organizar empresas-comunidades, como empresario, filántropo o no. Casi
dos siglos después podemos decir que quien tenía razón era Owen: el impulso
filosófico marxista no pudo con el desastre productivo soviético.
La furia luddita se concentró contra las máquinas
textiles. En 1733, la "lanzadera volante" de John Kay multiplica el
rendimiento del tejedor. El inventor fue primero expulsado de Colchester,
perseguido luego de ciudad en ciudad, y finalmente tuvo que refugiarse en
Francia. En 1758, Lawrence Earnshaw construye una máquina para hilar algodón, y
la rompe nada más hacerla "para no quitar a los pobres el medio de ganarse
el pan" (Sauvy, 1986, p. 45). En
1768, un mecánico hilandero sin instrucción, James Heargraves inventa la jenny,
que reemplaza varios tornos. Los obreros asedian al inventor en su casa y
destrozan sus máquinas. Heargraves morirá en la miseria. Hacia el final de
siglo se forman bandas armadas que no pueden ser aplastadas más que por la
artillería. Y más impotencia del poder que otra cosa representa la pena de
muerte que se decreta en 1812 contra los destrozadores de máquinas, que no era
simbólica: quince de ellos fueron ejecutados en la ciudad de York en 1813.
Sauvy concluye de forma un tanto despectiva hacia
las ideas: "El contraste es notable, en aquel fin de siglo, entre el mundo
de los economistas, creyentes o insensibles, y una población llamada a sufrir
los dolores del parto de una nueva sociedad. La opinión popular, incluso la
clase media, se pone de parte de los obreros, mientras que el poder apoya no
digamos a los economistas, a quienes muchas veces ignora, sino a las
industriales" (p. 46). Pero Owen sí tenía ideas claras sobre esta
cuestión. Estableció el pago en "bonos trabajo" para conseguir que la
demanda creciera pari passu con el
aumento de la productividad, pero nunca le preocupó la máquina, sino al revés:
confió en ella para remediar los males de la humanidad. (Aunque, después de las
guerras napoleónicas, sus propuestas de comunidades autosuficientes tenían un
significado de lucha contra el desempleo, Owen no achacó la crisis y el paro de
entonces a la innovación tecnológica, sino al cambio de la situación productiva
con la finalización de las guerras[20][20]). Y su aceptación del progreso
tecnológico no era porque acelerase la llegada de la revolución, como pensaban Marx y Engels, sino como hombre
práctico, empresario de la fábrica. Los escritos y la actividad sindical de
Robert Owen son posteriores a la actividad industrial rentable y aplaudida de
Owen; en parte por hacerse comunista hasta ser considerado el Anticristo, en
parte por arruinarse con sus experimentos, la etapa de Owen como escritor y
como promotor de un sindicato, primero, y del movimiento cooperativo, después,
son bien diferentes a la etapa de Owen industrial metido de lleno en ganar
dinero organizando adecuadamente la producción en el sector puntero
tecnológicamente hablando y el más conflictivo socialmente, y mostrando que
para hacerlo había que aplicar unos métodos que considerasen a los trabajadores
un activo crucial de la fábrica.
Estamos acostumbrados a venerar a Robert Owen por
haberse gastado su fortuna en experimentos filantrópicos. Aquí estamos
mirándole desde el punto de vista contrario: la fortuna que se gastó la había
ganado como empresario, y precisamente como empresario ocupado de los
incentivos positivos para sus trabajadores. Fue un pionero, con éxito, en entender
la organización y la motivación dentro de la empresa, en el sector líder de la
revolución industrial. Por grande que sea su talla humanitaria, su aportación
pionera a la ciencia y a la práctica de la organización empresarial es inmensa,
y despreciada y olvidada. Y el punto de vista que sostengo en este trabajo es
que para entender el fracaso de Robert Owen no hay que mirar a la crítica de
Marx y Engels hacia los socialistas utópicos, sino hacia el terreno en el que
Owen era pionero: los incentivos de los trabajadores. Acertó en motivarlos y se
equivocó en qué era lo que les estaba motivando. No eran sólo las mejoras
sociales, era la propia personalidad magnética y paternal de Robert Owen la que
conseguía la sobreproductividad.
(Aunque las cooperativas no sean el tema de este
trabajo, mencionemos que de este mismo problema tratan hoy los estudiosos y
prácticos de las cooperativas: las que triunfan suelen ir unidas a una
personalidad concreta fundadora, sea cual sea su papel formal en la cooperativa).
¿Por qué tuvo éxito Owen en la empresa de
Manchester, con 500 empleados, y en New Lanark, con casi dos mil, y sin embargo
fracasaron los experimentos que diseñó? Para entenderlo, hemos de corregir lo
que el propio Owen pensaba que estaba ocurriendo. Owen entendía que New Lanark
era la confirmación de que los trabajadores, una vez eliminados los castigos y
la falta de consideración habituales en la empresa preindustrial, tenían ya –y
tendrían en mucha mayor medida después de una educación adecuada– capacidad
para autogestionar una empresa tan compleja como New Lanark o una comunidad
como New Harmony. La realidad es que las comunidades que fundó fracasaban cuando él mismo dejaba de estar al frente.
Su conocimiento de las técnicas de gestión, y su propio carisma ante los
trabajadores, eran un elemento fundamental del éxito de sus empresas, éxito que
él atribuía a los propios trabajadores moralmente mejorados. En 1826, los
colonos de New Harmony exigieron que el propio Robert Owen dirigiera
personalmente la comunidad, al menos durante el primer año, tal como se había
estipulado en las condiciones iniciales. Owen volvió, y las cosas parecieron
mejorar, al menos por un tiempo. Así, el 22 de marzo de ese año, un editorial
del New Harmony Gazette decía:
"Mientras hemos estado discutiendo ideas abstractas, hemos descuidado las
soluciones prácticas. Nuestras energías se han gastado en esfuerzos inútiles
... Pero con la infatigable atención del señor Owen, el orden y el sistema se
han introducido en todos los sectores de los negocios. En nuestras calles ya no
se ve gente ociosa charlando; todo el mundo está ocupado seriamente en el
oficio que ha elegido. Nuestras reuniones públicas, en lugar de ser el
escenario de disputas oratorias, son ahora reuniones de negocios" (Robert Dale Owen, pp. 285-289). Parece claro que los colonos de New Harmony
entendían bien la diferencia entre estar bajo la dirección técnica de un
reputado y carismático gestor, o estar bajo la dirección política de un comité
democrático profesionalmente incompetente.
Alfred Marshall, que compartía con Owen y los
socialistas utópicos, y con John Stuart Mill, el convencimiento acerca de la
superioridad moral de la cooperativa como forma de organización, era
consciente, en 1889, de que la "capacidad para los negocios", más
importante cuanto más crecía la complejidad de las empresas en el mundo
moderno, era lo que verdaderamente dificultaba la generalización de las
cooperativas.[21][21] Resulta verdaderamente llamativo que
Marshall, que jamás dirigió una empresa grande ni pequeña, fuera plenamente
consciente de la importancia de la dirección profesional en los negocios;
mientras que Robert Owen, que era uno de los gestores más reputados y mejor
pagados de la época, minusvalorase de tal manera su propia tarea en la
organización de la empresa y en la gestión de los recursos humanos. Los
economistas clásicos ingleses contemporáneos de Owen, en cambio, entendía poco
o nada de administración de empresas, y sólo se fijaban en las propuestas
comunistas de Owen frente a la atractiva
e individualista visión de Adam Smith (y, añadiremos, tan poco
consciente de la
Revolución Industrial que se está iniciando precisamente
alrededor de 1776, fecha de publicación de La
Riqueza de las
Naciones: la fábrica de alfileres de que nos habla Smith tiene 10 o 12
empleados, no necesita administración de personal distinta de la atenta
supervisión directa del capitalista o algún hombre de su confianza). David
Ricardo, en 1819, critica, en una
carta a un amigo, la idea de Owen de que mediante la cooperación voluntaria se
podía incrementar grandemente la producción: "¿Puede una persona razonable
creer, como Owen, que una sociedad, tal como él la proyecta, pueda prosperar y
producir más de lo que hasta ahora ha sido producido por un número igual de
hombres, si se encuentran estimulados por el interés de la comunidad en lugar
de serlo por su interés privado? ¿No se alza la experiencia de las generaciones
contra él?"[22][22]
Podríamos contestarle que la triunfante experiencia empresarial de Owen
se alzaba contra la consideración de los trabajadores como "hands",
tanto como sus ideales humanitarios.
Otros
socialistas utópicos precursores de la administración de empresas
Ya he dicho al principio que no pretendo aquí hacer
un repaso a la historia del llamado "socialismo utópico", sino
resaltar una faceta que generalmente no entra en las historias socialistas, que
es su carácter de pioneros en el estudio de las relaciones laborales en la
industria, un siglo antes de que Taylor, Fayol o Elton Mayo. La simpatía que sentimos hacia quienes, como los
socialistas utópicos, se preocuparon por el bienestar de la parte de la
población más maltratada por la revolución industrial; y la influencia de Marx
y sus seguidores, que resaltaron su ceguera ante el conflicto de intereses, o
lucha de clases, dentro de la fábrica y de la sociedad, han hecho que la faceta
organizadora de los socialistas
"utópicos", a mi entender la que los hace más relevantes en la
actualidad, pase desapercibida cada vez que se les trata, con más o menos
simpatía, desde el punto de vista de su contribución a la formación de las
ideas socialistas.
Robert Owen es una figura sin parangón en este
campo. Podemos encontrar otros autores que están preocupados por la eficiencia
productiva cuando hablan de cooperativas, pero caen más cerca de la locura
visionaria, como Charles Fourier (1772-1837), o del socialismo de estado, como
Louis Blanc (1811-1882). Lo que sí encontramos es la admiración por la
capacidad organizativa de los industriales. Owen no tenía que buscar fuera a
esos industriales; curiosamente, es él quien menosprecia su contribución a la
sociedad. Nada menos que el anarquista Pierre Joseph Proudhon (1809-65) que se
opone a toda autoridad, muestra un respeto considerable por la organización de
la industria. Juzgue el lector por este texto (sin pretender de ningún modo
resumir en él la escasamente coherente obra de Proudhon): "Es la
organización industrial lo que pondremos en lugar del gobierno... En lugar de
leyes, pondremos contratos... En lugar de poderes políticos, pondremos fuerzas
económicas. En lugar de las antiguas clases de nobles, burgueses y campesinos,
o de hombres de negocios y obreros, pondremos los títulos generales y los
departamentos especiales de la industria: Agricultura, Manufactura, Comercio,
etc. En lugar de fuerza pública, pondremos fuerza colectiva. En lugar de
ejércitos permanentes, pondremos asociaciones industriales. En lugar de
policía, pondremos identidad de intereses. En lugar de centralización política,
pondremos centralización económica" (Idée
générale de la révolution [1851],
citado en Ekelund y Hebert, p. 262.)
Pero es sin duda Saint-Simon quien más destaca en la
defensa de la "religión de la industria" y en ensalzar el papel de
los industriales y su capacidad de organización. Claude-Henri de Rouvroy, Conde
de Saint-Simon (1760-1825) puede ser considerado "utópico" con más
propiedad que "socialista". (Santos, 1997, pp. 51-54; Denis, 1970,
pp. 295-301) La sociedad que propone es jerárquica
y no igualitaria, y ello por la gran importancia que atribuye al
"dirigente industrial" como figura central del proceso de producción.
El Catecismo
político de los industriales, así como otras obras de Saint-Simon, explican
siempre cómo deben proceder los industriales para que la clase industrial ocupe
el primer rango en la sociedad, porque es la más importante de todas: "Los científicos, artistas, e industriales y los grandes empresarios manufactureros son los individuos que poseen la
habilidad mayor, más diversificada y positivamente útil para conducir a los
hombres en el momento presente. Son los que deben ser depositarios del poder
administrativo". Los considera los
más capacitados, pues han dado pruebas de ello en sus propios negocios:
"Los industriales más importantes son entre todos los miembros de la
sociedad, aquellos que han dado pruebas de la mayor capacidad en administración
positiva, los éxitos que han obtenido en sus empresas particulares han
contrastado su capacidad en ello".
El entusiasmo saint-simoniano por la gran industria,
convertido por sus discípulos casi en una religión, se convirtió en estímulo
inspirador de grandes empresas bancarias e industriales. El saint-simonismo
atrajo a cierto número de discípulos de valía, algunos de los cuales serán
famosos hombres de negocios. El propio Enfantin, líder de la secta
saint-simoniana, se interesará por grandes empresas como el Canal de Suez, en
Egipto, y tendrá un papel activo en el desarrollo de los ferrocarriles
franceses. También inspiraron las Écoles
politécnicas. Saint-Simon fue también el inspirador de los primeros grandes
empresarios industriales y financieros en España.
No pretendo menospreciar el papel que han
desempeñado los socialistas utópicos como pioneros del socialismo, y su no
escasa contribución, incluso como visionarios, al progreso de la humanidad. Lo
que he intentado es sacar a la luz su faceta de organizadores de las unidades
productivas, en cada uno de sus detalles. Su apelación a la razón y a los
buenos sentimientos de las clases pudientes les alejó de los marxistas; el
libro de Wilson precisamente cuenta cómo todo el pensamiento socialista culmina
en la Revolución
bolchevique de 1917. Pero ese alejamiento del radicalismo les hizo también no
dejar para "después de la revolución" los aspectos concretos de la
organización de las unidades productivas. Todos tienen en este terreno algún
mérito; y la figura y la obra de Robert Owen resulta ser mucho más relevante
para entender las relaciones laborales de hoy que la corriente marxista que los
etiquetó como "utópicos" desde el Manifiesto
Comunista. Las realizaciones concretas de Robert Owen no son nada utópicas,
sino incluso rentables, y señalan la vía por donde deben caminar los estudios
sobre las relaciones laborales: no por el voluntarismo, revolucionario o
reformador, sino por la aplicación práctica de métodos de gestión que a la vez
aumenten la productividad de la empresa y el bienestar de sus trabajadores. [23]
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Finlandia [To the Finland Station,
1940], Madrid, Alianza.
Cuadro nº 1.-
Metodos aplicados en las fábricas para disciplinar a los niños
empleados, 1833
|
Métodos de
castigo
|
Número de empresas que los utilizan
|
Métodos de
premio
|
Nº de empresas que los utilizan
|
|
Despido
Amenaza de despido
Multas, deducciones del salario
Castigo corporal
Quejas a los padres
Prohibición de abandonar la fábrica
Atuendo distintivo degradante
|
353
48
101
55
13
2
3
|
Amabilidad
Promoción o salarios más elevados
Recompensa o premio
|
2
9
23
|
|
Total
|
575
(de 609)
|
|
34
(de 609)
|
Fuente: Valdaliso
y López (2000, p. 215), tomado de Pollard (1987). También, Casado (1998, p.
56), tomado de J. Rule, Clase obrera e
industrialización, 1990.
Figura nº 1.-
Dibujo del edificio principal y el mecanismo de utilización de la fuerza
motriz del agua, en New Lanark.
Fuente: Website
“The Falls of the Clyde, New Lanark Mills. 18th Century water-powered Cotton
Mills”, http://www.aboutscotland.com/water/clydenl.html.
––––––––––
TRADUCCIÓN DE LAS
PALABRAS QUE APARECEN DENTRO DEL DIBUJO
New Lanark Fábrica Nº 1 (1789)
Elevation: Alzado
The cutaway shows....:
El corte muestra como se transmite la energía desde la rueda movida por
el agua hasta todas las plantas de la fábrica
Overshot Water wheel: Rueda de agua con toma por la
parte superior
Section: Sección
Mill Lade: Represa para toma de agua
Sluice Gate: Compuerta
Discharge to de Clyde: Desagüe al río Clyde
PREFACIO DE
ROBERT OWEN AL TERCER ENSAYO DE A NEW VIEW OF SOCIETY [1813]
El texto de Robert
Owen que aquí reproducimos traducido es el Prefacio al Tercer Ensayo que
aparece en A New View of Society. Fue escrito y publicado en 1813, que es la
época que marca el punto de inflexión entre dos Owen: el Owen empresario,
productor de los hilados de más calidad de Inglaterra, gestor reputado que
dirige con éxito el establecimiento fabril más grande de su época y cobra por
ello un salario anual de 1.000
libras, aparte de ser socio con la novena parte del
capital; y el Owen activista político menos considerado por la clase ilustrada
pero que conecta plenamente con la clase trabajadora. Este segundo Owen primero
desarrollará toda su energía para conseguir leyes que mejoren las condiciones
de trabajo de los niños, después intentará sin éxito establecer una nueva
sociedad en la colonia New Harmony en Estados Unidos (empezando por comprar los
terrenos con su propio dinero, por 125.000 dólares), fundará un sindicato en
1834 que llegará a tener medio millón de afiliados, y hará numerosos intentos
prácticos de socialismo y cooperativismo seguirán sus discípulos y estudiarán a
fondo los intelectuales del socialismo. La idea principal que he sostenido en
este trabajo es que su socialismo y cooperativismo, acertado o erróneo, se
funda en su experiencia práctica como gestor de personal. En este texto podemos
apreciar hasta qué punto lo era.
Discurso
A los
superintendentes de fábricas y a aquellos individuos en general que por dar
empleo a una población agrupada pueden fácilmente adoptar los medios para
formar los sentimientos y el comportamiento de dicha población.
Como ustedes, soy un fabricante que persigue un beneficio pecuniario. Pero habiendo actuado durante muchos años basado en principios en muchos aspectos inversos a aquellos en que ustedes han sido instruidos, y habiendo encontrado que mi proceder era beneficioso para otros así como para mí mismo, incluso desde un punto de vista pecuniario, quiero explicar estos valiosos principios, para que ustedes, así como aquellos que se encuentran bajo su influencia, puedan compartir sus ventajas.
En dos Ensayos, ya publicados, he desarrollado algunos de estos principios y en las páginas siguientes podrán encontrar la explicación de otros, con algunos detalles de su aplicación en la práctica bajo las peculiares circunstancias locales en que yo asumí la dirección de las Fábricas y Establecimientos de New Lanark.
Por estos detalles, ustedes verán que, desde el comienzo de mi dirección, consideré a los trabajadores, junto con los mecanismos y todas las otras partes del establecimiento, como un sistema compuesto por muchos elementos. Era mi obligación y mi interés combinarlos para que cada trabajador, así como cada resorte, cada palanca y cada rueda pudieran realmente cooperar con el fin de producir el mayor beneficio pecuniario para los propietarios.
Muchos de ustedes han experimentado, en los procesos de fabricación, las ventajas de una maquinaria bien diseñada y bien construida.
La experiencia también les ha demostrado la diferencia en los resultados entre un mecanismo limpio, bien cuidado y que siempre funcione correctamente, y aquel que está sucio, desordenado, sin los medios para prevenir la fricción innecesaria y que por lo tanto se deteriora y funciona mal.
En el primer caso toda la economía y la dirección son correctas, cada operación se lleva a cabo con facilidad, orden y éxito. En el último caso, se produce lo contrario, la escena se presenta llena de retrasos, confusión e insatisfacción entre todos los agentes e instrumentos interesados u ocupados en el proceso general, cosa que seguramente creará grandes pérdidas.
Por lo tanto, si dedicar el debido cuidado al estado de sus máquinas inanimadas puede producir resultados tan beneficiosos, ¿qué no puede esperarse si dedican la misma atención a sus máquinas vitales que están mucho más maravillosamente construidas?
Cuando ustedes adquieran un conocimiento correcto de éstas, de sus curiosos mecanismos, de sus poderes de autoajuste; cuando el resorte principal adecuado se aplique a sus variados movimientos, ustedes serán conscientes de su valor real y pronto se verán inducidos a dirigir sus pensamientos con mayor frecuencia de las máquinas inanimadas a las máquinas vivas; descubrirán que estas últimas pueden prepararse y dirigirse con mayor facilidad para obtener un mayor aumento de beneficio pecuniario, a la vez que podrán conseguir de ellas una alta y substancial gratificación.
¿Continuarán ustedes, entonces, gastando grandes sumas de dinero en conseguir el mecanismo de madera, bronce o hierro mejor diseñado, para mantenerlo en perfecto estado, suministrarle la mejor sustancia para evitar la fricción innecesaria y evitar que caiga en un desuso prematuro?
¿Dedicarán, también, años de intensa aplicación para entender la conexión de las diversas partes de estas máquinas sin vida, para mejorar su potencia efectiva y calcular con precisión matemática todos sus movimientos minuciosos y combinados?
Y cuando en estas transacciones estimen el tiempo por minutos, y el dinero gastado por la posibilidad de una ganancia mayor por fracciones, ¿no podrán dedicar parte de su atención a considerar si una porción de su tiempo y su capital no podría aplicarse más ventajosamente a mejorar la maquinaria viva?
Por mi experiencia, que no puede engañarme, me aventuro a asegurarles que su tiempo y su dinero aplicados de esta forma, si están dirigidos por un verdadero conocimiento del tema, les rendirán no cinco, diez quince por ciento de sus capitales invertidos sino con frecuencia cincuenta y en muchos casos el cien por cien.
He invertido mucho tiempo y capital en la mejora de la maquinaria viva; y el tiempo y el dinero invertidos de esta manera en la fábrica de New Lanark, incluso mientras estas mejoras sólo están en parte realizadas, y sólo se han obtenido la mitad de sus efectos favorables, ya están produciendo un rendimiento mayor del cincuenta por ciento, y en poco tiempo crearán rendimientos iguales al cien por cien sobre el capital original invertido en ellas.
Ciertamente, después de experimentar los efectos favorables, debidos al cuidado a la atención de los implementas mecánicos, para una mente reflexiva resulta fácil concluir de inmediato que por lo menos puede obtenerse una ventaja igual con la aplicación de un cuidado y una atención similares a los instrumentos vivos. Y cuando se percibió que el mecanismo inanimado se mejoraba grandemente mediante una construcción sólida y fuerte; que la esencia de la economía consistía en mantenerlo limpio y bien cuidado, suministrándole regularmente la mejor sustancia para evitar la fricción innecesaria y con una provisión adecuada con el objeto de mantenerlo en buen estado; resulta natural concluir que el mecanismo vivo, más delicado y complejo se podrá igualmente mejorar preparándolo para la fuerza y la actividad; y que también resultará ser una verdadera economía mantenerlo limpio y bien cuidado; tratándolo con consideración, que sus movimientos mentales no han de experimentar una excesiva fricción irritante; esforzarse por todos los medios en hacerlo más perfecto; proporcionarle regularmente una cantidad suficiente de alimentación sana y otras cosas necesarias para la vida, que el cuerpo pueda preservarse en perfectas condiciones de trabajo y evitando así que funcione mal o que pueda caer prematuramente en desuso.
La experiencia demuestra que estas previsiones resultan acertadas.
Desde la introducción generalizada de mecanismos inanimados en las fábricas británicas, el hombre, con pocas excepciones, ha sido tratado como una máquina secundaria e inferior; y se ha prestado mucha más atención al perfeccionamiento de la materia prima de la madera y los metales que del cuerpo y a la mente. Presten la debida atención al tema y encontrarán que el hombre, incluso como un instrumento para creación de la riqueza, puede mejorarse aún mucho más.
Pero, amigos míos, aún queda por considerar un aspecto mucho más interesante y gratificante. Adopten los medios que dentro de poco todo el mundo considerará obvios, y no sólo conseguirán mejorar parcialmente estos instrumentos vivos sino que también aprenderán cómo impartirles esa excelencia que los haga infinitamente superiores a los del tiempo presente y de todas las épocas anteriores.
Por lo tanto, aquí nos encontramos con un objeto que realmente merece su atención; y, en vez de dedicar todas sus facultades a inventar mejores mecanismos inanimados, dirijan los pensamientos, al menos en parte, a descubrir cómo combinar los materiales aún más perfectos de cuerpo y mente, que por medio de un experimento bien diseñado, podrán ser progresivamente mejorados.
Viéndolo así con claridad meridiana, convencido con la certeza de la misma convicción, no perpetuemos los males realmente innecesarios que nuestra práctica presente inflige a esta gran proporción de compatriotas nuestros. Incluso si sus intereses pecuniarios se vieran de alguna manera perjudicados por adoptar la línea de conducta que ahora es tan necesaria, muchos de ustedes poseen tanta riqueza que el gasto de fundar y continuar en sus respectivos establecimientos las instituciones necesarias para mejorar sus máquinas animadas ni siquiera se sentirá. Pero cuando tengan la demostración ocular de que, en vez de una pérdida pecuniaria, una atención adecuadamente dirigida a la formación del carácter y el aumento del bienestar de aquellos que están completamente a su merced, aumentará de forma esencial sus ganancias, prosperidad y felicidad; verán que no existe razón alguna, excepto aquella basada en la ignorancia de su propio interés, para que en el futuro no dediquen su mayor atención a las máquinas vivas que ustedes emplean. Y al hacerlo evitarán un aumento de la miseria humana, de la que ahora difícilmente podemos hacernos idea.
Que puedan ustedes quedar convencidos de esta valiosa verdad, la cual si reflexionan debidamente se les mostrará fundada en la evidencia de hechos innegables, es el deseo sincero del Autor.
Como ustedes, soy un fabricante que persigue un beneficio pecuniario. Pero habiendo actuado durante muchos años basado en principios en muchos aspectos inversos a aquellos en que ustedes han sido instruidos, y habiendo encontrado que mi proceder era beneficioso para otros así como para mí mismo, incluso desde un punto de vista pecuniario, quiero explicar estos valiosos principios, para que ustedes, así como aquellos que se encuentran bajo su influencia, puedan compartir sus ventajas.
En dos Ensayos, ya publicados, he desarrollado algunos de estos principios y en las páginas siguientes podrán encontrar la explicación de otros, con algunos detalles de su aplicación en la práctica bajo las peculiares circunstancias locales en que yo asumí la dirección de las Fábricas y Establecimientos de New Lanark.
Por estos detalles, ustedes verán que, desde el comienzo de mi dirección, consideré a los trabajadores, junto con los mecanismos y todas las otras partes del establecimiento, como un sistema compuesto por muchos elementos. Era mi obligación y mi interés combinarlos para que cada trabajador, así como cada resorte, cada palanca y cada rueda pudieran realmente cooperar con el fin de producir el mayor beneficio pecuniario para los propietarios.
Muchos de ustedes han experimentado, en los procesos de fabricación, las ventajas de una maquinaria bien diseñada y bien construida.
La experiencia también les ha demostrado la diferencia en los resultados entre un mecanismo limpio, bien cuidado y que siempre funcione correctamente, y aquel que está sucio, desordenado, sin los medios para prevenir la fricción innecesaria y que por lo tanto se deteriora y funciona mal.
En el primer caso toda la economía y la dirección son correctas, cada operación se lleva a cabo con facilidad, orden y éxito. En el último caso, se produce lo contrario, la escena se presenta llena de retrasos, confusión e insatisfacción entre todos los agentes e instrumentos interesados u ocupados en el proceso general, cosa que seguramente creará grandes pérdidas.
Por lo tanto, si dedicar el debido cuidado al estado de sus máquinas inanimadas puede producir resultados tan beneficiosos, ¿qué no puede esperarse si dedican la misma atención a sus máquinas vitales que están mucho más maravillosamente construidas?
Cuando ustedes adquieran un conocimiento correcto de éstas, de sus curiosos mecanismos, de sus poderes de autoajuste; cuando el resorte principal adecuado se aplique a sus variados movimientos, ustedes serán conscientes de su valor real y pronto se verán inducidos a dirigir sus pensamientos con mayor frecuencia de las máquinas inanimadas a las máquinas vivas; descubrirán que estas últimas pueden prepararse y dirigirse con mayor facilidad para obtener un mayor aumento de beneficio pecuniario, a la vez que podrán conseguir de ellas una alta y substancial gratificación.
¿Continuarán ustedes, entonces, gastando grandes sumas de dinero en conseguir el mecanismo de madera, bronce o hierro mejor diseñado, para mantenerlo en perfecto estado, suministrarle la mejor sustancia para evitar la fricción innecesaria y evitar que caiga en un desuso prematuro?
¿Dedicarán, también, años de intensa aplicación para entender la conexión de las diversas partes de estas máquinas sin vida, para mejorar su potencia efectiva y calcular con precisión matemática todos sus movimientos minuciosos y combinados?
Y cuando en estas transacciones estimen el tiempo por minutos, y el dinero gastado por la posibilidad de una ganancia mayor por fracciones, ¿no podrán dedicar parte de su atención a considerar si una porción de su tiempo y su capital no podría aplicarse más ventajosamente a mejorar la maquinaria viva?
Por mi experiencia, que no puede engañarme, me aventuro a asegurarles que su tiempo y su dinero aplicados de esta forma, si están dirigidos por un verdadero conocimiento del tema, les rendirán no cinco, diez quince por ciento de sus capitales invertidos sino con frecuencia cincuenta y en muchos casos el cien por cien.
He invertido mucho tiempo y capital en la mejora de la maquinaria viva; y el tiempo y el dinero invertidos de esta manera en la fábrica de New Lanark, incluso mientras estas mejoras sólo están en parte realizadas, y sólo se han obtenido la mitad de sus efectos favorables, ya están produciendo un rendimiento mayor del cincuenta por ciento, y en poco tiempo crearán rendimientos iguales al cien por cien sobre el capital original invertido en ellas.
Ciertamente, después de experimentar los efectos favorables, debidos al cuidado a la atención de los implementas mecánicos, para una mente reflexiva resulta fácil concluir de inmediato que por lo menos puede obtenerse una ventaja igual con la aplicación de un cuidado y una atención similares a los instrumentos vivos. Y cuando se percibió que el mecanismo inanimado se mejoraba grandemente mediante una construcción sólida y fuerte; que la esencia de la economía consistía en mantenerlo limpio y bien cuidado, suministrándole regularmente la mejor sustancia para evitar la fricción innecesaria y con una provisión adecuada con el objeto de mantenerlo en buen estado; resulta natural concluir que el mecanismo vivo, más delicado y complejo se podrá igualmente mejorar preparándolo para la fuerza y la actividad; y que también resultará ser una verdadera economía mantenerlo limpio y bien cuidado; tratándolo con consideración, que sus movimientos mentales no han de experimentar una excesiva fricción irritante; esforzarse por todos los medios en hacerlo más perfecto; proporcionarle regularmente una cantidad suficiente de alimentación sana y otras cosas necesarias para la vida, que el cuerpo pueda preservarse en perfectas condiciones de trabajo y evitando así que funcione mal o que pueda caer prematuramente en desuso.
La experiencia demuestra que estas previsiones resultan acertadas.
Desde la introducción generalizada de mecanismos inanimados en las fábricas británicas, el hombre, con pocas excepciones, ha sido tratado como una máquina secundaria e inferior; y se ha prestado mucha más atención al perfeccionamiento de la materia prima de la madera y los metales que del cuerpo y a la mente. Presten la debida atención al tema y encontrarán que el hombre, incluso como un instrumento para creación de la riqueza, puede mejorarse aún mucho más.
Pero, amigos míos, aún queda por considerar un aspecto mucho más interesante y gratificante. Adopten los medios que dentro de poco todo el mundo considerará obvios, y no sólo conseguirán mejorar parcialmente estos instrumentos vivos sino que también aprenderán cómo impartirles esa excelencia que los haga infinitamente superiores a los del tiempo presente y de todas las épocas anteriores.
Por lo tanto, aquí nos encontramos con un objeto que realmente merece su atención; y, en vez de dedicar todas sus facultades a inventar mejores mecanismos inanimados, dirijan los pensamientos, al menos en parte, a descubrir cómo combinar los materiales aún más perfectos de cuerpo y mente, que por medio de un experimento bien diseñado, podrán ser progresivamente mejorados.
Viéndolo así con claridad meridiana, convencido con la certeza de la misma convicción, no perpetuemos los males realmente innecesarios que nuestra práctica presente inflige a esta gran proporción de compatriotas nuestros. Incluso si sus intereses pecuniarios se vieran de alguna manera perjudicados por adoptar la línea de conducta que ahora es tan necesaria, muchos de ustedes poseen tanta riqueza que el gasto de fundar y continuar en sus respectivos establecimientos las instituciones necesarias para mejorar sus máquinas animadas ni siquiera se sentirá. Pero cuando tengan la demostración ocular de que, en vez de una pérdida pecuniaria, una atención adecuadamente dirigida a la formación del carácter y el aumento del bienestar de aquellos que están completamente a su merced, aumentará de forma esencial sus ganancias, prosperidad y felicidad; verán que no existe razón alguna, excepto aquella basada en la ignorancia de su propio interés, para que en el futuro no dediquen su mayor atención a las máquinas vivas que ustedes emplean. Y al hacerlo evitarán un aumento de la miseria humana, de la que ahora difícilmente podemos hacernos idea.
Que puedan ustedes quedar convencidos de esta valiosa verdad, la cual si reflexionan debidamente se les mostrará fundada en la evidencia de hechos innegables, es el deseo sincero del Autor.
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[3][3] Véase Santos y Ramos (2000) para una revisión
moderna de los socialistas utópicos dentro de la historia del socialismo.
[13][13] Valdaliso y López (2000), que se ocupan más del
papel de Owen en la promoción del gran sindicato birtánico en 1834 (p. 219) que
de su experiencia como industrial, ponen a New Lannark bajo la etiqueta de
“colonia utópica”, similar al falansterio de Fourier (p. 74), a mi entender
erróneamente.
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